Lavboratorio/n line
Revista de Estudios Sobre Cambio Social
año VI . número17-18 . Otoño/Invierno 2005
- ISSN : 1515-6370 -
Instituto de Investigaciones Gino Germani.
Facultad de Ciencias Sociales.
Universidad de Buenos Aires- Argentina.
[http://www.catedras.fsoc.uba.ar/salvia/lavbo.htm]
Desempleo y precariedad laboral en el origen de la desigualdad de ingresos personales. Estudiando el legado distributivo de los años ‘90.


Gabriela Benza y Gabriel Calvi

Licenciados en Sociología, docentes de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Abstract: La última década del siglo XX será tristemente rememorada en la Argentina por las altas tasas de desocupación y por el inicio de la recesión económica más prolongada -y profunda- de la historia moderna de la Argentina. Pero –como no podía ser de otra manera- los altos niveles de desigualdad son también un emergente de la década del noventa. Si algo ha variado luego del abandono del anclaje cambiario no es la magnitud del fenómeno de la regresividad distributiva, sino su forma. En este trabajo se analizan las tendencias de los últimos años para desentrañar cuáles los principales fenómenos que contribuyen a la desigualdad en la Argentina actual.

I. La cuestión de la jornada de trabajo

El problema de los altos niveles de desigualdad de ingresos ha cobrado recientemente en nuestro país una relevancia pública notable y han comenzado a escucharse voces que debaten intensamente en torno a las medidas de política económica más adecuadas para su eventual disminución. En este trabajo intentaremos contribuir al debate actual analizando los principales factores que están en el origen del deterioro distributivo experimentado por la sociedad argentina en los últimos años. Para ello nos concentraremos en el estudio de la evolución de la desigualdad de ingresos personales desde principios de la década de 1990, prestando especial atención a la crisis distributiva desatada con el fin de la era de la convertibilidad. La información estadística presentada en este artículo ha sido elaborada a partir del procesamiento de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) para el aglomerado Gran Buenos Aires (GBA).

2. Metodología

La dispersión del ingreso per cápita familiar (IPCF), indicador generalmente seleccionado como el más relevante para el estudio del bienestar de una población, depende de dos tipos de factores: por un lado, de los cambios en la distribución de los ingresos personales de los miembros perceptores de los hogares y, por el otro, de la proporción de miembros perceptores. Dados los estrictos límites de este tipo de presentaciones y con el objetivo de brindar una mayor claridad expositiva, hemos optado por concentrar el análisis en el primer tipo de factores señalado, es decir, en la evolución de los ingresos personales de los miembros perceptores.1

Para analizar los cambios en el reparto de los ingresos individuales de los miembros de los hogares hemos desglosado el universo de perceptores en distintos subgrupos: a) los asalariados registrados; b) el conjunto de los asalariados (que incluyen también a los asalariados precarios);2 c) los ocupados (que contemplan también a los no asalariados); d) los activos (entre los que quedan incluidos también los desocupados), y e) los activos e inactivos perceptores (entre los que se contabilizan, además, los jubilados, pensionados, rentistas, etc.). Como vemos, cada una de las poblaciones menos numerosas aquí consideradas queda incluida en las poblaciones de mayor tamaño. De resultas, la diferencia en el grado de desigualdad de ingresos de dos subgrupos puede ser atribuida a la incidencia de la población que queda excluida en el subgrupo menos numeroso. Por ejemplo, la diferencia entre el grado de desigualdad de ingresos de los ocupados y el de los asalariados da cuenta de la incidencia distributiva de los ocupados no asalariados; del mismo modo, la distancia entre el reparto de los activos y el de los ocupados revela el efecto de la población desocupada sobre la distribución de ingresos individuales; etc.3

Para medir la desigualdad, tanto de IPCF como de ingresos individuales, hemos empleado el coeficiente de Gini, que se construye comparando la distribución observada de una serie de datos con cierta distribución ideal. El coeficiente de Gini es una medida resumen estandarizada, cuyo valor máximo (1) representa la mayor concentración de ingresos posible en una determinada población, mientras que su valor mínimo (0) representa la distribución más equitativa. Resta mencionar que el cálculo de los coeficientes ha sido realizado a partir de los datos desagregados de la EPH contemplando a la población sin ingresos para los años 1991-2003.4

3. Los ciclos de desigualdad de la década del ‘90

No obstante la relevancia actual que ha cobrado el fenómeno de la desigualdad, el deterioro del reparto del producto social en nuestro país no constituye una novedad reciente. Muy por el contrario, el acentuamiento de las tendencias regresivas en materia distributiva se remonta, en principio, al segundo quinquenio de la década del ’70. Como puede observarse en el Gráfico 1, el incremento de la desigualdad se ha intensificado a lo largo de los últimos treinta años, incluso en períodos de considerable expansión económica. Tal evolución secular de la concentración de los ingresos se ha producido en forma incremental, a través de ciclos que, recurrentemente, operan consolidando los niveles de desigualdad inmediatamente anteriores a las crisis distributivas que los separan, vinculadas éstas –fundamentalmente– a las últimas grandes crisis de la economía local. Detrás de la evolución de largo plazo del reparto del IPCF (1974-2003), es posible detectar, pues, distintos ciclos de desigualdad (1974-1981; 1982-1989; 1990-1995; 1996-2002), en cada uno de los cuales se incrementa la inequidad distributiva en forma progresiva.



Ahora bien, buena parte del deterioro del 50% que experimentó el coeficiente de Gini (CG) entre los años 1974 y 2003 es el emergente del proceso altamente regresivo que signó a nuestro país a lo largo de la década de 1990. Las reformas estructurales –privatizaciones, desregulación económica, apertura comercial y financiera y fijación del tipo de cambio– y sus efectos sobre el perfil y modo de funcionamiento de la economía local impactaron decididamente sobre la composición y dinámica del mercado de trabajo urbano determinando la progresiva exclusión social de vastos sectores de la población.

El explosivo aumento del desempleo y la subocupación horaria se erigen, durante esta década, como principales emergentes de una economía con escasa capacidad de absorción de mano de obra: mientras que la desocupación alcanzó al 18,4% de la población activa hacia mayo de 1995, la subocupación trepó en forma constante llegando a niveles del 15% hacia fines de la década. La aguda recesión que atravesaría la economía desde mediados de 1998, combinada hacia 2002 con el abandono del anclaje cambiario, intensificó el carácter regresivo del modelo. El desempleo y la subocupación horaria mostraron durante los cuatro años recesivos (1999-2002) una tendencia creciente hasta alcanzar, en mayo de 2002, tasas de 21,5% y 18,6%, respectivamente. A este desalentador panorama se sumará, en 2002, un incremento generalizado de los precios por efecto de la devaluación, que alcanzaría un 30% en total en el primer semestre de ese año. La inflación cambiaria contribuyó a profundizar el deterioro salarial, que no había mostrado síntomas de recuperación durante los ’90. Como resultado de estas tendencias, hacia 2003 los niveles salariales eran un 65% más bajos que los registrados en 1974.

3.1. La desigualdad de ingresos en el primer quinquenio de los ‘90

El deterioro observado en los principales indicadores socioeconómicos durante la década no podía sino impactar profundamente en la desigualdad de ingresos. En este sentido, el reparto de los ingresos personales comienza a deteriorarse tempranamente. Si bien hacia 1992 el CG para la población de ingresos individuales de mayor agregación (activos e inactivos con ingreso) parece mantenerse estancado, el efecto distributivo de la población desocupada comienza a hacerse sentir fuertemente. Sin embargo, en ese año la mejora en la distribución de los ingresos personales de los asalariados contribuye a neutralizar el mayor efecto de los desocupados sobre la desigualdad (ver Gráfico 2). A partir de 1993 el impacto de la desocupación sobre el CG comienza a combinarse con una mayor concentración en la distribución de los ingresos de los asalariados, fundamentalmente de los asalariados precarios.



En lo que respecta al deterioro de la distribución de los ingresos personales de los asalariados en general, desde 1994 se observa una fuerte modificación en las remuneraciones horarias para los distintos niveles de educación.5 Este proceso de estratificación salarial incipiente daría cuenta, en el contexto del primer quinquenio de los ’90, del cambio en las calificaciones demandadas por los empleadores. Sin embargo, y como efecto principal de las reformas estructurales, el desempleo parece haber contribuido mayormente a la concentración de los ingresos personales: de un lado, es probable que los altos niveles de desocupación hayan afectado el poder de negociación de los asalariados impulsando el empeoramiento de la dispersión de sus remuneraciones; del otro, desde 1994 los valores que asume la distribución de los ingresos individuales se encuentran claramente asociados a los niveles de desocupación.

El contexto recesivo de 1995 elevó la tasa de desocupación a niveles sin precedentes registrados en la historia argentina, desencadenando un salto en el deterioro de la dispersión de los ingresos individuales, del orden del 6,7% del CG, que cerrará el primer ciclo de desigualdad de la década. Este deterioro se explica por la evolución negativa de las distribuciones de todas las poblaciones de ingresos individuales, con la excepción de las comprendidas por los activos e inactivos con ingreso y la del conjunto de los asalariados, que mantienen un comportamiento poco relevante en términos distributivos (ver Gráfico 2).

A la mayor concentración de los ingresos individuales durante la crisis distributiva de 1995 contribuyeron, en primer lugar, los desocupados. El efecto de esta subpoblación puede observarse al comparar el incremento en la desigualdad de los activos y de los ocupados: mientras que para los primeros el CG se acentúa un 9,6%, para los segundos el incremento es de 7%. En segundo lugar, es también relevante para dar cuenta del aumento de la desigualdad de ingresos lo que sucede con los ocupados no asalariados, que queda expresado por la diferencia entre el deterioro de las dispersiones de los ocupados y los asalariados, 7% y 4,6%, respectivamente. Finalmente queda claro también el nulo efecto operado por los asalariados no registrados sobre el acentuamiento de la concentración de los ingresos personales –fenómeno claramente excepcional si consideramos lo que sucede a lo largo de la década–, dado que las tendencias del reparto de ingresos de esta población conserva la misma pendiente que las correspondientes a los trabajadores registrados. De este modo, a diferencia de lo que es posible observar en las crisis distributivas anteriores,6 la especificidad de la crisis de 1995 reside en la activa intervención de los desocupados en el deterioro distributivo general, síntoma de las transformaciones operadas en el mercado de trabajo local.

3.2. La desigualdad de ingresos en los últimos años de la convertibilidad

Mientras que la recuperación económica posterior a la crisis de 1995 no logró revertir significativamente la elevada concentración del producto social, la recesión que le siguió fue acompañada por un profundo deterioro en los principales indicadores socioeconómicos que intensificó sensiblemente los niveles de desigualdad. Con posterioridad a 1997 la desigualdad de ingresos comienza a deteriorarse en forma continua. Entre 1997 y 2000 el leve incremento de la concentración de ingresos personales estuvo asociado al aumento de la desigualdad que se registra en el conjunto de los asalariados: la desigualdad de ingresos de los asalariados registrados se intensificó y lo mismo ocurrió si consideramos también en los cálculos a los asalariados precarios (Gráfico 2). Ahora bien, son diversos los factores que podrían dar cuenta de las modificaciones en la concentración de ingresos totales de estas poblaciones: las mismas pueden deberse a modificaciones en la dispersión de los ingresos de fuentes no laborales, a variaciones en la cantidad de ocupaciones, a alteraciones en el reparto de las remuneraciones de las ocupaciones principales, a la incidencia de las ocupaciones a jornada parcial, o a cambios en la concentración de las remuneraciones horarias.

En otro trabajo hemos señalado el nulo impacto que tuvieron los ingresos por fuentes no laborales y la cantidad de ocupaciones sobre la concentración de ingresos de los asalariados en esos años.7 En los Gráficos 3.1 y 3.2 sí se observa, por el contrario, que entre 1997 y 2000 la evolución de la desigualdad de los ingresos mensuales provistos por la ocupación principal –de los asalariados en general y de los asalariados registrados en particular– estuvo determinada por las tendencias de la dispersión de las remuneraciones horarias. No obstante, cabe resaltar que los niveles de desigualdad relativos a este último factor tienden a ser superiores a los referidos a las dispersiones de las remuneraciones mensuales de las ocupaciones principales a tiempo completo. Tales diferencias en ambas distribuciones estarían indicando que la cantidad de horas trabajadas compensa, en ambas poblaciones, la mayor desigualdad de los ingresos horarios.8



Con posterioridad a octubre de 2000 la dispersión de los ingresos personales se deteriorará considerablemente, acompañando la profundización del proceso recesivo, hasta alcanzar niveles sin precedentes en mayo de 2002, momento en el que finaliza el segundo ciclo de desigualdad del período estudiado (Gráfico 2). Hasta octubre de 2001, ese deterioro estuvo impulsado principalmente por la mayor concentración de los ingresos de los asalariados y, en segundo lugar, por el efecto de los desocupados. Mientras que la desigualdad de los asalariados se incrementa un 5% con relación a igual período del año anterior, la de los activos aumenta en un 7%, dando cuenta de la negativa incidencia de los desocupados. Sin embargo, en estos años se destaca el relativo estancamiento de las dispersiones de los asalariados registrados, por lo cual la mayor concentración de ingresos del conjunto de los asalariados se explicaría, fundamentalmente, por la incidencia negativa de las posiciones precarias, acentuándose así una tendencia observada desde 1993. Como muestra el Gráfico 3.1, el deterioro distributivo que experimentan los asalariados en general (dentro de los que se incluyen las posiciones precarias) encuentra su origen tanto en la mayor desigualdad por remuneraciones horarias como, especialmente en octubre de 2001, en la incidencia distributiva de las subocupaciones.



El salto de la desigualdad en los ingresos personales registrado hacia mayo de 2002 no es independiente de la exacerbación de la crisis económica que desencadenó la salida formal de la convertibilidad. En el corto plazo la inflación desatada tras la devaluación se tradujo en una profundización del negativo desempeño económico en el marco del cual los principales indicadores sociales alcanzarían niveles alarmantes. Entre octubre de 2001 y mayo de 2002 el CG para la distribución de los ingresos personales se incrementa significativamente arrastrado por la mayor desigualdad registrada en la población de los activos (Gráfico 2). En el breve lapso analizado, los ocupados parecen no haber tenido efecto alguno sobre el pico de desigualdad observado luego de la devaluación. De este modo, es fundamentalmente el efecto de los desocupados el que da cuenta de la mayor desigualdad de ingresos, expresando la especificidad de una crisis distributiva precedida por una prolongada recesión económica.

4. La desigualdad en los primeros años de la post-convertibilidad

En el nuevo escenario posterior a la devaluación, hacia octubre de 2002, la desigualdad de ingresos personales de la población de mayor agregación (activos e inactivos con ingreso) registró una leve mejora impulsada por la reversión de la tendencia al deterioro de la distribución de ingresos de los activos (del 2% del CG). No obstante la mejora observada, es destacable también el importante deterioro de la dispersión de los ingresos de los asalariados, de más del 6% del CG. En conjunto, tales modificaciones estarían asociadas, en gran medida, a la puesta en vigencia del Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados (PJJH).9 Su efecto en términos de disminución selectiva de la desocupación ha contribuido a mermar la desigualdad de ingresos de los activos: la puesta en vigencia del plan, de amplia cobertura, significó la asignación de ingresos que, aunque magros, aliviaron la situación de buena parte de los hogares más afectados por la desocupación.

Sin embargo, el PJJH mismo explicaría también el deterioro de la distribución de ingresos de los asalariados observado en octubre de 2002. Para entender este contradictorio efecto en términos distributivos debemos tener en cuenta que, en primer lugar, la mayoría de los beneficiarios del programa son considerados asalariados por la EPH. En segundo lugar, dadas las características de la contraprestación que deben efectuar, la totalidad de los beneficiarios considerados asalariados entran en la categoría de subocupados. Asimismo, la mayor parte de estos “desocupados asistidos” se insertan en la economía de manera precaria (no se les realizan los aportes al sistema jubilatorio).10 Finalmente, la magra asignación provista a los beneficiarios se encuentra muy por debajo de la media de los asalariados.

Ahora bien, en términos distributivos el efecto del PJJH se observa al comparar las tendencias de los Gráficos 3.1 y 3.2. Hacia octubre de 2002, el significativo incremento en la concentración de los ingresos de la ocupación principal del conjunto de los asalariados (Gráfico 3.1) contrasta con el relativo estancamiento en la dispersión correspondiente a los asalariados registrados (Gráfico 3.2), lo que da cuenta del fuerte impacto de las posiciones precarias sobre el incremento de la desigualdad en ese momento. Asimismo, del Gráfico 3.1 se desprende también que tal incremento en la desigualdad es resultado en buena medida de la incidencia de las ocupaciones a jornada parcial –si bien contribuye a este deterioro también la evolución de las remuneraciones horarias de los asalariados a jornada completa–. De este modo, la acentuación de la desigualdad de los asalariados obedecería al efecto sobre el valor del CG del incremento de las ocupaciones precarias a tiempo parcial y con magros ingresos, como son las provistas por el PJJH.

5. Evolución estilizada de la incidencia distributiva del desempleo y la precariedad en los ’90

En una mirada de largo plazo, las tendencias del deterioro distributivo en los años noventa resaltan no sin cierta novedad. Factores que otrora habían mostrado escasa injerencia en el fenómeno distributivo aparecen en los últimos años explicando, casi con exclusividad, la mayor desigualdad de los ingresos. El desempleo y la precariedad laboral se encuentran en el eje de la inequidad heredada de los años de la convertibilidad. No es extraño que ambos factores irrumpan en el escenario distributivo de los ’90: en primer lugar, el hiperdesempleo es un fenómeno reciente; en segunda instancia, si bien la precariedad comienza a acentuarse fuertemente desde principios de los ’80, los altísimos niveles vigentes dan cuenta de un mercado de trabajo decididamente dual.

El Gráfico 4 presenta la evolución del efecto de la desocupación y de la precariedad laboral sobre el CG de los ingresos personales a lo largo de los últimos años. El efecto de la desocupación es el resultado de las diferencias entre los CG correspondientes al conjunto de los activos y al de los ocupados. El impacto de la precariedad no es sino la distancia entre el CG del conjunto de los asalariados y el relativo a los asalariados registrados. En el Gráfico se observa el fuerte y persistente incremento de la gravitación de ambos fenómenos sobre la inequidad distributiva. Sin embargo, cada indicador presenta tendencias diversas. En el caso del desempleo, su elevada incidencia distributiva parece acrecentarse considerablemente en contextos recesivos. Este comportamiento que acompaña –en contrapunto– el desempeño cíclico de la economía se manifiesta claramente tanto en 1995 –crisis del tequila– como hacia 2002 –salida de la convertibilidad. Por su parte, la incidencia de la precariedad sobre la desigualdad registra tendencias menos fluctuantes pero constantes: con excepción del fuerte incremento de su impacto distributivo hacia octubre de 2002 –que, como vimos, estuvo estrechamente asociado a la puesta en vigencia del PJJH– la precariedad ha asumido un rol central y creciente a lo largo de todo el período.



Al observar las tendencias registradas por ambos indicadores en los primeros años de la post-convertibilidad irrumpe un nuevo dilema que se abre en lo que a la equidad de ingresos refiere. La mejora en los niveles de desocupación asociada a la implementación del PJJH, primero, y al fin de la recesión económica, luego, ha determinado una significativa disminución del efecto distributivo de este factor. En contraste, la incidencia de la precariedad sobre la dispersión de los ingresos individuales ha conservado su tendencia alcista. Ambos fenómenos dan cuenta de la novedosa complejidad que asume la cuestión de la distribución del ingreso: a la preocupación en torno a las aún altas tasas de desocupación debe agregarse el problema de la persistencia de empleos en condiciones precarias.

6. Conclusiones

El estudio de lo sucedido en los años ’90 no sólo da cuenta de la exacerbación de las tendencias regresivas en materia distributiva, que se remontan a décadas anteriores, sino que también aporta información acerca de la especificidad que adquirió tal deterioro durante esos años y cómo tal especificidad está en el origen de los problemas actuales. En este sentido, en los años de la convertibilidad la concentración de los ingresos personales se encuentra asociada en buena medida a dos tipos de factores, el desempleo y la precariedad laboral, que habían manifestado poca relevancia en períodos anteriores y que constituyen el emergente de las transformaciones estructurales más recientes.

Analizando el impacto distributivo de ambos factores en los últimos años hemos dado con las principales características del desafío abierto luego del fin de la convertibilidad. Luego de la devaluación, las opciones de política económica en materia distributiva se han centrado en dos cuestiones. En primer lugar, con la finalidad de atenuar el efecto de la crisis sobre amplios sectores de la población desocupada –pero también de contener el descontento social– el PJJH es implementado como principal herramienta de política social del gobierno provisional. En segundo lugar, para contrarrestar el deterioro salarial asociado a la inflación post-devaluación varias iniciativas, como incrementos no remunerativos o aumentos en el salario mínimo o devolución de haberes a estatales, han sido desplegadas por las autoridades. Sin embargo, los datos presentados en este trabajo señalan el limitado impacto en materia distributiva que pueden tener políticas públicas que sólo operan sobre estos factores –desocupación y salarios de los trabajadores registrados–, prestando escasa atención a las condiciones laborales y a los niveles de remuneración que tales condiciones imponen.

NOTAS:

1 Cabe destacar, por cierto, que el impacto de la proporción de perceptores sobre la dispersión de los ingresos de los hogares no ha sido en la década de los ’90 tan intenso como sí lo fue en el período 1974-1989. Para un análisis que contempla el efecto distributivo de la proporción de perceptores ver Benza, G. y G. Calvi (2004), “Reestructuración económica y distribución del ingreso en Argentina (1974-2003),” presentado en el Segundo Congreso Nacional de Sociología (Buenos Aires).

2 Aunque se trata de un fenómeno complejo, que involucra una multiplicidad de dimensiones y que ha sido objeto de numerosas conceptualizaciones, en esta presentación consideraremos como trabajadores precarios a aquellos que declaran que no se les realizan los descuentos para el sistema jubilatorio. Cf. Beccaria, L. (2003), “Las vicisitudes del mercado laboral argentino luego de las reformas”, en Boletín Informativo Techint Nº 312 (Buenos Aires). Para otras aproximaciones al fenómeno de la precariedad consultar: Pok, C. (1992), “Precariedad laboral: personificaciones sociales en la frontera de la estructura del empleo”, documento presentado en el Primer Congreso Nacional de Estudios del Trabajo (Buenos Aires); Salvia, A. y S. Tissera (2000), “Heterogeneidad y precarización de los hogares asalariados en Argentina durante la década del 90”, en Cuadernos del CEPED Nº 4 (CEPED-FCE, Buenos Aires).

3 Esta metodología ha sido utilizada por Altimir, O. y L. Beccaria (2001), “El persistente deterioro de la distribución del ingreso en la Argentina”, en Desarrollo Económico, N° 160 (Buenos Aires), y por Grandes, M. y P. Gerchunoff (1998), “Distribución del ingreso y mercado de trabajo en el Gran Buenos Aires. 1987-1997”, en 4º Congreso Nacional de Estudios del Trabajo (ASET, Buenos Aires).

4 Muchos han señalado las debilidades relativas al registro de ingresos en la EPH: las omisiones y subdeclaraciones subestiman los niveles de desigualdad al concentrarse en sectores de mayor poder adquisitivo. Sin embargo, tal problema no afectaría la comparación interanual mientras la estructura de subregistro y subdeclaración no se modifique significativamente en el tiempo, como ha demostrado el trabajo de Gasparini, L., et al. (2000), “La distribución del ingreso en la Argentina y en la provincia de Buenos Aires”, en Cuadernos de Economía, N° 49 (La Plata). Un supuesto similar es usado por Altimir, O., et al. (2002), “La distribución del ingreso en Argentina, 1974-2000”, en Revista de la CEPAL, N° 78, Diciembre (Buenos Aires).

5 Cf. Benza, G. y G. Calvi (2004), op. cit.

6 Cf. Benza, G. y G. Calvi (2004), op. cit.

7 Cf. Calvi, G. y G. Benza (2005), “Precariedad laboral y distribución del ingreso en el GBA (1974-2003)”, ponencia presentada en el VII Congreso de Estudios del Trabajo (ASET, Buenos Aires).

8 En esos años, las diferencias en los ingresos horarios para asalariados con distintas calificaciones se mantiene. Es posible que tal tendencia se encuentre estrechamente vinculada a las diferencias de ingresos entre poblaciones de asalariados registrados y no registrados: así, el proceso de estratificación salarial estaría en estrecha correlación con el tipo de inserción (precaria o no precaria) de los asalariados.

9 Atento la involución de los principales indicadores socioeconómicos, y en un contexto de alta conflictividad social, el gobierno provisional de Duhalde (2002-2003) lanzó, en el segundo trimestre de 2002, el PJJH, un programa de alcance inusitado, con cerca de dos millones de beneficiarios, con el objetivo de garantizar un ingreso mínimo a los jefes y jefas de hogar desocupados con hijos a cargo.

10 El fuerte incremento de las posiciones asalariadas precarias hacia octubre de 2002 parece encontrarse estrechamente asociado a la incidencia del PJJH: mientras que la proporción de asalariados precarios sin plan se mantiene constante entre octubre de 2001 y octubre de 2002, si se incluye también a los beneficiarios de planes sociales la gravitación de posiciones no registradas se incrementa de un 38,6% a un 43,2%.

Bibliografía

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