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VII JORNADAS DE HISTORIA DE LAS MUJERES Y

II CONGRESO IBEROAMERICANO DE ESTUDIOS DE GÉNERO

 

“CAMBIOS EN LA ESTRUCTURA SOCIO-OCUPACIONAL EN EL GBA DURANTE LOS ´90. UNA MIRADA DESDE LA PROBLEMÁTICA DEL GÉNERO” [1]

 

Melina Con, Elisa Epstein, Ana Pacetti y Agustín Salvia (Coordinador) [2]

 

PRESENTACION:

Es evidente que  la crisis del empleo en la Argentina resulta un fenómeno particularmente intenso cuyas razones no pueden reducirse a los cambios tecnológicos ni a las crisis exógenas; ni tampoco pueden atribuirse a las transformaciones estructurales reciente o a la crisis del modelo de convertibilidad. Se trata de un problema complejo, cuya matriz fundamental reside en la debilidad estructural de la capacidad de crecimiento económico y en una distorsionada distribución del ingreso, todo lo cual parece haber estado fuertemente asociado con la incapacidad política por parte del Estado y de los sectores dominantes del capital para plantear un sendero estratégico de desarrollo económico y social. [3]

Sin embargo, es también indudable que durante la década del noventa se implementaron un conjunto de políticas económicas y reformas estructurales que trasformaron las condiciones generales de reproducción de los hogares y de manera particular la organización social del trabajo. A partir de este proceso, el desempleo, la precariedad del empleo y la segmentación ocupacional han alcanzado una virulencia que afecta en forma dramática la estructura ocupacional, el derecho a un trabajo digno y la capacidad de gran parte de los hogares de acceder a niveles mínimos de bienestar.  Al respecto, no son pocos los estudios propios y ajenos que permiten evaluar con precisión el sentido y los alcances del deterioro que experimentó el mercado de trabajo (Altimir y Beccaria (1999); Frenkel y González Rosada (1999); Lindenboim (2001); Salvia (2001, 2002); Serino y González (2002).

Los cambios ocurridos durante la década se expresan en una redefinición de la situación y calidad de cada una de las inserciones laborales. El saldo general de este proceso fue la formación de una estructura socio-laboral más “moderna” en su pirámide, pero también más segmentada, desigual y precarizada en cuanto a las condiciones de reproducción social de los hogares de sectores medios y populares. Partiendo de este contexto, este trabajo se propone reconocer y evaluar algunas de las principales tendencias dominantes de la organización social del trabajo –según principales categorías ocupacionales- en el área metropolitana del Gran Buenos Aires (GBA), incorporando al análisis de este proceso una perspectiva de género.

La ponencia se organiza en tres secciones:

1) Se presentan las principales tendencias del mercado laboral y la evolución de diferentes categorías socio-ocupacionales contrastando los comportamientos de hombres y mujeres desde 1990 hasta el 2001.

2) Se realiza una comparación de la evolución y distribución de los ingresos laborales según condición de género durante el período.

3) Para probar qué tanto la condición de género constituye un factor de segregación en la obtención de un empleo, se  presentan los resultados de modelos de regresión logística ajustados para tal efecto (en los cuales interviene también la dimensión temporal como otros factores sociodemográficos).

Los datos de la EPH-INDEC que se utilizan para este estudio corresponden a las ondas Octubre del período 1990-2001 correspondientes al Capital Federal y Partidos del Conurbano (excluidas las áreas nuevas de la muestra). La población objeto de estudio fue delimitada entre los 18 y los 65 años, siendo este el rango de edad que presenta mayor tasa de participación en el mercado laboral.

 

1990-2001: MAS MUJERES EN EL MERCADO DE TRABAJO, PARA QUÉ?

En el gráfico que se presenta a continuación pueden observarse las tendencias principales del mercado de trabajo para el período estudiado: Un crecimiento importante de la desocupación y del empleo precario, lo cual se correlaciona con una pérdida de peso relativo de los empleadores, los asalariados protegidos y el trabajo cuenta propia (este último en menor medida a partir de la segunda mitad de la década). Con mayor detalle se observa que la dinámica ocupacional en el GBA presentó la siguiente evolución:

 

Fuente: IIGG, FCS,UBA  con base en datos EPH-INDEC.

 

·         La desocupación creció de manera sostenida entre 1991 y 1996  (de 3,69% a 13,04 %) expresando un aumento de 10 puntos porcentuales aproximadamente, lo cual se vio acompañado por una caída en la proporción de inactivos (de 33,70% a 28,75%) en 5 puntos, en la pérdida de empleos de 5 puntos (de 62,62% a 58,21%) de los trabajadores cuenta propia principalmente (de 16,65% a 12,9%) y en un descenso de los asalariados protegidos en 2 puntos (27% a 25%). En sus inicios, este aumento en la oferta de trabajo acompañó la salida de la crisis hiperinflacionaria, en donde la necesidad de recuperar ingresos por parte de los hogares se vio acompañada por un aumento de las expectativas de obtener empleo. Pero de 1993 hasta 1996 la desocupación tomó un impulso de crecimiento más fuerte y esto se debió tanto a la presión de la oferta que envió más miembros del hogar al mercado como a la pérdida neta de puestos de trabajo asociada con la insuficiente capacidad de generación de empleos de la economía.

·         A partir de 1994 se agudiza el proceso de precarización de la estructura ocupacional. Los asalariados precarios, aumentaron de 9,3% en 1990 al 13,3% hacia 1998 –en referencia a la población ocupada este aumento fue de 6 puntos porcentuales-, y disminuyó la proporción de asalariados protegidos (de 27,7% a 23,4% hacia el 2001 -en referencia a la población ocupada fueron 5 puntos porcentuales). En el contexto de crisis y estancamiento económico, el peso de cada uno de los modos de inserción laboral se modificó, profundizándose los procesos de segmentación y precarización que continuaron hasta finales de la década.

·         Desde 1996 la desocupación mostró signos de recuperación descendiendo 3 puntos porcentuales hacia 1997 y manteniéndose estable hasta el 2000 para crecer abruptamente en el 2001. Durante este período, la proporción de inactivos no se modificó, así la oferta no presionó como en otras épocas al mercado y su efecto es amortiguado con la creación de nuevos puestos de trabajo, en general formas de subempleo, inestabilidad y baja rentabilidad. Al estancamiento de la economía desde 1998 hasta el 2000 le siguió la crisis económica-política e institucional de finales del período; en la cual el desempleo creció abruptamente (de 10,6% a 13,85%) manifestándose la pérdida de 250.000 puestos de trabajo aproximadamente en 1 año.

 

A continuación se analiza el modo en que los cambios operados en términos generales afectaron las estructuras ocupacionales según género. Al respecto, cabe destacar el aumento significativo de la oferta laboral por parte de las mujeres, en un contexto de estancamiento de la participación y de caída del empleo en los varones.

En este sentido, la pérdida de incidencia del empleo asalariado protegido no afectó igual a hombres y mujeres. Mientras la estructura social masculina perdió mucho peso en esta categoría (8%), las mujeres lograron incrementar su incidencia levemente. En cambio, el aumento de la precariedad (3,1%) afectó en la misma medida a hombres y mujeres. Sin embargo se observan diferencias en la movilidad ocupacional. Las mujeres salieron de la inactividad para pasar a un empleo precario; mientras que para los hombres fue la pérdida del empleo protegido lo que parece haberlos llevado tanto a la desocupación como a la precariedad.  Esta tendencia es también alimentada en ambos sexos por la pérdida sistemática de empleos de trabajadores por cuenta propia no profesionales y del servicio doméstico.

En efecto, el peso de estos trabajadores informales cayó sistemáticamente al interior de la estructura social, por lo menos hasta mediados de la década. Este movimiento afectó con mucha más fuerza a los hombres. La situación de la mujer se mostró relativamente más estable por hasta 1993 para luego acompañar el descenso general. Durante el periodo 1996-1999, tanto varones como mujeres buscaron alejarse del desempleo estructural refugiándose en estas actividades.

Durante 1991-1996, el crecimiento de la desocupación impactó con la misma intensidad  y en el mismo sentido en hombres y mujeres, creciendo en forma sostenida. No obstante pueden identificarse dos situaciones: la desocupación en los hombres se debió principalmente a la pérdida de empleos; en las mujeres, el fenómeno se explica por el aumento de la oferta a lo largo de toda la década. De esta manera, la pérdida de empleo entre los hombres y sus consecuencias sobre los ingresos familiares habría motivado (forzado) a las mujeres –sobre todo en los sectores más vulnerables- a integrase al mercado para complementar las necesidades de gastos de los hogares.

 










 

  

En el periodo 1996-1998, si bien la desocupación descendió tanto entre los varones como entre las mujeres, fue entre estas últimas donde el desempleo abierto se redujo más. A partir de 1997 los índices de desocupación volvieron a incrementarse, pero ahora con mayor incidencia relativa para los varones. Notablemente, en el año 2001, el crecimiento de la desocupación casi no tuvo variación en las mujeres debido a un aumento de la inactividad (muy probablemente debido a un mayor impacto del desaliento); al tiempo que el desempleo creció aproximadamente 6 pp en la población de varones (manteniéndose estable su tasa de actividad).

 

DIFERENCIAS DE GÉNERO: INGRESOS SALARIALES O INGRESO AL MERCADO?

En este apartado se analiza los cambios experimentados en los ingresos laborales diferenciados por género. En particular, cabe preguntarse si los cambios ocurridos durante la década en materia de empleo afectaron de la misma o de distinta manera a las remuneraciones reales –a precios de 2001- de varones y mujeres para cada una de las categorías laborales arriba analizadas. En el gráfico se presenta la evolución de la razón de ingresos laborales por sexo para cada categoría laboral.

En términos generales, podemos notar que cualquiera sea el año de la década o categoría laboral considerada los hombres presentan en promedio ingresos superiores (entre un 40 y un 50%) a los que reciben las mujeres.  En particular, las distancias más importantes se observan en el cuentapropismo (con una proporción aproximada que va entre 1,6 y 2 veces) y luego en los empleadores (entre 1,3 y 1,8); con menor desigualdad en los asalariados precarios (que se asemejan a la media); y, por último, se destaca una discrepancia mucho menor a nivel de género en los ingresos de los asalariados protegidos.

Fuente: IIGG, FCS, UBA con base en datos EPH-INDEC.

Pero dado que los ingresos totales de los trabajadores se ven afectados por la carga horaria, y dada la diferencia que tiende haber en este sentido entre varones y mujeres, corresponde analizar la evolución del ingreso horario real –también a precios de 2001- para poder efectivamente reconocer diferencias de inserción o efectos de discriminación según sexo. 

Con respecto a la media general del ingreso horario podemos notar que para todas las inserciones el ingreso horario fue mejorando a lo largo de la década, sobre todo de 1990 a 1994 (reactivación pos crisis hiperinflacionaria). Si bien se presentaron altibajos relacionados con la crisis del tequila y la posterior crisis del período 1999-2001, el resultado general fue un incremento del 50% en la remuneración horaria reales para todas las categorías como efecto general de una mayor estabilidad monetaria. La inserción de mejor calidad fue la de profesionales y empleadores, que se distanciaron del resto de las inserciones triplicando sus niveles. El resto de las categorías, partiendo de niveles casi similares, registraron comportamientos muy distintos. Por una parte, fueron los ingresos de los asalariados protegidos los que alcanzaron una situación relativa más favorable, separándose del resto. Al mismo tiempo, fueron los trabajadores cuenta propia y los asalariados precarios los más afectados en sus ingresos por los ciclos económicos, especialmente los segundos. En este marco, resulta relevante observar esta evolución según condición de género.

 

 

Evolución de la Media de Ingresos Horarios de la Ocupación Principal de las Inserciones Socio-Ocupacionales. Población de 18 a 65 años. GBA. 1990-2001.

 

 

 

 

 

 


Evolución Media del Ingreso Horario de la Ocupación Principal de las Inserciones Socio-Ocupacionales. Varones. Población de 18 a 65 años. GBA. 1990-2001.

 

 

Evolución Media del Ingreso Horario de la Ocupación Principal de las Inserciones Socio-Ocupacionales. Mujeres. Población de 18 a 65 años.GBA.1990-2001.

 


 

 


Razón de las horas trabajadas Hombres sobre Mujeres de la Ocupación Principal de las Inserciones Socio-Ocupacionales. Población de 18 a 65 años. GBA. 1990-2001.

 

 

En cuanto a los ingresos horarios de Patrones y Profesionales, los ingresos fueron más favorables para los varones que para las mujeres; y si bien en términos generales aumentaron durante la década, este aumento se debió principalmente a la mejora que experimentaron los ingresos de los varones

Por el contrario, para la categoría Asalariados Protegidos observamos que fueron las mujeres -no profesionales- las que presentaron diferencias positivas de remuneración; y si bien también aquí el incremento tuvo lugar en ambos grupos durante buena parte de la década, sólo en plena reactivación (1992) encontramos una tendencia a la igualación de ingresos debido a una mayor mejora en los varones. A partir de ese año y hasta el final de la década creció la brecha de ingresos entre varones y mujeres; y con la crisis de 2001 estas diferencias se ampliaron aún más en un contexto de caída general de las remuneraciones horarias.

En el caso de los Asalariados Precarios, si bien presentaron los ingresos horarios más bajos e inestables del mercado, fue en esta categoría en donde las diferencias de remuneración entre varones y mujeres fueron menores. Al comienzo de la década eran las mujeres las que ganaban menos, logrando superar los ingresos de los varones a partir de 1994 y hasta 1996, así como durante 1998-1999. Sin embargo, al final del período –durante la última etapa de recesión- las mujeres no lograron sostener esta ganancia.

Por último, los ingresos de los Trabajadores Cuenta Propia –después de la recuperación pos-inflacionaria- tendieron a caer de manera sistemática. En todo el período las remuneraciones de los varones superaron a las de las mujeres de manera sistemática y con pocos cambios.

 





 

 

Tal como vemos, la discriminación por género no puede ser totalmente explicada en términos salariales, sino que cabe seguir explorando la naturaleza de los trabajos en los cuales las mujeres se insertan. Un dato a tener en cuenta es que la mayor incorporación femenina al mercado laboral tuvo lugar en condiciones socio-ocupacionales altamente deterioradas, tanto debido a la baja calidad de los empleos demandados como por las condiciones de reproducción de las economías domésticas afectadas por el desempleo y la caída de ingresos de los preceptores tradicionales. En este sentido, la mayor participación de la mujer en el mercado laboral asumió durante la década un efecto claramente “competitivo” tanto en puestos como en ingresos en los diferentes segmentos de empleo (tanto en el sector formal como informal).

Al respecto, cabe observar que durante la primera etapa de recuperación, los ingresos mejoraron en general; pero a mediados de la década y sobre todo en los momentos de crisis, la estructura social de ingresos se volvió más rígida y regresiva para casi todas las categorías, con excepción de los empleadores y profesionales y de los empleos asalariados protegidos. Es también relevante destacar que fue en esta última categoría donde las mujeres tendieron a aventajar más a los varones en términos de ingresos y ocupación.

 

OBTENER UN EMPLEO FORMAL: PROBABILIDADES PARA HOMBRES Y MUJERES

Partiendo del contexto de heterogeneidad social descrito a lo largo de este trabajo, se intentará ahora probar el peso y sentido del efecto diferencias de género en la determinación de la probabilidad de acceder a un empleo de calidad, a la luz de un conjunto de otros condicionantes que sabemos intervienen de manera compleja sobre el mercado laboral. Para ello se probaron modelos multivariados de regresión logísticas, resultando esta técnica la más idónea tomando particularmente en cuenta que puede ser reconocido el efecto y la fuerza específica de cada factor manteniendo constante el resto de los efectos (ver anexo metodológico).

Al respecto, nos preguntamos: ¿cuáles han sido los principales factores que incidieron en la capacidad de los demandantes de empleo para incorporarse y/o acceder al mercado de trabajo formal durante la década de estudio? ¿Tales factores pesan en el mismo sentido y de la misma forma para los hombres y para las mujeres? ¿Cuál es la importancia de las diferencias de género en comparación al resto de condicionantes?

En este sentido, se abordó el problema a partir de analizar las condiciones asociadas a las nuevas formas de inserción laboral creadas a lo largo de período de estudio. Para ello se tomó con unidad de observación los empleos o desempleos (excluyendo a empleadores y profesionales) que con una antigüedad menor a un año (de una onda a otra de la EPH) se mantuvieran vigente al mes de medición (mes de octubre), para cada uno de los años del período: 1990-2001. Este recorte buscó evitar la contaminación que sobre la cuestión planteada (poder evaluar las condiciones asociadas a los nuevos tipos de empleos que se crearon año tras año durante el período 1990-2001) generan los estudios socio-ocupacionales que utilizan un método de estática comparada manteniendo los stocks históricos. Esto debido a que tales series arrastran y acumulan los empleos o desempleos que se generan por inserciones laborales que anteceden a cada año del análisis.

A partir de este recorte temporal, las formas de inserción laboral observadas para cada período anual fueron clasificadas en dos grandes categorías: por una parte, los empleos asalariados ligados al sector formal de la economía -con trabajos estables y protegidos bajo las normativas vigentes- (Empleo Formal); y por otro lado, la condición de masa marginal en que queda la fuerza de trabajo afectada por el desempleo no estructural y/o por las formas informales de participación en el mercado de trabajo (Marginalidad Laboral). [4] En esta ultima categoría se incluyó a los asalariados precarios, a los trabajadores cuenta propia no profesionales, a los trabajadores del servicio doméstico y a los desocupados de hasta de 1 año en esta condición.

Definidas de este modo las categorías de la variable dependiente (Inserción Socio-Ocupacional), se ajustaron diferentes modelos multivariados de regresión logística con el objetivo de estimar, dado un conjunto definido de factores independientes (incluyendo la variable género) la probabilidad de la fuerza de trabajo disponible de poder ingresar al sector informal o permanecer desocupada (Marginalidad Laboral) (1); en comparación con la probabilidad de ingresar al mercado de trabajo formal (Empleo Formal) (0).

Las variables explicativas incluidas en los modelos fueron las siguientes: género, edad, estado civil, nivel de instrucción, estrato socio-económico del hogar (quintil de ingresos por cápita familiar) y ciclo económico. El primer modelo propuesto permitió medir el efecto específico de cada una de estas variables sobre la probabilidad de caer o estar en situación de marginalidad laboral. Al mismo tiempo se ajustó el mismo modelo pero segmentando por género. La formulación estadística del modelo y los resultados obtenidos pueden ser consultados en el Anexo Metodológico.

 

Análisis de Resultados de las Regresiones Logísticas

Al evaluar en el modelo de regresión general las posibilidades de varones y mujeres para caer en la marginalidad laboral durante la década del noventa, controlando por el resto de los factores independientes, resulta que éstas son mayores para las mujeres.

En primer lugar, puede afirmarse que los principales factores que influyen en la probabilidad de obtener un empleo protegido son el nivel de  instrucción y el estrato de ingresos. Por otra parte, queda demostrado que la variable género constituye un factor importante en la determinación del tipo de inserción, pero tiene menos peso que las dos variables anteriores; no obstante su incidencia en el modelo es mayor que el estado civil y la edad [5] .

La edad es un factor significativo: dejar de ser  joven e ir hacia  las edades centrales incrementa las probabilidades de acceder a un empleo asalariado protegido, en tanto que al acercarse a edades mayores, las probabilidades de ingreso a este tipo de empleo disminuyen, haciéndose más probable caer en la marginalidad laboral. Además, dejar de ser soltero para ser casado o unido perjudica la inserción ocupacional. Con respecto al nivel educativo, las personas con educación formal se ven beneficiadas para obtener un empleo de mejor calidad. El estrato social incide en las probabilidades de obtener un empleo formal, el hecho de pertenecer a los quintiles de ingresos más bajos está asociado a condiciones de marginalidad laboral [6] . Por último, al incorporar la dimensión temporal es notorio que el acceso a un empleo protegido se vio disminuido desde mediados de la década, lo que corrobora que durante este período el mercado formal se hizo más rígido en relación con período 1990-1992.

A partir de aquí se exponen los resultados de los modelos de regresión segmentados por género. En tal sentido, se observa que mientras que para los varones ser unido o casado incrementa las probabilidades de obtener un empleo protegido, para las mujeres este atributo aumenta las probabilidades de marginalidad laboral. Ser viuda/o o separada/o no es una factor significativo con relación al ingreso o no al mercado formal para ninguno de las dos condiciones de género. Con relación al nivel educativo, el mercado de trabajo protegido opera de modo distinto para varones y mujeres. Éstas  tienen más chances de alejarse de una situación marginal en la medida que aumentan su nivel de instrucción. Entre una mujer o un varón con nivel primario completo la primera tiene mayores probabilidades de obtener un empleo protegido, lo mismo sucede con el nivel secundario. Por su parte, pertenecer a hogares con ingresos altos favorece la entrada al mercado formal, tanto para mujeres como para varones. Por último, los ciclos económicos inciden de forma similar para ambos sexos.

En términos generales es posible afirmar que los factores que disminuyen las posibilidades de caer en la marginalidad y obtener un empleo protegido son: pertenecer a estratos sociales de ingresos altos, tener mediana edad y secundaria completa o más. En general, las mujeres presentan menores probabilidades de insertarse al mercado protegido, pero mejoran esta situación sólo en la medida que incrementan su instrucción. Estar casado o unido incide positivamente en los hombres y afecta negativamente a las mujeres. A partir de mediados de la década, acceder a un empleo marginal fue cada más probable en comparación con los primeros años del período.

 

CONCLUSIONES:

 

Durante la década de los noventa se pueden percibir los efectos de los ciclos económicos en la estructura del empleo y la evolución de la desocupación. Con relación a los ingresos, en términos generales, observamos que la estructura ocupacional se ha estratificado mientras que, con respecto al desenvolvimiento y capacidad de resistencia ante los ciclos económicos, se vislumbra una tendencia de polarización social.

Desde la perspectiva de los ingresos, se produjo una tendencia de estratificación creciente en la cual las categorías socio-ocupacionales se agruparon de la siguiente manera: por un lado los Profesionales y Patrones, por otro los Asalariados Protegidos y, por último, los  Asalariados Precarios y Trabajadores Cuenta Propia

Desde la perspectiva de la vulnerabilidad ante los ciclos económicos, se conformaron dos grupos: por un lado, los Profesionales y Patrones junto a los Asalariados Protegidos, que son las categorías que se ven menos afectadas en los momentos de crisis y además logran sostener gran parte de sus mejoras en los momentos de estabilidad y prosperidad. Por otro, los Asalariados Precarios y Trabajadores Cuenta Propia, que fueron más vulnerables a los cambios económicos de la década.

 En el comportamiento según condición de género, se observaron disparidades. Ellas presentan una incorporación frustrada a un mercado segmentado y deteriorado en términos de ingresos y precariedad. Notamos que los cambios en la composición de la estructura socio-ocupacional se ven reflejados principalmente en los períodos de crisis (1993-1995, 1997-1998, 2000-2001). Interpretamos que en el período de crecimiento económico, las trabas para el ascenso social se encontraban mas relajadas que en los momentos de crisis, algunas categorías socio-ocupacionales se vieron menos afectadas que otras por los ciclos económicos y de esta forma pudieron responder diferencialmente a los mismos. Varones y mujeres se diferencian en las causas de la desocupación: En ellas se da por disminución de la inactividad, casi no pierden empleo; en ellos resulta de la expulsión del mercado (principalmente en el asalariado protegido, seguido del trabajo cuenta propia).

La categoría laboral que más creció durante la década anterior, la de asalariado precario, fue no sólo la de menores ingresos sino también el principal componente –junto con la desocupación- que más absorbió población femenina. Por otro lado, la categoría de asalariado protegido fue una categoría de rotación que también privilegió el ingreso de mujeres calificadas (a la vez que salían varones), y en donde ellas se vieron favorecidas en términos de ingresos horarios. Para el resto de las categorías, los ingresos horarios de los varones superaron a los de las mujeres.

Con relación a la capacidad de respuesta y resguardo de los ciclos económicos, la diferencia por género no radica en que ellas pierden salario en los períodos de crisis sino que son ellos los que logran recuperarse más fácilmente en los períodos de reactivación.

Los modelos de regresión logísticas ajustaron mostraron, controlando un conjunto de factores socio-demográficos, que no son iguales las probabilidades de varones y mujeres de caer en la marginalidad laboral durante la década del noventa. Son las mujeres las que más vulnerables se encuentran a constituir una nueva masa marginal de la fuerza de trabajo. Al mismo, se registra que para ellas esta situación está fuertemente determinada por el estado civil y el nivel de instrucción, los cuales operan como factores significativos de discriminación en las relaciones de mercado para las mujeres.

La diferenciación por género no hace más que recoger un dato conocido en cuanto a las diferencias que existen entre los sexos, recogiendo de manera particular el creciente protagonismo que viene asumiendo la mujer en las tareas de reproducción social, en la vida ciudadana y como reemplazo o complemento del varón en el mercado de trabajo. Sin embargo, cabe destacar que esto tiende a ocurrir no sin un alto costo personal para la mujer y el grupo familiar. Al mismo tiempo que ese mismo varón parece sufrir –frente a la crisis del empleo y el cambio de roles- la pérdida creciente de sus tradicionales modos de integración y de socialización personal, familiar y social.

Las sucesivas políticas de ajuste incidieron negativamente sobre los
sectores más vulnerables, principalmente en las mujeres de hogares pobres, que debieron absorber el impacto del ajuste por la vía de trabajar arduamente, dentro y fuera del hogar; ingresando masivamente al mercado laboral multiplicaron precarias e innovadoras iniciativas de empleo desarrolladas básicamente en el ámbito local. La inserción de las mujeres en áreas peor remuneradas reproduce o agudiza la pobreza y en conjunto con la desocupación que vuelve ineficientes el uso de los recursos humanos disponibles, no favorecen un crecimiento con equidad.

En este sentido la flexibilización del mercado de trabajo y los fenómenos a ella asociados, la configuración de espacios de desocupación, la segmentación y precarización del mercado y sus consecuencias de inestabilidad en el empleo, salarios reducidos y malas condiciones de trabajo, constituyen el marco en el que actualmente las mujeres ejercen cotidianamente sus estrategias de resistencia, subsistencia e intentos de superación social.

 

BIBLIOGRAFIA

 

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Anexo Metodológico: Análisis de Regresión

En función de poder evaluar el impacto de los factores considerados sobre la probabilidad de ser Formal, se ajustó un modelo Logístico Binomial. Este modelo estima la probabilidad de caer en la marginalidad de la siguiente forma: .

De este modo, la variable dependiente (Y) INSERCIÓN SOCIO-OCUPACIONAL se definió bajo los siguientes términos: 0 = Empleo Formal (trabajadores asalariados con descuento jubilatorio), 1 = Marginalidad Laboral (trabajadores asalariados precarios, trabajadores por cuenta propia y servicio doméstico -con hasta un año de antigüedad en el empleo- y desocupados -con hasta un año de antigüedad en la desocupación-). Por lo tanto, la probabilidad de que un empleo o desempleo califique de Marginal es la esperanza matemática de que la variable INSERCIÓN tome valor 1, condicionada a las variables explicativas (Xi) seleccionadas.

El modelo Logístico no es lineal sino que presenta la siguiente forma:

         [1]

donde Z está definida como:

para un modelo con k variables explicativas o independientes.

Definida la probabilidad de ser Marginal como Pi, la probabilidad de que la forma de inserción no sea marginal será su complemento (1-Pi), es decir,

Las variables independientes (Xi) intervienen en el modelo son las siguientes:

·         Género: La variable clasifica a los ocupados incluidos en el modelo según sexo, con las categorías: 0 = mujer; 1 = varón.

·         Edad: El modelo capta de manera continua el efecto de los años inferiores

·         Edad al cuadrado: El modelo capta de manera continua el efecto de los años superiores

·         Estado Civil: Variable clasificada originalmente en 3 categorías, fue transformada en dos variables dummy: Estado (1): 0 = soltero, 1= casado; Estado (2): 0 = soltero, 1 = viudo o separado. 

·         Nivel educativo: Variable clasificada originalmente en 4 categorías, fue transformada en tres variables dummy: Nivel (1): 0 = hasta primaria incompleta, 1 = primaria completa; Nivel (2)  0 = hasta primaria incompleta, 1 = secundaria incompleta; y Nivel (3): 0 = hasta primaria incompleta, 1 = secundaria completa y más.

·         Estrato de Ingresos (por equivalente adulto): Variable clasificada originalmente en 3 categorías, fue transformada en dos variables dummy: Estrato (1):  0 = 1º y 2º quintil, 1 = 3º y 4º quintil; Estrato (2): 0 = 1º y 2º quintil, 1 = 5º Quintil 5.

·         Ciclos Económicos: Variable clasificada originalmente en 5 categorías, fue transformada en cuatro variables dummy: Ciclos (1): 0 = 1990-1992, 1 = 1993-1994; Ciclos (2): 0 = 1990-1992, 1 = 1995-1996; Ciclos (3): 0 = 1990-1992, 1 = 1997-1998; Ciclo (4): 0 = 1990-1992, 1 = 1999-2001.

 

 

 

Los resultados de las regresiones logísticas fueron los siguientes:

 

Ambos sexos

Varones

Mujeres

Variables y categorías

Exp (B)

B

Exp (B)

B

Exp (B)

B

Genero

Mujer

Varón

 

0,64

 

***-0,44

 

 

 

 

Edad

0,92

***-0,07

0,93

***-0,07

0,90

***-0,10

Edad al cuadrado

1,00

***0,00

1,00

***0,00

1,00

***0,00

Civil   

           

Soltero

Unido o Casado

Separado o Viudo

 

0,83

No stva.

 

***-0,18

No stva.

 

0,62

No stva.

 

***-0,47

No stva.

 

1,37

No stva.

 

***0,31

No stva.

Nivel  

Primaria incompleta

Primaria completa            Secundaria incompleta 

Secundaria completa y más

 

0,82

0,77

0,40

 

**-0,18

***-0,25

***-0,91

 

No stva.

0,84

0,52

 

No stva.

*-0,16

***-0,64

 

0,55

0,45

0,19

 

***-0,60

***-0,79

***-1,65

Estratos 

Quintil 1 y 2

Quintil 3 y 4

Quintil 5

 

0,50

0,40

 

***-0,70

***-0,92

 

0,53

0,45

 

***-0,62

***-0,78

 

0,40

0,30

 

***-0,90

***-1,20

Ciclos   

1990 – 1992

1993 – 1994

1995 – 1996

1997 – 1998

1999 – 2001

 

No stva.

1,70

1,31

1,51

 

No stva.

***0,52

***0,27

***0,41

 

No stva.

1,60

1,27

1,50

 

No stva.

***0,47

***0,23

***0,40

 

No stva.

1,80

1,40

1,54

 

No stva.

***0,58

***0,33

***0,43

 

Coeficiente

Ambos sexos

Varones

Mujeres

R2 Nagelkerke

0.12

0.09

0.18

Chi- cuadrado

1553.409 ***

698.65***

1017.10***

 

Notas:     *** Más del 99% de confianza **   Más de 95% de confianza    *    Más de 90% de confianza

 

 



[1] Este trabajo fue realizado en el marco del Programa “Cambio Estructural y Desigualdad Social”, con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani bajo la dirección del Dr. Agustín Salvia. Toda la información fue elaborada en el marco de este proyecto y sus autores son miembros del mismo. Para cualquier información: agsalvia@mail.retina.ar.

 

[3]   Al respecto, Altimir y Becaria (1999), Frenkel y González Rosada (1999), Neffa, Battistini, Panigo y Pérez, (2000), Salvia (2001, 2002) y Rubio (2002) dan cuenta de algunas de las singularidades que parecen haber caracterizado a este proceso, las cuales se proponen como tesis explicativas de la actual crisis del empleo en la Argentina. También se puede consultarse a Llach y Kritz (1997), aunque las explicaciones a las cuales arriban estos autores no son coincidentes con la línea de hipótesis que desarrolla este trabajo. 

[4] Hemos utilizado la categoría de marginalidad laboral en referencia a la noción de masa marginal  -introducida por Nun (1969, 1971 y 1999)-, en la medida que resulta adecuada para entender la heterogeneidad de la estructura social del trabajo. El concepto de “masa marginal” describe las relaciones entre la población excedente y el sistema económico, diferenciando mercados de trabajo monopólicos y mercados competitivos, en los cuales varía la funcionalidad del excedente de población. La masa marginal presenta un comportamiento flexible y está compuesta por ocupados y desocupados que pueden presentar una relación funcional - disfuncional o afuncional con respecto al régimen de acumulación, dependiendo de condiciones político-institucionales y de los ciclos económicos. Complementando esta noción, la clasificación propuesta retoma también la teoría de los mercados segmentados de trabajo (Ver Piore, 1975).

[5] Esta afirmación esta basada en la lectura del coeficiente de Wald, en la regresión para ambos sexos. Este asume el valor 362,7 para la variable Estrato, 318,35 para la variable Nivel de Instrucción, y 132,9 para la variable Género.

[6] Suponemos que el estrato de pertenencia se relaciona con la inserción ocupacional al condicionar  vinculaciones sociales y prácticas diferentes para la preparación y el crecimiento laboral y en la consecución de un empleo.