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Nota para la edición de Lavboratorio, París, 25 de noviembre de 2004.
Escribí el texto que Lavboratorio publica hoy en los primeros meses
de 2002 en vistas a una ponencia en el Atelier Argentine del CEPREMAP
(centro de investigación en el que se reúnen la mayor parte de los economistas
de la conocida “Escuela de la Regulación”). El texto fue publicado unos
meses más tarde por la revista L’Homme et la Société (n° 143-144,
Paris, janvier-juin 2002, pp. 143-164) bajo el título “Le quartier
et la barricade. Le local comme lieu de repli et base du rapport au
politique dans la révolte populaire en Argentine”.
Cuando Lavboratorio me propuso su publicación lo pensé atentamente.
El texto envejeció y mucha agua ha pasado bajo el puente. En la experiencia
de los argentinos, aquellos primeros meses del 2002 pueden parecer una
prehistoria lejana. Sobre el movimiento de piqueteros del que trata
el texto, han aparecido luego contribuciones importantísimas; y pienso
principalmente en el libro de Maristella Svampa y Sebastián Pereyra,
Entre la ruta y el barrio, que se ha convertido a justo título
en el libro de referencia sobre el tema, o en las también importantes
contribuciones de Javier Auyero. Sin embargo, varios son los autores
que continúan citando Le quartier et la barricade.
En el texto propongo situar la movilización popular más allá de la coyuntura
de la crisis de 2001, y para ello propongo la adopción de un punto de
vista específico: debe considerarse la movilización bajo la óptica de
la integración social, de los efectos de la desafiliación masiva, de
la fractura social y de las luchas contra sus consecuencias más inmediatas
y también contra sus tendencias más profundas. Y debe ponerse en el
eje del enfoque lo que he propuesto en llamar la “inscripción territorial”
de las clases populares. Dimensión central de la solidaridad, el territorio
adquiere aquí una importancia renovada en la socialización política
y en la socialización a secas de los sectores populares.
Aparece así un tipo de acción definida por las múltiples exigencias
de una lucha por la subsistencia y por el reconocimiento, en el terreno
simbólico y en el terreno material, a nivel comunitario y en el seno
del sistema político; con el Estado identificado siempre como principal
interlocutor de las clases populares. Desde este punto de vista, y contrariamente
al clima reinante en 2002, se veía ya entonces con claridad que los
partidos políticos recuperarían el control de la situación una vez pasado
el marasmo financiero. Y sobre todo veíamos la fortaleza del peronismo,
dada por la imbricación particular en la que observábamos a las clases
populares, desde hacía más de quince años, entre inscripción territorial
y relación con el Estado reformado. Ni por cuestiones de “identidad”
ni como resultado del “clientelismo” sino a causa de la configuración
en la que evolucionan las clases populares en una Argentina democrática
y fracturada.
Quisiera agradecer a Astor Massetti por una primera traducción del texto,
y particularmente a Florencia Gentile que corrigió esa primera versión
con tesón y dedicación generosas.
Introducción.
Las transformaciones operadas en el mundo del trabajo
y las reformas introducidas en el dominio del Estado son el origen de
un cambio en las relaciones con lo político de los sectores populares,
que ven así modificados los repertorios de acción colectiva a los que
tienen acceso. La nueva relación con lo político y las nuevas modalidades
de acción se descentran hacia lo local (o el barrio), donde los más
desprotegidos encuentran una fuente de “reafiliación”, medios de subsistencia
e incluso una base de recomposición identitaria. Este movimiento complejo
se torna más visible en las sociedades donde la crisis social es particularmente
aguda. En ese contexto, el primer objetivo de este articulo es aportar
elementos para la comprensión de la crisis general que atraviesa la
sociedad argentina. Estos elementos deberán permitirnos abordar nuestro
segundo objetivo, a saber una descripción de las lógicas de movilización
colectiva en un contexto de descomposición acelerada de una sociedad
salarial.
Argentina: crisis y movilización
La caída del gobierno de Fernando De la Rua en el transcurso de una
revuelta popular en diciembre de 2001 puso en evidencia una anunciada
crisis de larga data. Esta revuelta comenzó con el asalto a comercios
de alimentos y supermercados, protagonizada por los más desprotegidos
en la semana del 17 de diciembre. La movilización se generaliza luego
cuando una buena parte de la clase media de la Capital sale a la calle
en respuesta a la declaración de estado de sitio por el Presidente de
la República, seguida por una escalada represiva y la dimisión del propio
Presidente. Desde entonces, dos “nuevos movimientos sociales” parecen
consolidarse y atraer numerosos observadores argentinos y extranjeros.
Uno tiene como protagonista a la clase media de Buenos Aires, que se
manifestó al ritmo del repiqueteo de cacerolas y asambleas barriales,
que se desarrollan con regularidad desde diciembre1. El otro,
sobre el que nos interesaremos, el de los piqueteros, movimiento
cuyos protagonistas son los más pobres de la ciudad; sus formas de acción
— implementación de barricadas que cortan las principales rutas, autopistas
y puentes del país —movilizan frecuentemente varios miles de personas
y están coordinadas a veces sobre decenas de puntos estratégicos.
Este movimiento de piqueteros suscitó un gran número de preguntas
y de expectativas, si no de esperanzas. Argentina es un país rico y
la descomposición social que vemos desarrollarse desde hace décadas
sorprende sobre todo porque parece haber llegado hasta el presente casi
sin resistencia social. Esta movilización de los más pobres es seguida
atentamente tanto por la prensa como por los medios políticos y por
un buen número de intelectuales que buscan comprender lo que ocurre.
Por nuestra parte, en vez de referirnos a la “novedad” de este movimiento,
preferimos observarla a la luz de la continuidad en la que parece inscribirse.
En efecto, los sectores que se hoy se movilizan cortando rutas, son
los mismos que observamos desde hace veinte años, movilizados en el
seno de los barrios como respuesta a la crisis social.
Los piqueteros, cuando la ruta está cortada.
El lunes 30 de octubre de 2000, la ruta nacional
número 3 fue cortada por un piquete a la altura del distrito
de La Matanza. La ruta 3 es una arteria central en la circulación de
la zona oeste del área metropolitana de Buenos Aires, y su importancia
económica es mayor por el hecho de comunicar la Capital con el sur del
país (atraviesa la Argentina hasta Tierra del Fuego) y con las zonas
más ricas de la Provincia de Buenos Aires. Un piquete se mantuvo allí
durante una semana.
“Las tres mil personas que cortaron la ruta 3 [...] llegaron de los
barrios más pobres del partido más pobre del conurbano bonaerense: La
Matanza. Donde vive el 3,5 por ciento de la población nacional y el
4,9% de los desocupados de todo el país. Esas tres mil personas son
apenas un puñado de las 476 mil personas que en La Matanza viven bajo
la línea de pobreza, según las cifras del INDEC. [...]Todos en el piquete,
pasan día y noche en el medio de la ruta. Duermen debajo de tiendas
armadas con palos y plásticos agujereados que nunca alcanzan para frenar
el aguacero [...]Todos dicen que no se moverán del piquete
hasta que no se cumplan sus reclamos. "No tenemos nada que perder",
es su explicación. Y resumen su reclamo en apenas una palabra: "trabajo".”2
Y esto pasó en el distrito que fuera antaño un símbolo de la industria
peronista. El acontecimiento ocupa rápidamente los titulares de la prensa
escrita y televisada, y el debate se instala al nivel de los partidos
políticos, especialmente entre la nueva alianza gubernamental y el peronismo3.
El movimiento corta la Ruta 3 en varios sitios y otros piquetes
se multiplican enseguida en otros puntos a lo largo del conurbano bonaerense.
Desde 1996, episodios de idénticos acontecimientos se produjeron en
las provincias de Corrientes, Chaco, Jujuy, Neuquén, Salta. Pero la
movilización de La Matanza en el 2000 marca un giro, tanto por la envergadura
del movimiento como por la profunda articulación entre organización
y demanda4.
Los argentinos descubren así una nueva forma de movilización social.
Los piquetes devienen una nueva forma de protesta de los más
desfavorecidos y los desocupados de la Argentina. Puestos al margen
de toda relación de fuerzas, han comenzado a cortar las rutas. Sin la
posibilidad de hacer huelga, están decididos a impedir el funcionamiento
de la economía y de la sociedad. A veces, los manifestantes son dispersados
por gendarmería, otras rudamente reprimidos; todo termina siempre en
una negociación sobre la distribución de la ayuda social. Y todo recomienza
siempre, frente a las mismas demandas fundamentales no obtienen respuesta,
y a una asistencia que no puede ser distribuida más que de modo insuficiente.
Frente a la falta de iniciativa de un sindicalismo en crisis, los
piqueteros se han transformado en uno de los grandes protagonistas
del momento. El escepticismo generalizado respecto de la política aparece
hoy acompañado de una esperanza en las nuevas formas de protesta social:
las asambleas barriales y las cacerolas de la clase media que crepitan
en la Capital, y los piquetes de los más pobres que cortan
las rutas, especialmente en el conurbano bonaerense. Muchos intelectuales
(en particular los de izquierda) observan este proceso desde una perspectiva
quizás demasiado optimista, tributaria de la ilusión de la “multitud
creadora”5.
En este artículo nos proponemos analizar esta acción colectiva a la
luz de su historia reciente. El movimiento de piqueteros es
heredero, en cierta medida, del movimiento de asentamientos
y de organizaciones barriales que se ha venido desarrollado desde hace
veinte años en la periferia de las grandes ciudades (y en particular
en el Gran Buenos Aires). Ya que, aún si históricamente los primeros
piquetes tuvieron lugar en ciudades pequeñas (en las provincias
de Neuquén y Salta), es siempre en los barrios pobres donde estos se
organizan, y es también de allí la base social que movilizan. Es por
ello que la observación de tal movimiento barrial puede ayudarnos a
comprender los límites y las posibilidades de acción de las nuevas protestas.
La acción de estas organizaciones barriales, como la de los piquetes,
se aproxima en parte a las descripciones de los “bandoleros sociales”
realizadas por Eric Hobsbawm6. Luego de analizar numerosos
casos extraídos de España, los Balcanes, Brasil o Colombia, el historiador
encontró entre ellos características comunes: se trataba siempre de
categorías sociales divorciadas de las transformaciones que se estaban
llevando a cabo en su sociedad, excluidas de un capitalismo en formación,
que aprovechaban la ausencia de control estatal en ciertas zonas del
territorio para saquear a los señores, los pueblos cercanos o los viajeros,
como forma de protesta social. Mas allá de las diferencias (la acción
analizada por Hobsbawm es propia del mundo rural en transformación,
nacida del pasaje de una agricultura familiar y comunitaria al capitalismo
agrario), la forma de protesta de los piquetes recuerda el
modo de acción de aquellos que no están integrados, que no pueden actuar
sobre las relaciones de producción y que deben contentarse con el pillaje,
con la venganza, o con la acción del “bribón de gran corazón” que roba
a los ricos para distribuir a los pobres. Este tipo de protesta “tiene
tendencia a devenir epidémica en los momentos de pauperización y de
crisis económica”7, y refleja frecuentemente “la resistencia
que las comunidades o pueblos enteros frente a la destrucción de su
modo de vida”8. En este sentido, en tanto que conductas colectivas
“son poco más que los síntomas de crisis y tensión en su sociedad: del
hambre, de la peste, la guerra” (…), pero “el bandolerismo en sí no
constituye un programa” (…) “para su sociedad”9. Una vez
que el nuevo régimen de producción social se establece y que las poblaciones
se integran, el “bandidaje” pierde su base social y su razón de ser,
al mismo tiempo que el Estado retoma el control del territorio.
Esta comparación con esas guerrillas rurales y esos grupos de bandoleros
o de bribones despierta nuestro interés en un sentido preciso. La acción
colectiva de estas revueltas se sitúa, así como la de los habitantes
de los barrios que observamos, al margen de la sociedad. Se trata de
la acción de aquellos que se apartan de la ley, en principio para obtener
algo que comer, mas luego para no quedar fuera de la sociedad. Porque
saben moribunda la sociedad que conocían, y no ven lugar para ellos
en aquella que se esboza. Entonces, como les es imposible inscribir
su acción en el juego de relaciones que estructuran la sociedad, “cortan
la ruta”. Impiden el funcionamiento normal de las cosas, interrumpen
la circulación para decir aquí estamos, nosotros también tenemos
derecho a una existencia social; y si ustedes no nos la conceden, no
los dejaremos vivir en paz.
Para ello, la única arma de la que disponen es la de ocupar un lugar,
apropiarse de una parte del territorio que pueda otorgar una posición
más o menos estratégica. Y son las rutas las que constituyen tal posición
estratégica, en tanto son indispensables para el funcionamiento del
comercio, de la producción, de la comunicación.
En tanto forma de protesta social, el piquete está organizado
en base a una identidad territorial: no solamente porque son dirigentes
barriales los que en general lo llevan a cabo, sino también porque es
sobre esta base local que se hace posible la participación de los piqueteros
y que se establecen las negociaciones con las autoridades. Así, las
personas se movilizan, en gran medida, sobre la base de barrios organizados.
¿Qué sentido adquiere esta participación territorial? ¿Qué tipo de relación
con la política y con la sociedad en general puede ser construida sobre
esta base local, territorial o urbana? ¿Cuáles son las lógicas de acción
que se despliegan en un contexto relacional en el cual se encuentran
quebrantados, a la vez, los lazos de ciudadanía y de trabajo?
La crisis social: retirada del Estado y descomposición
de la estructura salarial.
La crisis generalizada que atraviesa actualmente
la sociedad argentina presenta, más allá de sus componentes económicos,
una importante dimensión social. Es sobre este registro de transformaciones
sociales que pondremos el acento, a fin de comprender las diferentes
vías de movilización de los más desfavorecidos. Nuestra primera hipótesis
es que la relación de los sectores populares con la política debe ser
explicada a partir de la dimensión social de la crisis, antes que como
una respuesta a la situación económica. En efecto, no se puede buscar
una explicación de las modalidades que adquiere la movilización actual
y sus posibilidades de acción futura ni en la bancarrota financiera
ni en la crisis política consecuente, acontecidas recientemente. Las
claves para entender la protesta actual se encuentran antes de la crisis,
preceden los últimos cuatro años en que la crisis se incuba, y más aún
los efectos de su posterior estallido en el mes de diciembre de 2001.
Y, volcada la mirada hacia el futuro, vemos que las líneas mayores que
dan cuenta de las formas de acción colectiva que observamos hoy, seguramente
atravesarán la crisis actual: vinieron para quedarse.
El primer elemento de tal transformación social está dado por la reorganización
general del mundo del trabajo. Hasta los años ochenta, la sociedad argentina
era una sociedad salarial, con casi el 75% de su población activa implicada
en relaciones salariales. Luego de su desintegración progresiva iniciada
a fines de los años setenta y de su reestructuración violenta en los
años noventa, las relaciones salariales alcanzan hoy en día a poco más
de un tercio de la población activa10.
A penas una pequeña minoría ha escapado a la desalarización y mantiene
aún relaciones salariales estables. La mayor parte de la población,
por el contrario, sólo conoce en la actualidad relaciones salariales
precarias características de la economía informal. Es decir que se encuentra
en situaciones de hiperprecariedad: más de un tercio de la población
activa trabaja en condiciones ilegales, con un salario muy bajo, fuera
de toda protección social y sin sindicalización. El 20% restante se
encuentra sin trabajo.
La violencia de esta desestructuración del lazo salarial se agudizó
con la redefinición del rol del Estado. Éste renunció a la pretensión
de ocupar el lugar central en el control de la economía, y redujo en
forma drástica su participación en la producción de bienes y servicios
por medio de un vasto programa de privatizaciones. Sumado a esto, el
Estado social redujo hasta el extremo sus mecanismos más elementales
de protección social. (En este punto decisivo, más allá de la amplitud
de las desregulaciones salariales, en su historia reciente la Argentina
se diferencia de otras sociedades salariales, y en especial de las de
Europa continental, que en general no achicaron sus sistemas de protección
social sino que los ampliaron.
Como era de esperar, tal transformación radical de la sociedad argentina
se tradujo en un proceso de empobrecimiento que impactó sobre una parte
importante de la clase obrera, pero también sobre segmentos enteros
de las clases medias, empleados del sector público y privado, profesionales
independientes, jubilados y jóvenes ingresantes al mercado de trabajo.
Estas franjas importantes de la población se encontraron así frente
a una situación de dependencia de las políticas de asistencia social.
Es necesario tener en cuenta tres componentes indisociables en la definición
de la situación social actual. En primer lugar, la crisis de la estructura
salarial erosionó fuertemente la base social de los sindicatos, despojándolos
del lugar que ocuparan desde los años cuarenta. Este aspecto es tanto
más significativo si se tiene en cuenta el rol que los sindicatos jugaron
en la administración de la seguridad social (a través de las “Obras
Sociales”) y en la sociabilización política de los trabajadores.
En segundo lugar, en la experiencia de los sectores más desprotegidos,
la dimisión del Estado social se tradujo en una fuerte desorganización
institucional. Prácticamente en todos los dominios de la vida cotidiana,
las instituciones dejaron en el desorden y la inestabilidad a sectores
enteros de la población y a zonas enteras de la ciudad. Desde hace al
menos quince años, casi nada funciona en los barrios de la periferia,
ya sea a nivel del sistema educativo o de la salud, la seguridad o el
transporte, los servicios urbanos o la administración.
En tercer y último lugar, este proceso ha tomado la forma de una fractura
social, en un país que había alcanzado un alto nivel de integración.
Paralelamente al empobrecimiento, podemos observar la formación de un
sector de nuevas clases medias que ha apoyado lo que, en términos de
un libro que describe tal proceso, se a conocido como la “modernización
excluyente”11. Este sector de los ganadores, compuesto por
profesionales, empleados y comerciantes, se benefició ampliamente con
las reformas y llegó a identificarse con el modelo de ciudadanía construida
alrededor de las nuevas modalidades de consumo, desarrollado especialmente
durante el período menemista. Esta nueva “ciudadanía de consumo”12
se construyó, entonces, sobre la base de una indiferencia total con
la suerte de los perdedores (sería mejor, en este caso, escribir “desolidarización”
más que “indiferencia”).
Como vemos, no es exagerado calificar de radicales las profundas transformaciones
de la estructura social de la Argentina: en el área metropolitana de
Buenos Aires, la pobreza alcanza a uno de cada dos habitantes, la proporción
de desempleados se multiplicó casi por cuatro13 y el número
de trabajadores informales llegó a igualar al numero de asalariados
formales. Todo esto en un país que hasta los años ochenta no había conocido
un desempleo superior al 5%, y donde, en 1970, la pobreza urbana era
estimada por la CEPAL en 3% de la población. Es así como en 1990, frente
al crecimiento del desempleo, los salarios se encontraban un 30% por
debajo a los niveles de 1980. En el 2001, el ingreso promedio del 10%
más rico de la población era 26 veces superior al del 10% de los más
pobres (que percibían un 1,7% del ingreso nacional en 1993). La Argentina
de los últimos veinte años es un país de catástrofe social.
El repliegue en el barrio, una respuesta
a la crisis social.
Frente a este proceso de empobrecimiento y de “desafiliación”14
masivo, muchos encontraron en el barrio su principal refugio, convirtiéndose
al mismo tiempo en lugar de repliegue y de inscripción colectiva. Esta
estrategia de repliegue que se viene desarrollando desde hace veinte
años ha sido, tal como hemos mostrado en otros textos, la principal
respuesta de los sectores populares frente al vacío dejado por las instituciones
y la falta de trabajo15.
La “reafiliación” encontró su componente comunitario en la trama de
una solidaridad primaria que rápidamente recuperó sus capacidades de
movilización colectiva a través de las organizaciones barriales. Teniendo
como base las solidaridades locales (el vecinazgo entrelazado con las
estructuras familiares y otras pertenencias, como el lugar de origen
para los inmigrantes venidos de provincias del norte, Bolivia o Paraguay),
se articuló en los barrios una movilización social con registros igualmente
clásicos: ocupación colectiva de tierras para construir viviendas, autogestión
de ciertos servicios urbanos, organización de guarderías, comedores
y dispensarios comunitarios, etc. Así, mientras los sindicatos perdían
su peso, las organizaciones barriales aparecían en el paisaje político
y social de la Argentina, poniendo en evidencia la fuerza latente del
territorio urbano16. Inscripción territorial y acción colectiva se vieron
así combinadas, haciendo del barrio un bastión de resistencia para aquellos
que progresivamente dejaban de estar cubiertos por las tradicionales
formas de inscripción colectiva, tanto estatales como sindicales. Esta
respuesta se mostró particularmente eficaz en los momentos de crisis
aguda como la hiperinflación de 1989 y 1990, y lo es aún hoy, diez años
más tarde.
Pero esta actitud defensiva no podía ser exclusivamente comunitaria.
La ayuda mutua y la solidaridad local no son suficientes por sí mismas.
En un primer momento las organizaciones barriales actuaron sobre el
sistema político a partir de una demanda de asistencia; pero desde el
comienzo la movilización llevó implícitas lógicas que iban más allá
de una lucha por los bienes provenientes de la ayuda pública. Es así
como en un segundo momento la acción colectiva se desplegó a partir
de una demanda institucional: creación de escuelas, de dispensarios,
reconocimiento legal de las organizaciones barriales y de su participación
en la gestión de políticas sociales, o el acceso a servicios esenciales
como el agua o la electricidad. Esta dimensión, orientada hacia la institucionalización
y la integración, otorgó una estructura compleja a las lógicas de la
movilización colectiva.
Esta movilización colectiva que pudimos observar y caracterizar en varios
de nuestros trabajos, presenta una larga historia de dos décadas. El
movimiento de ocupaciones ilegales de tierra fue iniciado en 1981 por
militantes ligados a los grupos “basistas” de izquierda, especialmente
bajo la influencia de la Iglesia de la Teología de la Liberación17.
Este movimiento propiciaba la participación de los habitantes a través
de mecanismos de organización y de movilización democráticos sorprendentes:
asambleas, elección de dirigentes, cuerpos de delegados, participación,
etc. Pero este contenido democrático de base iba rápidamente a encontrar
sus límites. En primer lugar, como acabamos de ver, las organizaciones
barriales debían actuar sobre las instituciones e inscribirse en un
sistema de intercambios. En segundo lugar, en ese contexto de intercambios
la respuesta del Estado pasó rápidamente de una actitud de confrontación
y de represión a una actitud de cooptación y cooperación18. Las organizaciones
barriales fueron así rápidamente integradas al juego político, lo que
se tradujo en un cambio de las modalidades de acción colectiva. El contenido
contestatario cedió terreno a la participación en la gestión de políticas
sociales, especialmente en el contexto local.
Una nueva relación con lo político.
El cambio es mayor en lo que concierne a la relación con lo político,
ya que esos mismos sectores populares habían sido socializados en el
mundo del trabajo, con una concentración de la actividad política en
el Estado y las organizaciones de masa, partidos políticos y sindicatos.
Con la crisis social el barrio recobra importancia como terreno de socialización
política de los sectores más pobres, lo que se tradujo evidentemente
por un giro a nivel de las prácticas.
Esta nueva relación con lo político proporciona ciertas claves de lectura
sobre las cuales nos interesa particularmente detenernos. La primera
nos es dada por el hecho de que es alrededor del barrio que estos sectores
encuentran un buen número de “soportes” necesarios para la vida de las
familias y de los individuos19. A medida que la deficiencia
institucional se extiende y que aumenta el número de individuos que
no encuentran soportes suficientes en el mundo del trabajo, la inscripción
territorial gana importancia. El barrio se presenta como un lugar privilegiado
para la organización de solidaridades y cooperaciones, base de la acción
colectiva y fuente de identificación: ante la desagregación de las identidades
profesionales, el lugar de residencia aparece como una fuente identitaria
e incluso en algunos casos como fuente de prestigio.
Ahora bien, la naturaleza de esta inscripción social territorial no
puede funcionar más que sobre la base de una acción específica sobre
el sistema político, lo que constituye la segunda clave de lectura de
este proceso. Frente a la articulación de tal movilización en los barrios
o, en otras palabras, el desplazamiento de una parte de la acción colectiva
hacia lo local, los partidos políticos respondieron a través de todo
un nuevo sistema de políticas sociales.
Sin embargo, los partidos políticos que controlan el Estado (no está
de más recordar que es el partido peronista quien lo controló durante
todo el período menemista, y aún antes en lo que concierne a la mayoría
de las provincias y especialmente al conurbano bonaerense) no están
en posibilidades de ofrecer soportes institucionales estables. Como
respuesta a la movilización social, los partidos no propondrán la construcción
de una dinámica institucional inclusiva, como en su momento hicieron
frente al movimiento social representado por los sindicatos. En un marco
de desafiliación, los partidos se presentan como administradores de
instituciones que concentran recursos indispensables para la supervivencia.
Sin embargo, es a partir de la escasez de tales recursos que, paradójicamente,
los partidos políticos construyen una posición de fuerza frente a las
organizaciones barriales: cuando los recursos son insuficientes para
todos, su modo de distribución no puede ser sino discrecional.
En un contexto de regresión social, las organizaciones barriales no
pueden dejar de estar a la “caza” de las ocasiones que las instituciones
estatales o privadas (tales como las ONG o las iglesias) les proponen20.
Esta situación lleva muy fácilmente a las organizaciones barriales a
competir entre ellas, tanto más cuanto éstas se encuentran ahora esparcidas
por el territorio.
Frente a este repliegue de los sectores populares a nivel local, y frente
a las transformaciones del Estado, el peronismo ha sabido rápidamente
modificar el rol desempeñado por aquel. Si ha demostrado, a los ojos
de una parte de los más pobres, la imposibilidad de proponer una nueva
fuerza de promoción social, este movimiento político ha sabido presentarse,
de todas maneras, como el único capaz de hacer algo; es decir,
de aportar respuestas concretas frente a las nuevas demandas de las
organizaciones sociales. Cuando el movimiento de los asentamientos
planteaba un problema en términos de legitimidad, el peronismo
supo dar un paso hacia esos barrios calificados de ilegales y proponer
políticas de asistencia adaptadas. Estas políticas significaban la consagración
de una desviación en relación a la noción de ciudadanía social tradicional
en la Argentina, pero aportaban una respuesta a la urgencia social en
la cual se encontraban millones de individuos y, al mismo tiempo, a
la manifiesta necesidad de las organizaciones barriales.
La coyuntura electoral de fines de los noventa puso a las “manzaneras”21
en el centro del debate público. Durante su mandato como gobernador
de la Provincia de Buenos Aires (1994-1997), el actual presidente de
la República, Eduardo Duhalde, creó un dispositivo de asistencia social
alrededor de estas delegadas. El gobernador conocía ya la experiencia
de los asentamientos desde los tiempos de su intendencia en Lomas de
Zamora (en los años ochenta), y había desarrollado entonces las casas
de tierras a fin de trabajar con esta población particular.
Sin embargo, el gobernador Duhalde dará un contenido diferente al plan
de asistencia social que lleva a cabo a partir de 1994. En principio,
el gobierno de la Provincia de Buenos Aires integra las delegadas al
Consejo de la Familia a través de la puesta en práctica del Programa
vida, destinado a la distribución de alimentos. Luego, otorgándole
un tono que lo relacione a una concepción de asistencia explícitamente
ligada a “la familia”, el programa determina que los delegados de manzana
serán mujeres: las manzaneras, llamadas también por el gobierno
trabajadoras comunitarias.
Según las cifras oficiales, las manzaneras “trabajan en 2.107
barrios a través de los acuerdos firmados entre el Consejo de la Familia
y cada municipalidad. Elegidas por su propio barrio, trabajan en zonas
de concentración de pobreza extrema”. Su tarea consiste en la distribución
de una cuota semanal de alimentos destinado a los niños de menos de
seis años, como por ejemplo 50 cl de leche por día,1 Kg. de cereales,
fideos y azúcar. “Las manzaneras son hoy 30.490 mujeres que
no perciben ningún salario; son acompañadas por 6.484 parteras que asisten
a las mujeres embarazadas”22. Sobre esta base, y con un presupuesto
de alrededor de U$s 200 millones por año23, la provincia
construyó un sistema de asistencia pública destinado específicamente
al Gran Buenos Aires.
De esta manera, el peronismo montó una impresionante red de tipo clientelar,
que transformó completamente el carácter de estas delegadas de manzana
en relación a sus funciones originales en los asentamientos.
Pero, paradójicamente, el peronismo perderá las elecciones en 1997 y
la historia de las manzaneras se revelará como un verdadero
fiasco en materia de cooptación política de masas, especialmente en
el momento en que el porvenir político del gobernador se vio cuestionado
por la pérdida de las elecciones presidenciales de 1999.
Si bien tal sistema de asistencia llevado a cabo por el peronismo bonaerense
no pudo comportarse como una verdadera máquina electoral, resulta interesante
sin embargo observar cómo los partidos políticos intentan recuperar
un movimiento social para integrarlo al funcionamiento del sistema político,
y así comprender cómo pudo crearse una cierta simbiosis entre las organizaciones
barriales y los partidos. Al mismo tiempo, si esta simbiosis muestra
la debilidad de las organizaciones locales frente a un poder político
que controla las estructuras del Estado, la experiencia fallida del
peronismo desde el punto de vista de esta voluntad de control es un
ejemplo de la capacidad de los habitantes de mantener una cierta autonomía
política, al menos sobre el plano electoral.
La experiencia de las manzaneras, que perdurará después del
fracaso de Duhalde y su reemplazo en el gobierno provincial, muestra
también un desplazamiento del espacio del ejercicio de la participación
política. De un modo general, estos dispositivos de asistencia social,
al tomar como interlocutores a las organizaciones y a los líderes locales,
en cierta manera condujeron la política al barrio. Más allá de este
dispositivo concreto, es necesario subrayar la coexistencia de la protesta
y de la negociación en el seno de un movimiento social que debe manejar
la tensión entre la “lucha por el reconocimiento”, en un sentido próximo
a los análisis de Axel Honneth, y la lucha por la supervivencia, agregamos
nosotros24.
Algunas características de la movilización
colectiva cuando la supervivencia está en juego.
Un movimiento social que encuentra su fuente de movilización
por fuera del mundo del trabajo se ve directamente confrontado con las
instituciones que mantienen el control de los recursos materiales accesibles
a los más pobres, lo que constituye un “dato” mayor olvidado en los
análisis de las lógicas de acción. Los movimientos que tienen por objeto
responder al problema de la supervivencia de los individuos y las familias
que los constituyen, son muy diferentes de los movimientos que sirvieron
de fundamento para las teorías de la acción colectiva (como los movimientos
alrededor de la cuestión de las mujeres, de la ecología o de las minorías).
Es por esto que la movilización de los más pobres en Argentina constituye
una buena base de observación y de conceptualización para analizar otras
formas de protesta, como por ejemplo el caso de los desocupados movilizados
al final de la década de los noventa en Francia en el marco de la organización
“AC! Agir contre le chômage” (¡Basta! Actuar contra el desempleo).
Trabajos recientes25 ponen en evidencia la tensión existente
entre las reivindicaciones por el trabajo (observando lo que
es percibido por los militantes sindicales como la raíz de la cuestión
de la desocupación) y las reivindicaciones por las medidas de urgencia
(como la gratuitidad del transporte o el aumento de las ayudas), sostenidas
por los verdaderos desocupados. En el caso de los desocupados,
ésta tensión es aún más intensa dada la existencia de una tensión simbólica.
Por un lado buscan el reconocimiento de su condición de desocupados,
en términos de una lucha contra el estigma que pesa sobre ellos y, por
el otro, persiguen el deseo de abandonar esta condición percibida por
ellos mismos como una identidad desprovista de honor. Por un lado quieren
ser respetados en su condición de desocupados, pero por el otro quieren
dejar de serlo.
Cuando la integración social y la supervivencia están en juego, la lógica
de la acción colectiva encuentra toda su complejidad en la combinación
de tres registros, cuyo dominio determinará el porvenir del movimiento.
En el primer registro, la organización debe actuar, simultáneamente,
hacia el interior y hacia el exterior del movimiento. Hacia el interior
la organización contribuye a promover lazos de solidaridad (local en
nuestro caso); hacia el exterior, actúa sobre el sistema político y
sobre el espacio público en la búsqueda de bienes materiales y simbólicos,
intentando influenciar una distribución que escapa a su control.
El segundo registro concierne a la lucha por el acceso a los bienes
y servicios. Esta dimensión material lleva implícita una tensión: por
un lado, el movimiento lucha por una inscripción institucional en el
marco de relaciones sociales estables que permitirían a los individuos
salir (al menos parcialmente) del sufrimiento provocado por la inestabilidad
y de las lógicas del tipo “cazador” a las que la inestabilidad obliga;
pero, por otro lado, sometido a la urgencia, el movimiento está obligado
a negociar con el sistema político, y se ve forzado a aceptar las ofertas
de asistencia indispensables para la supervivencia, lo que lleva constantemente
a las organizaciones a actuar como “cazadores”.
En el tercer registro, el movimiento actúa sobre el terreno simbólico,
donde nuevamente se encuentra confrontado a controlar una tensión. Por
un lado, lucha por un estatus social de dignidad, a través
de una demanda de trabajo que constituye la llave de acceso
a los derechos sociales fundamentales (ya que las personas
cuya supervivencia está en juego comprenden rápidamente que, por fuera
del mundo del trabajo, la ciudadanía es tributaria de la asistencia).
Pero por otro lado, el movimiento debe pelear por el reconocimiento
de sus organizaciones en tanto que actores del sistema político; es
decir, con capacidad para intervenir en la gestión concreta de las políticas
públicas, lo que lo obliga a veces, por razones “tácticas”, a poner
entre grandes paréntesis la cuestión de los derechos fundamentales26.
Este conflicto simbólico es próximo a la conceptualización sobre el
“estigma” hecha por Erving Goffman. El sujeto estigmatizado se debate
entre su negación del estigma y su deseo de superar su condición, pues
se siente al mismo tiempo plenamente humano y portador de una humanidad
“defectuosa” según los estándares definidos por los valores dominantes
a los que él adhiere. Este conflicto se convierte en una fuente de ambigüedad
en el terreno simbólico de la acción colectiva: la movilización debe
responder a la doble exigencia de un reconocimiento, por ejemplo, del
desocupado o del villero como portador de derechos, y a la
vez, a su deseo de despegarse la etiqueta de esta identidad estigmatizada.
El movimiento de los piqueteros se explica, por un lado, por
una evolución en materia de movilización de las categorías populares,
que permite observar cómo el segmento que había perdido su inscripción
sindical encuentra refugio en la inscripción territorial (el barrio).
Con el movimiento de piqueteros, la acción colectiva gana en
contenido reivindicativo y sale de su marco local para introducir la
voz de los “perdedores” en la escena pública. Es por ello que los discursos
de los piqueteros contienen una fuerte demanda de trabajo.
Además, a partir de la movilización de La Matanza en el 2000, el movimiento
avanzó notablemente en el sentido de una unificación de las organizaciones
barriales, esparcidas a lo largo del conurbano bonaerense y de otras
grandes ciudades27. Bajo la fuerte demanda de trabajo, entonces,
el movimiento de piqueteros unifica las reivindicaciones de
los barrios pobres con las reivindicaciones análogas de las pequeñas
ciudades y de las poblaciones golpeadas por la desindustrialización,
la crisis de las provincias y las reestructuraciones regionales28.
Es en este sentido que debe interpretarse el acercamiento entre las
organizaciones piqueteras más importantes y una de las centrales
sindicales29.
Pero la expansión del movimiento piquetero demanda aún una
precisión. No puede olvidarse que éste toma una buena parte de su fuerza
de su capacidad de constituirse en actor de políticas sociales, es decir,
de su capacidad de ofrecer beneficios concretas en particular a partir
de la obtención de planes Trabajar y de otros tipos de ayuda
social, como la ayuda alimentaria30. De esta manera el movimiento
capitaliza la experiencia acumulada por las organizaciones barriales,
cuyo mejor ejemplo es el movimiento de asentamientos.
Nuestras observaciones nos permiten indicar que cuando la supervivencia
está en juego, la acción colectiva no obedece a una sola lógica; es
decir, que su comprensión no puede ser reducida a un mero reflejo frente
a la pobreza o a una estrategia de supervivencia. Pero no puede ser
reducida tampoco a la lógica de la constitución de un “sujeto” o a la
formación de una nueva voz en el seno del espacio público. En el análisis
de la importante movilización despertada en 2001 en Argentina, se debe
tener en cuenta entre otras cosas, la incapacidad de la acción estatal.
La crisis financiera puso al Estado frente a la imposibilidad de pagar
siquiera los salarios de los empleados públicos, y lo obligó a la emisión
de diferentes monedas de segundo orden (los bonos) para garantizar
su funcionamiento básico. Pero es de esperar que cualquiera que sea
la salida de la crisis financiera, el Estado recuperará una cierta capacidad
de acción y con ella los partidos políticos regresarán al centro de
la escena.
A pesar de la profunda crisis política que vive el país, nada autoriza
a pensar que los partidos políticos no recuperarán su rol de mediador
a partir de las instituciones públicas, al menos en lo que concierne
a los más pobres. Es exactamente así que resultaron las cosas en 1984
luego de la dictadura, y en 1991 luego de la crisis de la hiperinflación.
El análisis de un movimiento social exige siempre tomar en consideración
las respuestas de sus interlocutores (la “actitud del oponente”, en
palabras de Alain Touraine).
Es justamente sobre este terreno que ciertos dirigentes piqueteros
plantean uno de los focos de su movilización: en la demanda de una participación
en la administración de las políticas de asistencia social. Pero intentando
así ganar terreno a los partidos políticos, entran en conflicto con
aquellos que ven en estas negociaciones una traición a un movimiento
social idealmente definido.
Se torna necesario encuadrar la acción colectiva en una perspectiva
netamente política que de cuenta de la nueva condición general de este
tipo de movilización: las luchas de los más desfavorecidos están atravesadas
por la problemática general de la integración. Las personas no se movilizan
solamente porque tienen necesidades insatisfechas. Se movilizan a partir
de un perfecto conocimiento de la coyuntura política (sabiendo lo que
pueden pedir) y, a la vez, a partir de una “moral” que les permite saber
“lo que se les debe”, a qué tienen derecho. Si se abandona esta perspectiva
política, se cae en el marco de lo que E.P.Thompson llamaba una explicación
“espasmódica”de las movilizaciones: cuando las personas del pueblo tienen
hambre, lo que las pone en movimiento es la contracción de su estómago31.
En la medida en la que el proceso de desafiliación torna frágiles e
inconstantes los lazos de los individuos y los de las familias, la lógica
de la defensa identitaria coexiste con una lógica instrumental. Cuando
la acción colectiva se vuelve hacia el interior de la “comunidad”, hacia
el barrio por ejemplo, los esfuerzos se orientan hacia el refuerzo de
la solidaridad primaria, de acuerdo con una lógica identitaria, y también
hacia un refuerzo de los lazos de cooperación, en una lógica instrumental.
Cuando la acción colectiva se dirige al exterior del barrio, una lógica
expresiva orienta la acción a manifestarse por el reconocimiento de
los derechos sociales ignorados. Pero también hacia el exterior una
lógica instrumental orienta a los habitantes a tomar iniciativas frente
a las autoridades para obtener subsidios, agua, electricidad, una escuela
o una comisaría. Los dos motores de la acción se ponen así en paralelo:
uno hacia el reconocimiento y la defensa de la identidad, el otro hacia
una práctica instrumental frente al sistema político y el Estado y el
refuerzo de las solidaridades barriales. Un juego de combinaciones se
instala y complejiza las lógicas de acción, complejidad que no es solamente
analítica sino que se manifiesta también en los procesos de acción,
muchas veces tensionados por duras contradicciones.
Alain Touraine había ya observado esta doble lógica en la movilización
de los barrios en el Santiago de Chile en los años setenta. El autor
indicaba que “la acción colectiva, entonces, es dividida en dos elementos
mal conjugados el uno con el otro: por un lado colaboración y negociación
con las autoridades, por el otro protestas “ejemplares” y violencia
política”32. Touraine atribuye esta doble característica
de la acción colectiva a las diferentes reacciones frente a la pobreza
y la exclusión. Frente a la pobreza, la movilización orientada hacia
la acción de integración comunitaria y hacia las actividades de tipo
instrumental conlleva cierta incorporación al sistema político. Pero
en la medida en que hay conciencia de la exclusión, la movilización
no se define más por las necesidades inmediatas de supervivencia, el
grupo se considera como víctima y defiende sus derechos, que han sido
despreciados.
Desde nuestro punto de vista, la doble lógica se comprende mejor como
resultante de una lucha por la integración. La voluntad de integración
o de resistencia a la desafiliación implica la necesidad de hacer frente
a las urgencias de lo cotidiano para dar lugar al establecimiento de
lazos de solidaridad local, a la formulación de demandas y de negociaciones,
y a la construcción de una conciencia contestataria orientada al reconocimiento.
Las lógicas complejas de la acción colectiva no obedecen a dos motivos
de movilización (pobreza y exclusión) sino a uno sólo: la lucha contra
la desafiliación con sus aristas materiales y simbólicas, comunitarias
y políticas. En este sentido, podemos ver como una unidad aquello que
pareciera separado en la movilización de las categorías populares en
Argentina: el fenómeno de los piquetes va de la mano del desarrollo
de las organizaciones barriales y del entramado de las solidaridades
locales.
Cuando la supervivencia está en juego, la acción colectiva se expresa
simultáneamente en dos facetas que no coinciden exactamente con la distinción
clásica entre la lógica “expresiva” y la lógica “estratégica”. Si se
mira una de sus caras, vemos la protesta, la organización de una “comunidad”
en torno a sus carencias, a su sufrimiento y al lugar que desearía ocupar
en el mundo. La comunidad reclama entonces sus derechos. Al mirar la
otra cara de la acción colectiva, vemos la manifestación de la urgencia,
de las necesidades inmediatas, la dependencia del Estado para satisfacer
las necesidades de la “comunidad” y el sentido estratégico de los “cazadores”.
Ellos negocian entonces en el interior del sistema político y organizan
la solidaridad. Estas dos dimensiones de la acción se erigen sobre la
base de una trama más o menos sólida de lazos de solidaridad local,
y por esta vía se opera una nueva territorialización de la relación
con lo político. Tal descentramiento expresa la misma tensión: si la
negociación y la integración en el sistema político aparecen aquí ligadas
al ámbito de lo local, el reconocimiento de los “derechos”, en cambio,
sólo puede realizarse a través de la extensión de la ciudadanía a un
plano universal, o nacional.
Notas
1 No hablamos aquí de esas protestas de clase media.
Al respecto, ver el artículo de Maristella Svampa: “Las dimensiones
de las nuevas protestas sociales”, Buenos Aires, mimeo, 2002.
2 Descripción de un diario argentino. Clarín: El rostro de la desocupación.
La situación social: historias de piqueteros, 2 de noviembre del 2000.
3 En 1999 Fernando De La Rua es electo presidente del país, a la cabeza
de La Alianza, coalición que reúne al Partido Radical (UCR) con el Frente
por un país Solidario (FREPASO). Esta alianza cae en diciembre del 2001
en un cuadro de crisis profunda.
4 Se contabilizan 140 barricadas en 1997, 51 en 1998, 252 en 1999, 476
en el 2000. En el 2001 se realizó la “primera asamblea nacional de piqueteros”
que decide realizar un movimiento de barricadas coordinadas a nivel
nacional (“el primer corte nacional de rutas”, el 31 de julio del 2001).
Datos tomados de De Pena, Jean; Iserte Morgane y Montes Cató, Juan:
Informe sobre contexto y situación del Movimiento Piquetero, informe
elaborado por la ONG Médicos del Mundo Argentina, Buenos Aires, mimeo,
2001, 17 páginas.
5 Ver, por ejemplo, Horacio González: “La multitud creadora”, Página
12, 15/01/02.
6 HOBSWAM, Eric J.:Les bandits, Paris, La découverte/Poche, 1999, 1ra
edición inglesa, 1969. [Nota del traductor : Las citas de este texto
fueron extraídas de la versión española. Hobsbawm, Eric J. Los Bandidos,
Editorial Ariel, Barcelona, 1976]
7 Idem, P.16
8 Ibidem, P.18
9 Ibidem, P.20.
10 Esta transformación se operó en un lapso de 20 años. Los momentos
claves de este proceso son: la crisis del modelo populista con el último
gobierno de Perón en 1975; los comienzos de la desestructuración del
modelo precedente y la puesta en práctica de las primeras tentativas
de inspiración neoliberal con la dictadura militar de 1976-1983; la
hiperinflación que derrumba el gobierno de Raúl Alfonsín en 1989 y que
sometió a vastos sectores de la población a situaciones de miseria extrema
por primera vez en la historia del país; y finalmente, el decenio de
Carlos Menem (1989-1999) de desestructuración del Estado, de apertura
comercial y de flexibilización de las relaciones laborales. Todo este
período se caracterizó por una desindustrialización creciente y una
fuerte concentración del capital financiero.
11 BARBEITO, Alberto y LO VUOLO, Rubén: La modernización excluyente.
Estado de bienestar y transformación económica en Argentina. Buenos
Aires, UNICEF/Losada, 1992
12 Tomo esta expresión de Maristella Svampa.
13 Inferior al 5% desde los años cuarenta hasta los ochenta, la tasa
de desempleo alcanzaba al 7,6% de la población activa en 1989, 8,6%
en 1990, 13% en 1994 (24% entre los jóvenes de 14 a 24 años) y 18,4%
en 1995. Si sumamos al desempleo el subempleo, el porcentaje llega al
30,1% en 1996.
14 Retomamos aquí el concepto de Robert Castel: Les métamorphoses de
la question sociale. Une chronique du salariat. Paris, fayard, 1995.
No obstante, mas allá de la profundidad del proceso de desafiliación,
el caso argentino se diferencia del caso francés en muchos puntos, y
muy especialmente por la dimisión del Estado social, no observada en
Francia y sí en Argentina.
15 MERKLEN, Denis: Inscription territoriale et action collective. Les
ocupations illégales de terres urbaines depuis les années 1980 en Argentine,
Paris, EHESS, tesis de doctorado, 2001.
16 El barrio constituye una fuente de identidad importante para las
categorías populares en Argentina. Ha conquistado este lugar con el
arrivo masivo de la inmigración de origen europeo a principios del siglo
XX, eclipsándose con la consolidación de una estructura salarial y el
desarrollo del Estado Social a partir de los años cuarenta, para reaparecer
hacia los años ochenta.
17 Se trata, más precisamente, del movimiento de “comunidades eclesiásticas
de base” lanzado por esa corriente de la iglesia católica de Brasil
y que se desarrolla en otros países de América del Sur.
18 El Estado desembolsó importantes sumas en políticas sociales que
pasaron también por las organizaciones barriales. Se trata especialmente
de ayuda alimentaria, cooperación con los dispensarios y escuelas comunitarias,
pero también de posibilitar el acceso a servicios urbanos.
19 El concepto de “soporte”[support] fue teorizado por Robert Castel
en el marco de la problematización del individuo a través de una perspectiva
de la integración social. Ver CASTEL, Robert y HAROCHE, Claudine: Propieté
privée, propieté sociale, propieté de soi. Entretiens sur la construction
de l’individu moderne, Paris, Fayard, 2001.
20 Tratamos este problema desde la óptica de la lógica de acción a la
cual son confrontadas estas poblaciones. Viviendo en los bordes de la
ciudad y de la sociedad, los individuos se encuentran ante la imposibilidad
de lograr una inscripción social estable, caracterizada por un cierto
control del mañana. En revancha, ellos actúan conforme al modelo del
“cazador” que recorre el territorio y las instituciones en búsqueda
de una buena “presa”: una changa, un subsidio, alguna cosa para robar
o vender. La lógica del cazador puede ser observada tanto a nivel individual
como a nivel colectivo. Esbozamos esta idea en nuestro artículo: “Vivir
en los márgenes: la lógica del cazador” en SVAMPA, M.: Desde abajo.
La transformación de las identidades sociales, Buenos Aires, Biblos,
2000, pp.81-119; se encuentra desarrollada en el marco de nuestra tesis:
op.cit, 2001, cf, Capítulo VI, pp.426-489.
21 La Argentina de los últimos veinte años conoció la aparición de los
delegados de manzana a través del fenómeno de ocupación ilegal de tierras
que, como ya describimos, era un medio de proporcionar una base de participación
y de democracia a la experiencia de ocupación de tierras imaginada por
los curas del conurbano bonaerense. Inspirados en las Comunidades Eclesiásticas
de Base de Brasil, los prelados católicos de la opción por los pobres
intentaban crear así una estructura de poder popular.
22 La Nación: Qué fue de las manzaneras de Duhalde, 07-01-2001.
23 Las cifras concernientes al número de manzaneras y el presupuesto
consagrado a esta acción no han podido jamás ser establecidos con precisión,
existiendo disparidades aún entre las cifras oficiales presentadas por
el gobierno en diferentes ocasiones. El número de manzaneras es estimado
entre 24.000 y 30.000, y su presupuesto varía entre 140 y más de 600
millones de dólares. La disponibilidad discrecional de los créditos
utilizados origina estas dudas y confusiones.
24 HONNETH, Axel: La lutte pour la reconnaissance, Paris, Cerf, 2000.
Este trabajo de Honneth reintroduce el debate sobre la posibilidad de
una justificación moral de las luchas sociales, posición defendida por
el autor. Sin embargo, más allá de las connotaciones prescriptivas,
pensamos que desde un punto de vista descriptivo se debe dar cuenta
de la tensión entre “moral” e “interés” como dos componentes de la acción,
antes que hacer esfuerzos por definirnos por una u otra.
25 Las reflexiones que presentamos a continuación están inspiradas por
los trabajos que Valérie Cohen a desarrollado en el marco de la preparación
de una tesis de doctorado. Quiero agradecerle el haberme permitido acceder
a su tesis en curso de redacción (que luego defendió exitosamente) y
por los intercambios que tuvimos en torno a la acción colectiva. COHEN,
Valérie : Chômage et mobilisation collective. Processus de formation
et tentatives d'affirmation d'une force contestataire, thèse de doctorat,
Paris, Université de Paris X-Nanterre, 2003.
26 Esta presentación retoma los desarrollos que hemos hecho en nuestra
tesis Inscription territoriale..., ver Capítulo VII y Conclusiones,
op.cit., 2001, pp.490-604.
27 El Gran Buenos Aires concentra cerca unos 8 millones de habitantes,
de los cuales más de un tercio está clasificado por debajo de la línea
de pobreza.
28 Conviene recordar que los primeros piquetes fueron llevados a cabo
en 1995 en la ciudad petrolera de Cutral-Co, en la provincia de Neuquén.
29 El movimiento de piqueteros está constituido por tres grupos principales:
aquel en el cual la dirección se encuentra en continuación directa con
la experiencia de las ocupaciones ilegales de tierra, la Federación
de Tierra y Vivienda (FTV); la Corriente Clasista y Combativa (CCC)
y el Polo Obrero. A través de la FTV los piqueteros han encontrado un
principio de alianza con los sindicatos más progresistas, reagrupados
en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Creada en 1991 a partir
de un desprendimiento de la vieja CGT peronista, esta nueva central
aspira a una renovación de las prácticas sindicales con el fin de responder
a la fragmentación de la base sindical. Teniendo como base principal
a los trabajadores del sector público, cuyo número ha sido fuertemente
reducido por la reestructuración del Estado, la CTA permanece como una
central minoritaria.
30 En mayo de 2001 los piqueteros obtuvieron la gestión de 9.500 planes
Trabajar. Parcialmente financiados por el Banco Mundial, estos planes
constituyen subsidios para personas sin empleo, durante cinco meses
en promedio, a cambio de trabajo comunitario.
31 Cf. THOMPSON, Edward P.: “The Moral Economy of the English Crowd
in the Eighteenth Century”, in Customs in Common: Studies in Traditional
Popular Culture, London, The Merlin Press, 1991, pp. 185-258.
32 TOURAINE, Alain: La parole et le sang. Politique et société en Amérique
latine, Paris, Edile Jacob, 1988, pp.240 ss.
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