Pierre Bourdieu; "Homo Academicus"
"Como los negocios estaban paralizados,
la inquietud y una curiosidad estúpida empujaba a todo
el mundo fuera de sus casas. El descuido en el arreglo atenuaba
la diferencia de los rangos sociales, el odio se ocultaba, las
esperanzas se desplegaban, la multitud estaba llena de suavidad.
El orgullo de un derecho conquistado alumbraba sus rostros. Se
sentía como una alegría de carnaval, las maneras
eran de vivac; nada fue tan divertido como el aspecto de Paris,
los primeros días."
"El desempeño del actor entusiasmaba a la multitud,
y las mociones subversivas se cruzaban.
- ¡Basta de academias! ¡Basta de instituto!
- ¡No más misiones!
- ¡Abajo el bachillerato!
- ¡Abajo los Títulos universitarios!
- ¡Conservémoslos -dijo Sénécal- pero
que sean conferidos por el sufragio universal, por el Pueblo,
único juez verdadero!"
"La razón pública estaba perturbada como después
de los grandes trastornos de la naturaleza. Gente de espíritu
quedó idiota para toda su vida."
G. Flaubert, La educación sentimental.
Limitados a los datos parciales y superficiales de la experiencia
biográfica pero orientados por la ambición de juzgar
y explicar, la mayor parte de los ensayos consagrados a las jornadas
de Mayo hacen pensar en eso que Poincaré decía de
las teorías de Lorentz: "Era necesaria una explicación,
se la ha encontrado; se la encuentra siempre; las hipótesis,
son el sustrato que menos falta" . La tentación de
multiplicar sin medida las hipótesis a medida nunca se
ejerce tanto sobre los especialistas de las ciencias sociales
como cuando se relacionan con los acontecimientos, y los acontecimientos
críticos. Los instantes donde el sentido del mundo social
oscila son un desafío, que no es sólo intelectual,
para todos aquellos que hacen profesión de leer el sentido
del mundo y que, bajo la apariencia de enunciar qué es
eso, pretenden hacer existir las cosas conforme a su decir, producir
entonces efectos políticos inmediatos; lo que implica que
ellos toman la palabra sobre-el-campo, y no luego de la reflexión,
pero tampoco después de la batalla. Los beneficios políticos
que puede procurar la interpretación de un acontecimiento
social dependen estrictamente de su "actualidad"; es
decir, del grado en que suscita el interés ya que es la
apuesta en conflictos de intereses materiales o simbólicos
(es la definición misma del presente, nunca completamente
reductible a aquello que es inmediatamente dado). Se sigue que
el principio de la mayor parte de las diferencias entre las producciones
culturales reside en los mercados a los cuales ellas son, más
inconsciente que conscientemente, destinadas, mercado restringido,
dentro del cual, en última instancia, el productor no tiene
por clientes más que el conjunto de sus competidores, o
mercado de gran producción ; estos mercados aseguran a
los productos culturales (y a sus autores) beneficios materiales
y simbólicos, es decir sucesos de ventas, público,
clientelas, y una visibilidad social, un renombre -de los cuales
la superficie ocupada en los diarios constituye un buen indicador-
extremadamente desiguales, tanto en su importancia como en su
duración. Una de las razones del retraso de las ciencias
sociales, expuestas sin cesar a la regresión hacia el ensayismo,
es que las chances de obtener el éxito puramente mundano,
ligado al interés de actualidad, disminuyen a medida que
uno se aleja en el tiempo del objeto estudiado, es decir, a medida
que crece el tiempo invertido en el trabajo científico,
condición necesaria, si bien no suficiente, de la calidad
científica del producto. El investigador no puede más
que llegar después de la fiesta, cuando los faroles están
sin brillo y los andamios retirados, y con un producto que no
tiene ningún encanto de lo impromptu. Construido junto
a las cuestiones surgidas de la inmediatez del acontecimiento,
enigmas más que problemas, llamando a la toma de posición
total y definitiva más que al análisis necesariamente
parcial y reversible, el protocolo científico no tiene
para esto la bella claridad del discurso del sentido común
al que no le es difícil ser simple ya que comienza siempre
por simplificar.
La atención inmediata a lo inmediato que, ahogada en el
acontecimiento y los afectos que suscita, aísla el momento
crítico, así constituido como totalidad encerrando
en sí misma su explicación, introduce por eso mismo
una filosofía de la historia: ella conduce a presuponer
que hay en la historia momentos privilegiados, de alguna manera
más históricos que otros (se puede ver un caso particular
en la visión escatológica, clásica o modernizada,
que describe la revolución como término final, telos,
y punto culminante, acmè, y sus agentes -proletarios, estudiantes
u otros- como clase universal, y por esto última). La intención
científica, por el contrario, apunta a reubicar el suceso
extraordinario en la serie de sucesos ordinarios, al interior
de la cual se explica. Esto para preguntar a continuación
en qué reside la singularidad de aquello que queda de un
momento cualquiera de la serie histórica, como se lo puede
ver bien con todos los fenómenos de umbral, saltos cualitativos
en los cuales la suma continua de sucesos ordinarios conduce a
un instante singular, extraordinario.
Intersección de muchas series en parte independientes de
acontecimientos sobrevenidos en varios campos habitados por necesidades
específicas, una crisis como aquella de mayo de 1968 -y
sin duda toda crisis- introduce una ruptura visible con respecto
a aquello que la ha precedido, si bien uno no pueda comprenderla
más que re-situándola en la serie de acontecimientos
antecedentes. Crisis universitaria que se transforma en crisis
general, ella plantea la pregunta de las condiciones de la extensión
diferencial de la crisis al seno del campo universitario y por
fuera del mismo: para explicar que una crisis del modo de reproducción
(en su dimensión escolar) haya podido encontrarse en el
comienzo de una crisis general, hace falta, conociendo la contribución
cada vez más importante que el sistema de enseñanza
aporta a la reproducción social, y que hace de ello una
apuesta cada vez más disputada de las luchas sociales ,
proponer un modelo que permita dar cuenta de los efectos sociales
que ha producido, y de los cuales el más marcado es el
desclasamiento estructural, generador de una suerte de disposición
colectiva a la revuelta. Pero, el modelo que permite comprender,
sobre la base de un análisis de las condiciones estructurales
de la crisis y sin recurrir a las hipótesis ad hoc, la
lógica de la aparición de la crisis en las diferentes
regiones del espacio universitario, luego en el espacio social
donde ella se ha manifestado, ¿permite comprender también
cómo se ha instaurado, en una región bien determinada
de del campo universitario, el estado crítico de la estructura?
La probabilidad de que los factores estructurales que, dentro
de un campo particular, están en el comienzo de una tensión
crítica vengan a engendrar una situación de crisis,
favorable a la aparición de acontecimientos extraordinarios,
que el funcionamiento normal vuelve impensables, o al menos, "excepcionales"
y "accidentales", despojados entonces de eficacia y
de significación sociales, alcanza su máximo cuando
se da la coincidencia de los efectos de varias crisis latentes
de máxima intensidad: ¿Cuáles son las causas
específicas que son responsables de la coincidencia de
las crisis locales y, por ello, de la crisis general como integración
-y no simple suma- de crisis sincronizadas y cuál es el
efecto propio de esta sincronización de diferentes campos
que definen el acontecimiento histórico como haciendo época
y la situación general como puesta en fase de diferentes
campos? Paradójicamente, es sin duda a condición
de reinsertar los momentos críticos en las series donde
reside el principio de su inteligibilidad, anulando aquello que
define propiamente la situación crítica, si no como
"creación de novedad imprevisible", al menos
como surgimiento de la posibilidad de la novedad, en resumen,
como tiempo abierto donde todo porvenir parece posible, y lo es
por una parte, en cierta medida .
Todas esta cuestiones, que podrían decirse teóricas,
deben ser pensadas como cuestiones históricas. Lo que supone
que se trabaja para neutralizar los efectos de la división
social instituida en la simple descripción que, como remarcaba
Hegel en el prefacio de la Fenomenología del espíritu,
acomodándose mal entre la "interrupción"
por el concepto, y la pura "racionalización"
no soporta más la interrupción de la realidad efectiva.
Pero no se pueden poner en cuestión los principios mejor
establecidos de la visión y de la división del trabajo
científico sin correr el riesgo de que los productos de
ese esfuerzo de ruptura queden incomprendidos o pasen desapercibidos;
sin exponerse a parecer que se falta a la vez a las exigencias
de la teoría y a las exigencias de la empiria y a ver el
conocimiento adquirido más seguro de la investigación
escapar de aquellos que no saben reconocer las cuestiones teóricas
más que cuando ellas dan lugar a disertaciones (sobre el
poder, la política, etc.) como también de aquellos
que estén inclinados a la sospecha y a la reticencia por
el esfuerzo mismo por tratar la serie de acontecimientos que desarrolla
la descripción histórica como el producto de diferentes
efectos -al seno de la física-, es decir como integración
singular de secuencias inteligibles de acontecimientos destinados
a aparecer cada vez que estén dadas, siendo cosas iguales
por otra parte, ciertas condiciones.
· Una contradicción específica.
No puede darse cuenta de la crisis, o al menos de sus condiciones
estructurales de aparición y de su generalización,
sin recordar los efectos principales del acrecentamiento de la
población escolarizada, es decir la devaluación
de los títulos escolares que determina un desclasamiento
generalizado, particularmente intolerable para los más
favorecidos, y, secundariamente, las transformaciones del funcionamiento
del sistema de enseñanza que resultan de las transformaciones
morfológicas y sociales de su público. El acrecentamiento
de la población escolarizada y la devaluación correlativa
de los títulos escolares (o de las posiciones escolares
a las que ellas dan acceso, como el estatuto de estudiante) han
afectado al conjunto de una clase de edad, constituida así
en generación social relativamente unificada por cierta
experiencia común, determinando un desplazamiento estructural
entre las aspiraciones estatutarias -inscriptas en las en las
posiciones y los títulos que, en el estado anterior del
sistema, ofrecían realmente las chances correspondientes-
y las chances efectivamente aseguradas, en el momento considerado,
por esos títulos y esas posiciones . Este desplazamiento
nunca es tan grande como en los niños nacidos en la clase
dominante, que no han tenido éxito al operar la reconversión
del capital cultural heredado en capital escolar; esto mismo aunque
su futuro social no depende enteramente del capital escolar y
que el capital económico o social del que dispone su familia
les permite obtener el rendimiento máximo de sus títulos
escolares en el mercado de trabajo y de compensar así su
derrota (relativa) por carreras de sustitución . Resumiendo,
la contradicción específica del modo de reproducción
por componente escolar que no puede contribuir a la reproducción
de la clase más que eliminando, con su asentimiento, una
parte de sus miembros, reviste una forma más y más
crítica a medida que crece el número de aquellos
que, viendo sus chances de reproducción amenazadas y que,
rechazando su exclusión, se encuentran reenviados hacia
una contestación de la legitimidad del instrumento de su
propia exclusión, a amenazar el conjunto de la clase poniendo
en cuestión uno de los fundamentos de su perpetuación.
Los efectos de la devaluación se ejercen sin duda más
y más plenamente, no siendo corregidos de ninguna manera
por la adjunción de capital social, a medida que, a título
o posición equivalentes, se desciende en la jerarquía
de los poseedores según su origen social: toda vez, la
tolerancia a estos efectos varía también según
el mismo criterio, pero en sentido inverso; de una parte porque
las aspiraciones tienden a disminuir como las chances objetivas,
y de otra parte porque los diversos mecanismos tienden a enmascarar
la devaluación, como la mayoría de los mercados
-ciertos diplomas devaluados guardan un cierto valor simbólico
a los ojos de los más disminuidos- y los beneficios secundarios
ligados a la elevación del valor nominal de los títulos.
El ascenso parcialmente ficticio de aquel que por milagro accede
a una posición poco probable para los miembros de su clase
de origen (como el hijo de institutor devenido asistente en ciencias
o el hijo de pequeño campesino profesor de CEG ) en un
momento donde esta posición se encuentra devaluada por
el efecto de translación, es decir desclasada, es fundamentalmente
diferente, a pesar de las analogías, del declino más
o menos marcado de aquel que, nacido de la clase dominante, no
llega a dotarse de títulos suficientes para mantener su
posición, tal como el hijo de médico devenido estudiante
en letras modernas o educador. Resulta que, siendo ellas tan diferentes,
las experiencias ligadas al desclasamiento pueden servir de fundamento
a las alianzas, más o menos ficticias, entre agentes que
ocupan posiciones diferentes en el espacio escolar y en el espacio
social, o, al menos, a las reacciones parcialmente orquestadas
ante la crisis a las que sería falso imputar la concordancia
objetiva al sólo efecto del "contagio".
Para comprender las formas que ha revestido la crisis al seno
del sistema escolar, no es suficiente con percibir el acrecentamiento
del volumen de público de las diferentes instituciones
de enseñanza. Es verdad que esos fenómenos propiamente
morfológicos han ejercido sin duda efectos muy importantes,
favoreciendo una transformación de la relación pedagógica
y de toda la experiencia de la condición de estudiante.
Pero lo esencial es que el acrecentamiento del volumen de público
de un establecimiento escolar, y sobre todo la transformación
correlativa de la composición social de ese público,
están en función de la posición que ella
ocupa actual o potencialmente en la jerarquía escolar (y
social) de los establecimientos. Es así que las grandes
escuelas (o las clases preparatorias) han sido mucho menos afectadas
que las facultades; que, al interior de las mismas, las facultades
de derecho y medicina han sido mucho menos afectadas que las facultades
de ciencias y sobre todo de letras, y que, al seno de estas últimas,
las disciplinas tradicionales han sido mucho menos tocadas por
la afluencia de estudiantes que las disciplinas nuevas, particularmente
la psicología y la sociología. Dicho de otra forma,
los efectos sociales y escolares del aumento de público
son tanto más marcados en una institución escolar
(establecimiento, facultad o disciplina) que su posición
en la jerarquía -y, secundariamente, el contenido propuesto
de la enseñanza- la predisponen más a servir de
refugio a los estudiantes que, en el estado anterior del sistema,
hubieran sido excluidos o se habrían eliminado ellos mismos.
A lo que se agrega que los efectos específicamente ligados
a la discordancia entre las aspiraciones y las chances objetivas
no son jamás tan potentes como en esos refugios de lujo
que representan ciertas disciplinas nuevas, especialmente la sociología
para los jóvenes y, en un menor grado, la psicología
para las jóvenes: estas posiciones escolares mal determinadas
abriendo a las posiciones sociales ellas mismas mal determinadas
están bien hechas para permitir a sus ocupantes mantener
un halo de indeterminación y de ligereza, para ellos mismos
y para los otros, alrededor de su presente y de su porvenir.
La misma ley que rigió la extensión de la crisis
al interior de la institución escolar rigió también
la extensión fuera de la institución: la frecuencia,
entre los ocupantes de una posición social, de los agentes
pertenecientes a la generación escolar marcada por la devaluación
de los títulos escolares, dotados entonces de aspiraciones
desajustadas en relación a sus chances objetivas de cumplimiento,
da cuenta de las reacciones diferenciales a la crisis de los ocupantes
de diferentes posiciones en el espacio social. La crisis que encuentra
su principio en el sistema escolar jamás se confunde totalmente
con la crisis de una clase o de una fracción de clase determinada:
sin duda el movimiento de contestación ha encontrado su
terreno de elección en las fracciones intelectuales y,
más particularmente, en las regiones del espacio social
más propias a acoger a los agentes nacidos en la clase
dominante que el sistema de enseñanza no ha reconocido;
pero ha podido también encontrar un eco, ver una complicidad,
en el seno de las diferentes fracciones de las clases medias y
hasta en la clase obrera o campesina, entre los adolescentes que,
habiendo pasado por la enseñanza técnica o mismo
por la enseñanza general larga, han sido decepcionados
en las aspiraciones aparentemente inscriptas en la situación
de colegial o de estudiante secundario (posiciones tanto más
valorizadas en cuanto fueran más raras en el grupo de origen),
o mismo de bachiller.
Es el caso, que tiene valor de límite, de los poseedores
de un diploma de enseñanza general o de un C.A.P. , incluso
un bachillerato (se cuentan, en 1968, varios miles de O.S. dotados
de ese título), que son reenviados hacia las profesiones
manuales acordando un débil valor económico y simbólico
a los diplomas de enseñanza general e incluso a los diplomas
técnicos, y que se encuentran así consagrados a
la descalificación objetiva y/o subjetiva y a la frustración
engendrada por la experiencia de la inutilidad del diploma (tal
como el joven obrero diplomado que, condenado a cumplir el mismo
trabajo que los obreros desposeídos de todo diploma escolar
o, "peor", que los "extranjeros" concluye:
"Yo no he seguido los cursos durante cuatro años para
recortar arandelas"). Las respuestas a la pregunta (formulada
en 1969 a una muestra representativa de la clase obrera) para
saber si, en 1968, hubiera sido deseable que los estudiantes "pudieran
ir a las fábricas para conversar con los trabajadores"
proveyeron indicaciones sobre las características sociales
de aquellos que se sentían "concernidos" por
la crisis del sistema de enseñanza: La parte de los obreros
que se declararon favorables a la apertura de las fábricas
a los estudiantes alcanza su máximo en la clase de edad
20-24 años y sobretodo 15-19 años y entre los obreros
titulares de un C.A.P. (Cf. G. Adam, F. Bon, J. Capdevielle, R.
Mouriaux, L'ouvrier français en 1970, Paris, A. Colin,
1970, pp. 223-224). Y se ha observado por otro lado que, entre
los obreros (de los cuales se sabe que, a la inversa que los miembros
de la clase dominante, ellos dicen ser cada vez más seguido
de izquierda a medida que avanzan en edad), como entre las otras
categorías sociales, la participación en las manifestaciones
crece con el nivel de instrucción y en función inversa
de la edad.
Los efectos del acrecentamiento del número de los agentes
escolarizados y de la devaluación correlativa de los títulos
designados no se ejerce de manera mecánica, por lo tanto
homogénea; no toma sentido más que en función
de las disposiciones de los agentes que lo sufren. Es así
que, contra la lógica misma del análisis, y del
discurso en el cual se expresa; es decir contra la tendencia a
sincronizar y a universalizar lo que ha tomado la forma de lenta
y sin igual transformación de los espíritus, sería
necesario poder describir las diferentes formas que reviste, principalmente
en función del origen social, y de las disposiciones correlativas
con respecto al sistema de enseñanza, el proceso de ajuste
de las esperanzas a las chances, de las aspiraciones a los cumplimientos,
y en particular el trabajo de des-inversión necesario para
aceptar el mínimo suceso o derrota.
Es necesario en efecto cuidarse de olvidar la digresión
temporal importante entre el momento en el que aparecen, y ante
todo en las facultades de ciencias, las transformaciones morfológicas
responsables de tensiones entre los docentes y del desclasamiento
de los estudiantes, y el momento donde estalla, en un sector bien
particular del campo universitario, la crisis declarada que se
generalizará enseguida. Este intervalo corresponde al tiempo
necesario para que afloren, por intermitencia, a la conciencia
de ciertos agentes las transformaciones sobrevenidas en la institución
y los efectos que estas transformaciones ejercen sobre su condición
presente y futura: es decir, en el caso de los estudiantes, la
devaluación de los títulos escolares y su desclasamiento
relativo o absoluto y, en el caso de los docentes subalternos
reclutados según los nuevos criterios, la inaccesibilidad
de hecho a las carreras aparentemente prometidas a los ocupantes
de su posición. Y si el trabajo (de duelo) indispensable
para ajustar las aspiraciones a los efectos de la evolución
morfológica es necesariamente largo, es porque los agentes
no perciben que una fracción muy limitada del espacio social
(por otra parte a través de categorías de percepción
y de apreciación que son el producto de un estado anterior
del sistema) y que ellos mismos son llevados de hecho a interpretar
su propia experiencia y la de los agentes que pertenecen a su
universo de interconocimiento en una lógica más
individual que categorial, de manera que los cambios morfológicos
no pueden aparecer más que bajo la forma de una multitud
de experiencias parcelarias, difíciles de asir y de interpretar
en tanto totalidad. Sería necesario también tomar
en cuenta en el análisis de este proceso de transformación
de la visión del porvenir el rol de las instituciones encargadas
de producir las representaciones sabias del mundo social (como
los institutos oficiales y oficiosos de estadística) y
de manipular en consecuencia las representaciones del porvenir
susceptibles de ser descontadas (como los consejeros de orientación
y, más generalmente, todos los agentes encargados de informar
sobre el futuro de los títulos y de los puestos).
En el caso de esa suerte de milagro que son los estudiantes (o
los maestros) nacidos de categorías sociales especialmente
improbables en las posiciones que ocupan, el sólo hecho
de estar presente en esas posiciones, incluso devaluadas -y por
su presencia misma-, constituye una forma de retribución
simbólica que, comparable a la elevación del salario
nominal en períodos de inflación: La alodoxia está
inscripta en el hecho de que los esquemas que ponen en obra para
percibir y apreciar su posición son el producto del estado
anterior del sistema. Dicho de otra forma, los agentes mismos
tienen un interés psicológico por hacerse cómplices
de la mistificación de la cual son las víctimas
-según un mecanismo muy general que lleva (tanto más
sin duda cuando se es más desfavorecido) a trabajar, a
contentarse con lo que uno tiene y con lo que uno es, a amar su
destino, cuan mediocre sea . En efecto, se puede dudar que estas
representaciones pudieran alguna vez triunfar completamente, incluso
con la complicidad de un grupo, y es probable que la imagen encantada
coexista siempre con la representación realista, la primera
se prueba más bien en la competencia con los vecinos inmediatos
(en el espacio social) y la segunda en las reivindicaciones colectivas
frente al out group.
Estos efectos de doble conciencia son todavía más
visibles en la lógica que conduce a los estudiantes nacidos
en la clase dominante y poco dotados de capital escolar hacia
las disciplinas nuevas, cuyo poder de atracción tiene mucho
que ver sin duda con la ligereza del porvenir que ellas ofrecen
y a la libertad con que dejan de diferir la desinversión.
O en la orientación hacia las profesiones mal determinadas,
que están como hechas para permitir perpetuar el mayor
tiempo posible, para sí mismo más que para los otros,
la indeterminación de la identidad social, tales como,
en otro tiempo, la profesión de escritor o de artista y
todos esos pequeños oficios de la producción cultural,
o todos los oficios nuevos, en las fronteras del campo intelectual
y del campo universitario o médico, que han proliferado
en relación directa con el esfuerzo por escapar de la devaluación
produciendo nuevas profesiones. Todo permite suponer que la tensión
crítica es tanto más fuerte cuando la distancia
entre la realidad y la representación de sí y de
su porvenir social es más grande y que ella a sido mantenida
por más tiempo, al precio de un trabajo psicológico
más importante .
Se puede decir así, primeramente, que la crisis patente
ha conocido su máxima intensidad en todos los lugares sociales
favorables a la perpetuación de las aspiraciones desajustadas;
y, en segundo lugar, que esos lugares propios a favorecer un desajuste
expuesto a las revisiones dramáticas son aquellos que,
por el hecho de la imprecisión del porvenir social que
prometen, atraen agentes a las aspiraciones desajustadas, a las
que ellos aseguran las condiciones favorables a la perpetuación
de ese desajuste. Para verificar estas hipótesis, puede
tomarse como indicio de la homogeneidad o de la heterogeneidad
de una posición, facultad, escuela, disciplina, la dispersión
de la distribución de la población correspondiente,
ya sea según su origen social, ya sea según su capital
escolar (la sección al bachillerato) o, más cerca
de la hipótesis, según la relación entre
el origen social y el capital escolar: se puede suponer en efecto,
que el atraso entre las aspiraciones y las chances va según
toda verosimilitud acrecentándose en tanto crece la tasa
de estudiantes de origen social elevado y de capital escolar débil.
Y determinar a continuación si las variaciones del grado
de homogeneidad social y escolar según los sectores de
la institución escolar corresponden a las variaciones de
la intensidad de la crisis .
Sólo la confrontación de la distribución
según el origen social y el capital escolar (y también,
secundariamente, según el sexo, la tasa de acrecentamiento
y la residencia) de los ocupantes (estudiantes o docentes, especialmente
subalternos) de las diferentes posiciones (grandes escuelas, facultades,
disciplinas) en el campo universitario, y de las variaciones según
las mismas variables de las tomas de posición de esos grupos
en el transcurso del mes de mayo de 1968 permitiría verificar
o refutar el modelo propuesto. Se puede de todas formas, en la
medida de los datos disponibles, establecer que existe una correspondencia
entre estas dos series. Si bien las estadísticas donde
se lee un acrecentamiento de la parte de los niños nacidos
en las clases medias en las instituciones de enseñanza
confunden los públicos de diferentes tipos de establecimientos
(secundario, CEG, etc.), enmascarando así los mecanismos
de segregación escolar que tienden a mantener una relativa
homogeneidad social del público escolar al interior de
cada establecimiento o incluso de cada clase, se observa una tendencia
general a la disminución de la homogeneidad social del
público escolar en el transcurso del período que
precedió la crisis: aún muy fuerte en los establecimientos,
las secciones o las disciplinas más altas (como las grandes
escuelas, las facultades de medicina, o mismo las secciones clásicas
de los secundarios) o las más bajas (como los CET o los
IUT ), la homogeneidad social, escolar y sobre todo, si puede
decirse, socio-escolar es generalmente débil en los establecimientos,
secciones o disciplinas que ocupan una posición intermediaria
o, al menos, ambigua en la jerarquía del sistema de enseñanza.
Por otra parte, a falta de indicios de participación en
las actividades subversivas , se acepta ver un indicador de la
conformidad o de la adhesión al orden universitario establecido
en las tasas de participación en las elecciones universitarias
de 1969 -indicador ambiguo por otra parte, ya que una tasa elevada
de abstención tal vez puede que sea el producto de un rechazo
explícito a participar, es decir una verdadera toma de
posición negativa, o puede que sea la expresión
de un sentimiento de impotencia política, resultante de
un proceso de desposeimiento-, se observa que la tasa de votantes
es máxima en los establecimientos, las disciplinas o las
facultades que se definen claramente en relación con las
profesiones precisas a las que conducen, sea, por ejemplo las
facultades de medicina (68%) y, en un grado menor, las facultades
de derecho (53%) o, en el otro extremo de la jerarquía
universitaria, las IUT (77%); inversamente, la tasa es débil
en las facultades o disciplinas que conducen a las profesiones
correspondientes a las posiciones muy fuertemente dispersadas
en la jerarquía social: Netamente inferior en las facultades
de letras (42%) y de ciencias (43%) en su conjunto, se establece
su nivel más bajo en las disciplinas como la sociología
(26%) y la psicología (45%), que, conduciendo a las profesiones
particularmente dispersas y ambiguas, se oponen netamente a las
disciplinas que abren derecho al profesorado de segundo grado,
como la literatura francesa (60%), el griego (68,5%), el latín
(58%), la historia (55%)o la geografía (54,4%) -la filosofía
dejada a un lado ya que, por el porvenir que propone, se parece
a las ciencias sociales y tiene una tasa muy baja, 20% (le Monde,
13 de marzo de 1969) . La estructura de la distribución
según las facultades en provincia es la misma, aunque la
participación se sitúa en conjunto a un nivel más
elevado (sin duda por una parte en función del efecto de
la talla de los establecimientos que se observa por todos lados)
.
Pero no se comprende totalmente el rol espacial de las nuevas
disciplinas, y particularmente de la sociología, en el
desencadenamiento de la crisis, si no se ve que esas posiciones
son el lugar donde se realiza la coincidencia de los efectos de
dos crisis latentes de máxima intensidad. Inferiores e
indeterminadas a la vez, las nuevas disciplinas de las facultades
de letras estaban predispuestas a acoger sobre todo a los estudiantes
originarios de la clase dominante que, habiendo conocido un débil
éxito escolar, estaban dotados entonces de aspiraciones
fuertemente desajustadas en relación con sus chances objetivas
de éxito social; y a los estudiantes de las clases medias
relegados fuera de las filiales nobles y amenazados con ser decepcionados
en sus ambiciones a falta de poseer el capital social indispensable
para hacer valer sus títulos devaluados; por otra parte,
ellas han debido, como se ha visto, responder al acrecentamiento
muy rápido de la población de los estudiantes reclutando
en gran número docentes subalternos débilmente integrados
a la institución universitaria y llevados al resentimiento
por la contradicción entre la elevación de sus aspiraciones
resultantes de su acceso (más o menos) inesperado a la
enseñanza superior y la decepción de esas aspiraciones
acarreada por el mantenimiento en los grados inferiores de la
jerarquía universitaria .
De la misma manera que la heterogeneidad social y escolar parece
dar cuenta de las actitudes de los estudiantes con respecto al
movimiento de Mayo, de la misma manera la dispersión de
las trayectorias pasadas, y sobre todo potenciales, y las tensiones
correlativas entre los grados parecen estar al principio de las
diferentes actitudes de los docentes. Basta para convencerse con
poner en relación mentalmente las características
sincrónicas y diacrónicas del cuerpo docente de
las diferentes disciplinas y su participación diferencial
en el movimiento de Mayo o la intensidad que allí han revestido
los conflictos entre los docentes de diferentes grados. Pero,
para llevar también tan lejos como sea posible la demostración,
se puede aplicar el análisis de caso de los docentes de
geografía y sociología, que si bien pertenecen a
dos disciplinas dominadas, presentan diferencias propias al explicar
el hecho de que hayan jugado roles muy diferentes en el movimiento
y en los conflictos ulteriores a propósito del porvenir
del sistema de enseñanza. Cuando los geógrafos,
que están situados en el nivel más bajo de las jerarquías
tanto sociales como escolares, presentan un conjunto de características
sociales y escolares fuertemente cristalizadas en todos los grados,
los sociólogos se caracterizan por una discordancia muy
marcada entre estas características, sobre todo en los
niveles inferiores de la jerarquía: la parte de los alumnos
de escuelas normales, igualmente débil en los colegios
A y B (4,5% y 3%) en los geógrafos, es relativamente fuerte
(25%) en los sociólogos de la cima de la jerarquía
(muy cerca de los historiadores, 24%, y de los psicólogos,
27%) que, además, son muchas veces nacidos de la filosofía,
cuando ella está entre las más débiles (5,5%
contra 10% en psicología y 13% en historia) en los sociólogos
de nivel inferior (colegio B) si bien la parte de los docentes
nacidos de la clase dominante es poco a poco tan elevada en esas
categorías como en el nivel superior (colegio A) . Esta
doble discordancia (fundada sobre una distribución casi
quiasmática* de los títulos sociales y escolares
según los grados) entre la cima y la base de la jerarquía
está sin duda la expresión más visible de
una dualidad de los modos de reclutamiento que resulta de la ambigüedad
estructural de la disciplina al mismo tiempo que la refuerza:
la sociología, disciplina pretenciosa, como decía
en alguna parte George Canguilhem , que se sitúa en aspiración
en la cima de la jerarquía de las ciencias, rivalizando
entonces con la filosofía a la cual pretende reemplazar
en las ambiciones pero con el rigor de ciencia, es también
un refugio, pero un refugio de lujo que ofrece a todos aquellos
que quieren afirmar las grandes ambiciones de la teoría,
de la política y de la teoría política, el
máximo beneficio simbólico para el mínimo
derecho de entrada escolar (el lazo con la política explica
que ella sea a los estudiantes de origen social elevado y de éxito
escolar mediocre, lo que la psicología es a los estudiantes
dotados de las mismas propiedades) . Se comprende que los sociólogos
y los geógrafos se hallen tan claramente distinguidos,
al seno del movimiento de contestación de la Universidad,
al punto de simbolizar, particularmente en el movimiento sindical,
la oposición entre la tendencia "izquierdista"
y la tendencia "reformista", entre la contestación
global y "radical" de la institución universitaria
y del mundo social y la reivindicación "corporatista"
poniendo el acento en las carreras de los docentes o en la transformación
de los métodos y contenidos de la enseñanza.
Para dar la intuición inmediata de la afinidad estructural
entre los estudiantes y los docentes subalternos de las nuevas
disciplinas, entre las cuales se han reclutado un buen número
de los líderes de Mayo, bastaría con presentar de
un lado las curvas del acrecentamiento entre 1950 y 1968 de los
alumnos de las grandes escuelas y de los estudiantes en letras
o en ciencias, y del otro aquellas de los profesores titulares
y de los docentes subalternos (asistentes y maestro-asistentes):
cuando la población de los profesores y la de los alumnos
de Escuelas normales superiores, que tienen las chances de devenir
profesores de enseñanza superior netamente más fuertes
que los estudiantes, quedan poco a poco estables, las dos otras
poblaciones, las de los docentes subalternos y la de los estudiantes,
han conocido un crecimiento muy fuerte. En consecuencia, los alumnos
de las grandes escuelas pueden reconocer en sus profesores (de
clase preparatoria o de facultad) los ocupantes de una posición
que podrá ser la suya un día; al contrario, los
estudiantes, pero también aquellos entre los asistentes
que, habiéndose beneficiado del nuevo modo de reclutamiento,
no tienen las propiedades secundarias (el título de educación
normal o de agregado), de hecho siempre necesarias para acceder
al profesorado, y que, sobre todo en ciencias y en las nuevas
disciplinas de las facultades de letras, son muy cercanas a los
estudiantes, se sienten sin duda menos inclinados a instituir
con los profesores titulares la relación de identificación
anticipada que, sin duda bien hecha para favorecer la inversión,
es sobre todo favorable a la perpetuación de la adhesión
al orden pedagógico . Dicho de otra forma, la relación
paradójica que se establece desde hace mucho tiempo en
ciencias y en letras -y que se ha impuesto también desde
hace poco en ciencias económicas- entre los maestros nacidos
de los concursos más selectivos y los alumnos menos seleccionados,
tiende a instaurarse entre los docentes subalternos, a menudo
nacidos de la población de los estudiantes y excluidos
de hecho de la carrera que conduce a las posiciones de profesor,
y los profesores titulares, en quienes, a diferencia de los herederos
legítimos, ellos no pueden ver la realización de
su propio porvenir . Resumiendo, la línea virtual de fractura
pasa más y más claramente entre los profesores y
los asistentes o los maestro-asistentes, que, en su mayoría,
están objetivamente más cerca de los estudiantes
que de los profesores titulares. Esta ruptura de la cadena de
identificaciones anticipadas, fundadas en el orden de las sucesiones
que tienden a reproducir, es de naturaleza favorable a un tipo
de secesión de los agentes que, excluidos de la carrera
al porvenir inscripto justo ahí en su posición,
son llevados a poner en cuestión la carrera misma. Y puede
reconocerse allí sin duda una realización particular
de un modelo general de los procesos revolucionarios: la ruptura
objetiva del círculo de esperanzas y chances conduce a
una fracción importante de los menos dominados entre los
dominados (aquí las categorías intermedias de docentes,
en otra parte los pequeños burgueses) a salir de la carrera,
es decir de una lucha de competencia que implica el reconocimiento
del juego y de las apuestas hechas por los dominantes, y a entrar
en una lucha que puede llamarse revolucionaria en la medida en
que ella apunta a instituir otras apuestas y a redefinir así
más o menos completamente el juego y las cartas que permiten
triunfar allí.
· La sincronización.
Los estudiantes y los asistentes en sociología representan
así uno de los casos de la coincidencia entre las disposiciones
y los intereses de agentes que ocupan posiciones homólogas
en campos diferentes que, a través de la sincronización
de las crisis latentes de diferentes campos, han vuelto posible
la generalización de la crisis. De tales convergencias,
favorables a la puesta en fase de las crisis locales o de alianzas
coyunturales, se observaban en el conjunto de las facultades de
letras y de ciencias, donde el desencantamiento de una fracción
importante de los docentes subalternos, frente a un puesto difícil
y consagrados a carreras mutiladas, reencontraban aquella de los
estudiantes correspondientes, amenazados por el desclasamiento
ligado a la devaluación de los títulos; ellas se
observaban también entre el conjunto de aquellos que, en
el campo universitario mismo, entraban en la contestación
de aquellos que, fuera del campo, ocupaban posiciones homólogas,
estructuralmente y tal vez funcionalmente, como los agentes subalternos
de las instancias de producción y de difusión culturales.
Una crisis regional puede extenderse a otras regiones del espacio
social y transformarse así en una crisis general, un acontecimiento
histórico, en tanto que por el efecto de aceleración
que ella produce, ella tiene el poder de hacer coincidir los acontecimientos
que, siendo dado el tempo diferente que cada campo debe a su autonomía
relativa, debía normalmente abrirse o cerrarse en orden
disperso o, si se quiere, sucederse sin organizarse necesariamente
en una serie causal unificada, tal como aquella que sugiere fuera
de tiempo, a favor de la ilusión retrospectiva, la cronología
de la historia. Se sigue que la posición de los diferentes
campos en la crisis general y los comportamientos de los agentes
correspondientes dependerán, en gran parte, de la relación
entre los tiempos sociales propios a cada uno de esos campos,
es decir, entre los ritmos a los que se cumplen en cada uno de
ellos los procesos generadores de las contradicciones específicas.
No pueden comprenderse los roles tenidos en la crisis por las
diferentes facultades o disciplinas o mismo por los individuos
que han aparecido como las encarnaciones del movimiento (particularmente
Daniel Cohn-Bendit, estudiante en sociología en Nanterre,
Jacques Sauvageot, líder de la UNEF , y Alain Geismar,
maestro-asistente de física en Paris, y secretario general
del SNESup ) sino a condición de saber que, en aquel momento
del tiempo objetivo, donde la crisis se declara en las facultades
de letras, las condiciones estructurales que han favorecido la
aparición estaban presentes desde hacía más
de diez años en las facultades de ciencias -donde el SNESup,
que ha jugado un rol determinante en la generalización
del movimiento, estaba muy fuertemente implantado, y desde hacía
mucho tiempo- mientras que ellas comenzaban solamente a aparecer
en las facultades de derecho.
La crisis como coyuntura, es decir como conjunción de series
causales independientes, supone la existencia de mundos separados
pero que participan a la vez del mismo universo en su principio
y en su funcionamiento actual: la independencia de series causales
que, como dice Cournot, "se desarrollan paralelamente"
supone la autonomía relativa de los campos; el encuentro
de esas series supone la dependencia relativa con respecto a las
estructuras fundamentales -especialmente aquellas de la economía-
que determinan lo axiomático de los diferentes campos.
Es esta independencia en la dependencia lo que hace posible el
acontecimiento histórico, -las sociedades sin historia
que son tal vez las sociedades tan indiferenciadas que no hay
lugar para el acontecimiento propiamente histórico que
nace en el cruce de historias relativamente autónomas.
Tomar en cuenta la existencia de esos mundos "en cada uno
de los cuales, como dice todavía Cournot, se puede observar
un encadenamiento de causas y de efectos que se desarrollan simultáneamente,
sin haber entre ellos conexión, sin ejercer los unos sobre
los otros una influencia apreciable", es escapar a la alternativa,
donde uno se encierra seguido, de la historia estructural y de
la historia acontecimiental y darse el medio de comprender que
los diferentes campos, a la vez relativamente autónomos
y estructurados, pero también abiertos, y ligados a los
mismos factores, entre ellos entonces, puedan entrar en interacción
para producir un acontecimiento histórico en el cual se
expresen a la vez las potencialidades objetivamente inscriptas
en la estructura de cada uno de ellos y los desarrollos relativamente
irreductibles que nacen de su conjunción.
La sincronización como coincidencia en el mismo tiempo
objetivo (aquel que marca la fecha histórica) de las crisis
latentes propias a cada sector del campo universitario o, lo que
es lo mismo, la unificación de los diferentes campos que
resulta de la puesta en suspenso provisoria de los mecanismos
tendientes a mantener la autonomía relativa de cada uno
de ellos, engancha en el mismo juego, con posiciones idénticas,
agentes que ocupaban hasta ahí posiciones homólogas
en campos diferentes. El efecto de sincronización ejercido
por los acontecimientos críticos que están en el
origen cronológico de la crisis y que pueden tolerar una
parte de accidente (imputable a los factores externos al campo,
como la violencia policial) no se ejerce completamente si no existe
una relación de orquestación objetiva entre los
agentes en crisis del campo llegado al estado crítico y
otros agentes, dotados de posiciones similares (identidad de condición).
Pero, en otra forma, los agentes sometidos a condiciones de existencia
muy diferentes y dotados por ello de habitus muy diferentes, divergentes
si se quiere, pero que ocupan en los campos diferentes posiciones
estructuralmente homólogas a la posición ocupada
por los agentes en crisis en el campo en crisis (homología
de posición) pueden reconocerse sin razón (alodoxia)
o con ella en el movimiento o, más simplemente, tomar la
ocasión creada por la ruptura crítica del orden
ordinario para hacer avanzar sus reivindicaciones o defender sus
intereses.
Partiendo de las nuevas disciplinas de las facultades de letras
y de ciencias humanas para extenderse al conjunto del campo universitario,
la crisis ha encontrado su terreno de elección en las instituciones
de producción y difusión de bienes culturales de
consumo masivo -organismos de radio y televisión, cine,
órganos de prensa, de publicidad o de marketing, institutos
de sondeos, organizaciones de la juventud, bibliotecas, etc.-
que, habiendo ofertado, a favor de un acrecentamiento rápido
y considerable en volumen, toda una variedad de posiciones nuevas
a los productos de la Universidad amenazados por el desclasamiento,
son el lugar de contradicciones análogas a aquellas que
conoce el sistema de enseñanza: animados por ambiciones
intelectuales que no han podido siempre realizarse en las obras
propias al hecho de abrir el acceso a las posiciones reconocidas
en el campo intelectual, los nuevos agentes de la manipulación
simbólica son llevados a vivir en el malestar o el resentimiento
la oposición entre la representación que ellos tienen
de su tarea como creación intelectual aparte entera y los
apremios burocráticos a las cuales ellos deben plegar su
actividad; su humor anti-institucional, constituido en lo esencial
en su relación ambivalente con una Universidad que no los
ha reconocido plenamente, no puede más que reconocerse
en todas las formas de contestación de las jerarquías
culturales de las que la revuelta de los estudiantes y de los
docentes subalternos contra la institución escolar representa
sin duda la forma arquetípica. Es decir que no puede imputarse
sólo a los efectos de moda o de "contaminación"
(se ha pensado mucho la difusión sobre el modo del contagio)
el parentesco entre los temas que se inventan y se expresan en
los sectores más alejados del "movimiento", a
favor del levantamiento de la censura que ofrece una ocasión
de mostrar las pretensiones, ver las pulsiones sociales, muchas
veces apenas eufemizadas por una apariencia de universalización
política .
La temática espontaneísta que hace la unidad de
las "ideas de Mayo", combinación más o
menos anárquica de migajas descontextualizadas de mensajes
diversos, y que es destinada sobretodo a reafirmar las complicidades
fundadoras de las comunidades emocionales, funciona bajo el modo
que Malinowski llama "fático*", es decir en tanto
comunicación que no tiene otro fin más que ella
misma, o, lo que viene a lo mismo, el reforzamiento de la integración
del grupo . El "izquierdismo práctico" sin duda
debe mucho menos de lo que se ha creído a la difusión
de ideologías sabias -como aquella de Marcuse, invocado
más seguido por los comentadores que por los actores- mismo
si, según la lógica característica de la
profecía, ciertos porta palabra han debido una parte de
sus efectos y de su carisma a su arte de llevar en la calle y
en el debate público las versiones vulgarizadas de los
saberes sabios, reducidos muchas veces a temas y palabras inductoras
que estaban hasta ese momento reservadas al intercambio restringido
entre los doctores ("represión" y "represivo",
por ejemplo). La apariencia de la difusión resulta en efecto
de la multiplicidad de las invenciones simultáneas, pero
independientes, aunque objetivamente orquestadas, que realizan
en puntos diferentes del espacio social, pero en condiciones similares,
los agentes dotados de habitus similares y, si puede decirse,
de un mismo conatus social, entendiendo por ello esta combinación
de las disposiciones y de los intereses asociados a una clase
particular de posición social que inclina a los agentes
a esforzarse en reproducir, constantes o aumentadas, incluso sin
tener necesidad de saberlo ni de quererlo, las propiedades constitutivas
de su identidad social. Ninguna producción ideológica
expresa mejor, en efecto, las contradicciones específicas
y los intereses materiales o simbólicos de los intelectuales
subalternos -actuales o potenciales- de las grandes burocracias
de la producción cultural, cuyo paradigma más antiguo
es evidentemente la Iglesia, que la temática que se inventa
entonces, en la apariencia de la libertad más anárquica,
según un pequeño número de esquemas generadores
comunes tales como las oposiciones entre la invención y
la rutina, la concepción y la ejecución, la libertad
y la represión, formas transformadas de la oposición
entre el individuo y la institución. La contestación
típicamente herética de las jerarquías culturales
y de la palabra de aparato que, en una variante moderna de la
idea de sacerdocio universal, profesa una suerte de derecho universal
a la expresión espontánea (el "derecho a la
palabra"), manteniendo una relación evidente con los
intereses específicos de los intelectuales dominados de
las grandes burocracias de la ciencia y de la cultura: oponer
la "creatividad natural" y "espontánea"
que todo individuo encierra en sí a la competencia socialmente,
es decir escolarmente garantizada, es, a través de la palabra
de orden humanista, denunciar el monopolio de la legitimación
cultural que se arroga el sistema de enseñanza y del mismo
golpe desvalorizar la competencia, certificada y legitimada por
la institución universitaria, de los agentes que, en nombre
de cierta competencia, ocupan los escalones más elevados
de la jerarquía institucional. Y en otra forma se ve la
afinidad especial que unió a esta representación
de la cultura a todos aquellos que no habían conseguido
hacer reconocer y consagrar escolarmente un capital cultural heredado.
Es todavía al efecto de las solidaridades fundadas sobre
las homologías estructurales entre los ocupantes de las
posiciones dominadas en los campos diferentes, y muchas veces
asociados a la experiencia del desclasamiento estructural, que
se debe atribuir la extensión de la crisis más allá
del campo universitario y de los campos directamente emparentados,
-sin olvidar evidentemente la acción propia de los aparatos
sindicales y políticos, de los cuales una de las funciones
ordinarias, en tanto burocracias centrales (nacionales), es precisamente
trabajar para la generalización controlada de los movimientos
locales (con la orden de huelga general, por ejemplo). En efecto,
del hecho de que todo campo tienda a organizarse alrededor de
la oposición entre las posiciones dominantes y las posiciones
dominadas, existe siempre una relación bajo la cual los
agentes de un campo determinado pueden agregarse o ser agregados
a los agentes que ocupan una posición homóloga en
otro campo, por más alejado en el espacio social que esté
esta posición y por más diferentes que puedan ser
las condiciones de existencia que ella ofrece a sus ocupantes
y, del mismo golpe, los habitus de los cuales están dotados:
es decir que todo agente puede afirmarse solidario de los agentes
que ocupan las posiciones homólogas en otros campos, pero
a condición de hacer como si la afinidad que los une bajo
esa relación abstracta y parcial valiera también,
si no bajo todas las relaciones (lo que es prácticamente
imposible), al menos bajo un conjunto de relaciones determinantes,
particularmente desde el punto de vista de la probabilidad de
constituirse como grupo movilizado y socialmente activo. Pero
la homología de posición no debe hacer olvidar la
diferencia entre los campos, a pesar de que la historia intelectual,
política y artística haya suministrado numerosos
ejemplos de esta confusión. Se conoce la representación
que los artistas y los escritores de la primera mitad del siglo
XIX, más atentos a su posición dominada en el campo
de poder que a su posición dominante en el campo social,
se hacían de su relación con los "burgueses"
en la fase más aguda de su lucha por la conquista de la
autonomía del campo de producción cultural. Pero,
de manera más general, el sub-campo de pertenencia (muchas
veces confundido con el espacio de interconocimiento y de interacción)
tiende siempre a producir un efecto de pantalla: los agentes tienden
a percibir la posición que ellos ocupan más distintamente
y, en el caso de los dominados, más dolorosamente, que
la posición que ocupa él mismo en el campo más
vasto donde él se inscribe y, más claramente, a
la vez, que su posición real en el espacio global.
La homología de posición entre los dominados en
el campo de poder y los dominados en el campo social tomada en
su conjunto provee una respuesta sociológica a la cuestión
de la "conciencia exterior" (como decía Kautsky),
suerte de desvío a beneficio de los dominados de una parte
de la energía social acumulada. Y la situación de
dominados (relativos) al segundo empuje que es aquel de los intelectuales
de segundo orden desde el punto de vista de los criterios específicos
del campo intelectual en un momento determinado explica su inclinación
a llevarse hacia los movimientos reformistas o revolucionarios
y a importar de allí, bien seguido, una forma de anti-intelectualismo
del cual el jdanovismo, pero también el humor völkisch
de los revolucionarios-conservadores, han provisto realizaciones
ejemplares. Se comprende así que una crisis propia a un
campo donde la oposición entre dominantes y dominados reviste
la forma del acceso desigual a los atributos de la competencia
cultural legítima, tiende a favorecer la eclosión
de temas ideológicos subversivos tales como la denuncia
del "mandarinato" y de todas las formas de autoridad
estatutaria fundadas bajo la competencia escolarmente garantizada,
que, sobre la base de la homología como parecido en la
diferencia, es decir del malentendido parcial, permiten pensar
según la misma lógica las crisis propias a otros
campos, divididos según otros principios. Es así
que, en la mayor parte de los movimientos revolucionarios, los
dominados "relativos" que son los intelectuales y los
artistas, o, más precisamente, los intelectuales y los
artistas dominados, tienden a producir las formas de aprehensión,
de apreciación y de expresión que pueden imponerse
a los dominados sobre la base de la homología de posición.
De hecho, la realidad es más compleja: ciertas oposiciones
propias a los profesionales de la política o del sindicalismo
pueden en efecto tomar apoyo sobre las oposiciones homólogas
entre los dominados, particularmente aquella que se establece
entre los trabajadores permanentes, más conscientes, y
más organizados, y los sub-proletarios, desmoralizados
y desmovilizados. Es así que los representantes al seno
del movimiento obrero de las tendencias cientistas y autoritarias,
o, si se quiere, tecnocráticas, lo más a menudo
poseedores de un capital de competencia específica (la
teoría, la ciencia económica, el materialismo dialéctico,
etc.), tiende a apoyarse espontáneamente sobre el proletariado
más estable y más integrado, en tanto que los defensores
de posiciones espontaneístas, libertarias, a menudo menos
ricos en capital cultural y más llevados a las actividades
prácticas del conductor o del agitador que a aquellas de
pensador, tienden a hacerse los portavoces de las fracciones más
bajas y menos organizadas de los dominados, particularmente del
sub-proletariado.
No se puede asignar límites a priori al juego de la asimilación
y de la disimilación por el cual las solidaridades más
o menos ficticias pueden instaurarse entre los agentes que tienen
en común una propiedad estructural: las alianzas que se
engendran en ese juego pueden ser tanto más grandes en
cuanto son más dependientes de la coyuntura particular
que las ha hecho surgir y en cuanto comprometen menos fuertemente
los intereses más vitales de los agentes, que parecen no
entrar allí más que de manera parcial y distante,
bajo el aspecto social más abstracto y genérico
(por ejemplo en tanto seres humanos sometidos a una forma cualquiera
de dominación o de violencia y al precio de una puesta
en suspenso más o menos total de todo eso que está
asociado a las condiciones de existencia particulares). Las alianzas
fundadas sobre las homologías de posición -por ejemplo
aquellas que se han establecido, coyunturalmente, entre los agentes
que ocupan posiciones dominadas en el campo social tomado en su
conjunto- son de esta suerte: a menos que se instale en el imaginario,
como numerosos reencuentros soñados entre los "intelectuales"
y el "proletariado", ellas tienen tantas más
chances de surgir y de durar en cuanto que los compañeros
que se reúnen a la distancia alrededor de palabras de orden
vago, de plataformas abstractas y de programas formales, tienen
menos ocasión de entrar en las interacciones directas,
de verse y de hablarse; en efecto, los encuentros ponen en presencia
no individuos abstractos, definidos solamente bajo la relación
de su posición en una región determinada del espacio
social, sino personas totales de las cuales todas las prácticas,
todos los discursos y hasta la simple apariencia corporal expresan
habitus divergentes y, al menos potencialmente, antagonistas.
· La crisis como revelador.
Instaurando un tiempo objetivo, o si se quiere, histórico,
es decir trascendente a las duraciones propias a los diferentes
campos, la situación de crisis general vuelve prácticamente
contemporáneos, por un tiempo más o menos largo,
agentes que, más allá de su contemporaneidad teórica,
evolucionan en tiempos sociales más o menos completamente
separados, teniendo cada campo su duración y su historia
propias con sus fechas, sus acontecimientos, crisis o revoluciones,
sus ritmos de evolución específicos. Más
aún ella vuelve contemporáneos de ellos mismos a
los agentes de los cuales la biografía es justiciable lo
mismo de sistemas de periodización que hay de campos a
ritmos diferentes en los cuales participan. Y el mismo efecto
de sincronización que explica la lógica colectiva
de la crisis, particularmente eso que se percibe como "politización",
explica también la relación entre las crisis individuales
y las crisis colectivas de las que son la ocasión: favoreciendo
la intersección de espacios sociales distintos y haciendo
encontrarse en la conciencia de los agentes las prácticas
y los discursos a los que la autonomía de los diferentes
campos, y el desplazamiento en la sucesión de elecciones
contradictorias que ella autoriza, asegura una forma práctica
de compatibilidad, la crisis general produce los conflictos de
legitimidad que dan lugar muchas veces a discusiones últimas;
ella impone revisiones desgarradoras destinadas a restaurar, al
menos simbólicamente, la unidad de la "conducta de
la vida".
La sincronización tiene por efecto principal obligar a
introducir en las tomas de posición una coherencia relativa
que no es exigida en tiempos ordinarios, es decir cuando la autonomía
relativa de los espacios y de los tiempos sociales hace posible
ocupar sucesivamente posiciones distintas y producir tomas de
posición diferentes o divergentes, pero conformes en cada
caso alas exigencias de la posición ocupada: la propensión
a las sinceridades sucesivas está inscripta en la pluralidad
de las posiciones sociales (muchas veces ligada a la pluralidad
de las locaciones espaciales) que crece, se sabe, cuando uno se
eleva en la jerarquía social. (He aquí uno de los
fundamentos de la impresión de "autenticidad"
que procuran los ocupantes de las posiciones dominadas, socialmente
asignadas a una posición profesional única y muchas
veces definida de manera rígida, y poco dotados por ello
de las disposiciones necesarias para ocupar sucesivamente las
posiciones diferentes, puesto que las disposiciones impuestas
por esas condiciones de existencia unitaria encuentran un reforzamiento
en los mandamientos explícitos de la ética, que
valoriza la gente "de cuerpo entero", "yo soy así",
etc.). Obligando a organizar todas las tomas de posición
en referencia a la posición ocupada en un campo determinado
y sólo a ella, la crisis tiende a sustituir la división
en campos claramente distintos (según la lógica
de la guerra civil) por la distribución continua entre
dos polos y a todas las pertenencias múltiples, parcialmente
contradictorias, que la separación de los espacios y de
los tiempos permite conciliar. Dicho de otra forma, imponiendo
resolver todas las cosas a partir de un principio de elección
único y excluyendo así los falsos-fugitivos y las
escapatorias asociadas a la pluralidad de los cuadros de referencia,
ella trata como un revelador, y desanima o prohíbe las
concesiones más a menudo tácitas que explícitas
("se deja decir", "se cierran los ojos"),
los compromisos, los acomodamientos, las transacciones y los compromisos
que vuelven la coexistencia tolerable; forzando a elegir y a proclamar
sus elecciones, multiplicando las situaciones donde no elegir
es todavía una manera de elegir, ella resuelve en el flujo
más o menos concientemente mantenido para con y contra
todos los factores de fisión. Los sentimientos y los juicios
reprimidos surgen a la luz del día y podrían emplearse,
para describir los efectos de sincronización y de alternativa
inevitable que ella impone, las palabras de Lanzón a propósito
del caso Dreyfus (subrayando de paso la validez general del análisis
propuesto): "Cada grupo, cada individuo muestra, si puedo
decir, el fondo de su bolsillo, y su tendencia interior"
.
Este efecto se encuentra redoblado, en el caso de una crisis de
dominante simbólico, por la puesta en cuestión global,
apelando a una respuesta sistemática, que determina la
aparición en un sector del universo de actos y de discursos
paradójicos, discrediting events, como dice Goffman, de
manera que estremece la doxa sobre la que reposa el orden ordinario:
esas son las situaciones extraordinarias en las que el paradigma
es sin duda el "juntarse general" poniendo en escena,
en los locales universitarios mismos, y tal vez en presencia de
los profesores, la inversión simbólica de la relación
pedagógica ordinaria (con, por ejemplo, el tuteo de los
profesores más canosos) y la trasgresión práctica
o explícita de los presupuestos objetivos y sobre todo
incorporados de esta relación; esos son los actores extraordinarios
que revelan esas situaciones, estudiantes bruscamente salidos
del anonimato, sindicalistas oscuros, conocidos sólo por
los iniciados, promovidos seguido al estatuto de tribunos políticos,
de líderes revolucionarios, etc.; esas son en fin todas
las puestas en cuestión dramáticas o teatralizadas
de las creencias y representaciones que los agentes ordinarios
se hacen del mundo ordinario, tales como las destituciones simbólicas
de las autoridades universitarias y las destrucciones simbólicas
de los símbolos de los poderes económicos (la Bolsa),
culturales (el Odeón o el hotel Massa) o, a la inversa,
todas las formas de negación mágica de las relaciones
sociales reales, con las diferentes ceremonias de fraternización
simbólica.
Está claro que los discursos y las manifestaciones críticas
no pueden romper la relación dóxica en el mundo
social, que es efecto de la correspondencia entre las estructuras
objetivas y las estructuras incorporadas, que por tanto ellos
reencuentran, en la objetividad, el estado crítico propio
a desconcertar, por su lógica propia, las anticipaciones
y las esperas pre-perceptivas que fundan la continuidad sin historia
de las percepciones y de las acciones del sentido común.
Si la crisis se ha ligado en parte con la crítica, es que
ella introduce en la duración una ruptura, que ella pone
en suspenso el orden ordinario de las sucesiones y la experiencia
ordinaria del tiempo como presencia de un porvenir ya presente;
desordenando en la realidad o en la representación la estructura
de las chances objetivas (de beneficio, de éxito social,
etc.) a la cual se encuentra espontáneamente ajustada la
conducta reputada como razonable y que hace el orden social como
mundo con el cual se puede contar, es decir previsible y calculable,
ella tiende a descubrir el sentido de la ubicación, sense
of one's place y sentido de la buena inversión, que es
inseparablemente un sentido de las realidades y de las posibilidades
que llamamos razonables. Esto es el momento crítico donde,
en ruptura con la experiencia ordinaria del tiempo como simple
reconducción del pasado o de un porvenir inscripto en el
pasado, todo deviene posible (al menos en apariencia), donde los
futuros parecen verdaderamente contingentes, los porvenires realmente
indeterminados, el instante verdaderamente instantáneo,
suspendido, sin continuación previsible o prescripta.
La crisis hace aparecer retrospectivamente el campo (en este caso,
el campo universitario) en su verdad objetiva de sistema de regularidades
objetivas, más o menos (muy poco, en ese caso) convertidas
en reglas o en reglamentos explícitos, con los cuales cada
agente puede y debe contar para organizar sus inversiones; las
posibilidades objetivamente inscriptas en ese mundo son, en lo
esencial, atribuidas de antemano y el capital (objetivado o incorporado)
confiere los derechos de preferencia sobre los posibles, posiciones
susceptibles de ser ocupadas, poderes o privilegios susceptibles
de ser obtenidos. Es esta estructura temporal del campo, manifestada
en las carreras, las trayectorias, los cursus honorum, que se
encuentra en sacudida: la incertidumbre concerniente al porvenir
que la crisis instituye en la objetividad de manera que cada uno
puede creer que los procesos de reproducción son suspendidos
por un momento, y que todos los futuros son posibles y para todos.
Va de suyo que la indeterminación provisoria de los posibles
es percibida y apreciada muy diferentemente. Ella engendra esperanzas
más o menos "locas" en algunos, puntualmente
en todos aquellos que ocupan las posiciones intermediarias en
los diferentes campos, que pretenden llevar a proyectar sobre
el antiguo orden que continúan reconociendo íntimamente
las aspiraciones nuevas que éste excluía y que su
puesta en cuestión vuelve posibles. Para aquellos que,
al contrario, han estado ligados en parte con el orden establecido
y con su reproducción, es decir con el devenir "normal"
de esta economía en la cual ellos han invertido todo, y
desde siempre, el surgimiento de la discontinuidad objetiva, manifiestan
brutalmente en la imaginación ciertas escenas ejemplares,
bien hechas para atestiguar que "todo es posible" en
un mundo dado vuelta -profesores reducidos a escuchar a los alumnos,
Cohn-Bendit entrevistado por Sartre, etc.-, toma el aspecto de
fin del mundo: las reacciones de los maestros más completamente
identificados con ese mundo social que, durante mucho tiempo se
inscribió en el tiempo cíclico de la reproducción
simple, se emparentaba con las de las sociedades tradicionales,
evocando la desesperación y el desorden de los ancianos
de esas sociedades ante la irrupción de modos de vida y
de pensamiento antagonistas a lo axiomático mismo de su
existencia.
Tales como los viejos campesinos kabyles hablando de las maneras
heréticas de cultivar de los jóvenes, no pueden
más que decir su estupefacción, su incredulidad
ante lo increíble, el mundo dado vuelta, desmentido en
su creencia más íntima, de todo eso que les tiende
al corazón: "Al contrario, pero ¿cómo
decirlo? ¿Es verdad? ¿No es una mentira o una calumnia?
Se me dice que los profesores habrían venido estas últimas
semanas no solamente a rechazar tomar exámenes -lo que
de suyo puede defenderse- si no a boicotearlos, marcando deliberadamente
la forma incorrecta. Me lo dijeron, pero no pude creerlo. Los
profesores que hicieran eso no serían más profesores.
Ellos acabarían sin ninguna duda por desconsiderarnos.
Pero, sobre todo, ellos arruinarían los valores sobre los
cuales reposa nuestra vida profesional, cuyo principio mismo exige
que ninguna falta sea posible." (J. de Romilly, Nous autres
professeurs, Paris, Fayard, 1969, p. 20). "
Los diarios
y la radio no han cesado de decir durante la crisis de mayo y
junio que los estudiantes y los "profesores" decían
o hacían aquí o allá. Es verdad que los profesores
en el sentido estricto de la palabra han manifestado junto a los
estudiantes, para el horror visceral de la policía, pero
en la inmensa mayoría de los casos, los universitarios
que se han asociado a los estudiantes revolucionarios por la persecución
de fines precisos han sido los asistentes o los maestro-asistentes.
El público, al que no se le indicaba nada, se preguntaba
con estupor durante la crisis y continúa preguntándose
cómo es posible que los "profesores" hayan participado
con furia en las manifestaciones dirigidas contra los "profesores".
(F. Robert, Un mandarin prend la parole, Paris, PUF, 1970, p.
48) De hecho, esos profesores invertidos han perdido mucho tiempo
para salir del "estupor" donde los había arrojado
"la irrupción de los bárbaros, inconscientes
de su barbarie" (R. Aron, La révolution introuvable,
Paris, Fayard, 1968, p. 13). Teniendo que defender lo inatacable,
un universo sin obligaciones ni sanciones explícitas, fundado
sobre el "consenso espontáneo" y la "adhesión
a las evidencias" (Cf. R. Aron, op. cit., pp. 13, 45, 56),
no tenían, propiamente hablando, argumentos. Por otra parte,
se puede y se debe argumentar para defender lo que va de suyo?
No hacen más que contar su actividad de enseñanza,
como si la descripción (maravillada) de su práctica
encerrara la prueba de su excelencia: "Que un docente digno
de ese nombre implique la objetividad intelectual y, consecuentemente,
una estricta neutralidad política en el ejercicio de nuestro
oficio, he ahí una evidencia que no debería tener
la necesidad de ser recordada" (J. de Romilly, op. cit.,
p. 14). El docente es evocado en un lenguaje casi religioso: la
hora de curso es un instante de gracia, un momento de comunión
intensa con los alumnos; y el alegato por la profesión
se acaba en una profesión de fe y de amor: "Yo soy
de esos que aman su oficio" (p. 9). "Yo estaba orgulloso
de mi oficio y lo estoy todavía" (p. 8). "Yo
he conocido la felicidad de enseñar; yo he conocido las
virtudes universitarias, a la cabeza de las cuales viene la probidad,
una probidad muchas veces empujada hasta el escrúpulo.
Me divierten, los alumnos o los estudiantes que quieren controlar
los exámenes. ¡Si ellos supieran! (p.15)
Al contrario, está claro que los docentes están
tanto más inclinados a proyectarse en los posibles indeterminados
que les ofrecen los disrupting events, a tirar sus fantasmas,
a favor del levantamiento de la censura, sobre la página
en blanco del porvenir así ofrecido, en tanto están
menos ligados objetiva y subjetivamente, en su presente y en su
porvenir, al antiguo estado del sistema, y a las garantías
estatutarias de su competencia específica, en tanto tienen
menos invertido y que tienen menos que esperar a cambio. Los habitus
y los intereses asociados a una trayectoria y a una posición
en el espacio universitario (facultad, disciplina, trayectoria
escolar, trayectoria social) son el principio de la percepción
y de la apreciación de los acontecimientos críticos
y, por ello, la mediación a través de la cual los
efectos de estos acontecimientos se efectúan en las prácticas.
Al efecto de la provocación simbólica que, haciendo
surgir lo insólito o lo impensable, quiebra la adhesión
inmediata a la evidencia del orden instituido, se agrega el efecto
de todas las técnicas sociales de contestación o
de subversión, que se trata tanto de manifestaciones como
de transgresiones colectivas, de la ocupación de espacios
reservados y del desvío a fines inhabituales de objetos
o de lugares sociales cuya definición social se encuentra
así suspendida, teatros, anfiteatros, ateliers, fábricas
etc., o en fin, con la huelga local o general, de la puesta en
suspenso de las actividades que estructuran la existencia ordinaria.
La ruptura de los ritmos temporales que determina la huelga no
tiene por efecto solamente producir tiempo libre, feriado, festivo;
como los días feriados reproducen el efecto de sincronización
producido por el acontecimiento histórico que ellos conmemoran,
la huelga manifiesta y amplifica el efecto de sincronización
de la crisis; sustituyendo a los tiempos de la existencia ordinaria,
tiempos múltiples, específicos según los
campos y llenos de todas las actividades inscriptas en los calendarios
particulares, por un tiempo vago y casi vacío, común
a los diferentes campos y a los diferentes grupos, que, como el
tiempo de la fiesta en la descripción durkheimiana, es
definido por la inversión de la temporalidad ordinaria,
la huelga materializa y redobla, por el efecto simbólico
de la manifestación, todos los efectos propios de la crisis.
El efecto de sincronización juega acá a pleno: el
tiempo deviene un tiempo público, idéntico para
todos, a la medida de los mismos reparos, a las mismas presencias,
que, imponiéndose a todos simultáneamente, imponen
a todos la presencia en el mismo presente. En otras palabras,
de la misma forma que en la fiesta cada uno se encuentra reforzado
en sus disposiciones festivas por el espectáculo que los
otros le dan de su alegría, de la misma manera aquí
cada uno se encuentra revelado a sí mismo, y así
reforzado, o legitimado, en su malestar o su revuelta, por el
hecho de ver extenderse y expresarse la revuelta o el malestar
de los otros (lo que da tal vez a los debates el aire de psicodrama
o de logoterapia). Queda entonces que la coincidencia no es jamás
perfecta y que, detrás de la apariencia de homogeneidad
que se retira del discurso de los portavoces, se disimula la diversidad
de las experiencias y de las expresiones. Es así que por
ejemplo que, cuando el malestar de los estudiantes y de los maestros
nacidos de categorías sociales, hasta ese momento poco
representadas en las instituciones de enseñanza secundaria
y sobre todo superior, ha venido a expresarse, a favor de la crisis,
y puntualmente en las regiones del espacio escolar donde esas
categorías son las más representadas, como en las
pequeñas universidades provinciales, se ha podido ver que
el cuestionamiento que encerraba, aunque en apariencia menos radical
y universal que aquella de la vanguardia parisina, más
inclinada a las fraternizaciones simbólicas y a al verbalismo
revolucionario, se orientaba sin duda más directamente
hacia el inmenso zócalo de silencio que está en
el fundamento de la institución universitaria . Pero el
movimiento desencadenado por la revuelta nobiliaria de los estudiantes
de origen burgués no tenía más que pocas
chances de llevar a la luz del día todo lo que escondía,
en la fase de equilibrio, la complicidad inmediata entre los agentes
y los presupuestos tácitos de la institución, efecto
de la selección inseparablemente social y escolar de individuos
que poseen las disposiciones isomorfas a las posiciones constitutivas
del espacio universitario. En efecto, los diferentes portavoces
titulares del movimiento estudiantil o de los sindicatos de docentes
(u otros) no estaban apenas predispuestos a expresar un malestar
que no tenía nombre en la fraseología de los aparatos
políticos y sindicales, poco preparados para percibir y
enunciar la dimensión propiamente cultural de la dominación.
En cuanto al discurso espontaneísta de los cabecillas surgidos
del movimiento de contestación, éste encuentra a
menudo su principio -como lo dicen slogans tales como "¡La
Sorbonne para los obreros!" o "¡Los obreros a
la Sorbonne!"- en la negación mágica de los
factores determinantes de ese malestar.
En el caso del sindicato de docentes dominante, el SNESup, la
corriente que está sin duda más próxima de
los nuevos entrantes y de los "intrusos" por su base
social es también la más directamente inspirada
o controlada por los aparatos más o menos desprovistos
totalmente de reflexión libre y original sobre el sistema
de enseñanza. La tendencia "izquierdista" que
tiene la dirección del sindicato de 1966 a 1969 y que,
a través de Alain Geismar, entonces secretario general,
juega un rol importante en el movimiento de Mayo, propone una
contestación global a la cultura llevada adelante por el
sistema escolar, a las relaciones jerárquicas (entre patrones
y asistentes, entre docentes y estudiantes) pensados sobre el
modelo de las relaciones de clase como "relaciones de opresores
a oprimidos", y considera el sindicato como un organismo
de "combate contra el sistema capitalista y su institución
universitaria". La tendencia opuesta, que toma la dirección
del sindicato en ocasión del congreso extraordinario de
marzo de 1969 (Cf. F. Gaussen, L'opposition proche du PC renverse
la direction "gauchiste" du SNESup*, le Monde, 18 de
marzo de 1969), y que es dominada por los militantes del Partido
Comunista, tiende a concentrarse sobre las tareas propiamente
sindicales y hace llevar lo esencial de las reivindicaciones sobre
los "medios materiales", la reforma de las carreras
de los docentes, la democratización del acceso a la enseñanza
superior, las "posibilidades de intervención al seno
de los consejos de las unidades de enseñanza y de investigación".
La ausencia más o menos total de análisis del funcionamiento
y de las funciones específicas de la enseñanza,
el silencio absoluto, justificado por la preocupación de
"preservar lo adquirido", sobre las contradicciones
mayores -entre las condiciones de la calidad científica
de los docentes y de las enseñanzas y las condiciones de
la democratización, por ejemplo- hacen que ese programa
tienda a utilizar el imperativo de la "democratización
del acceso a la enseñanza superior", slogan vago y
vacío, como ideología justificativa de las reivindicaciones
corporatistas de los docentes subalternos que constituyen la base
social del SNESup. Esto a favor de una amalgama, favorecida por
la denuncia "izquierdista" de los "mandarines"
y de los "conservadores" entre las jerarquías
universitarias -que no son siempre completamente desprovistas
de fundamento científico o técnico- y las jerarquías
sociales, entre la "democratización" de la población
de los enseñados y la nivelación de la población
de los enseñantes.
· Las opiniones publicadas.
Multiplicando las ocasiones propiamente políticas, manifestaciones,
asambleas, meetings, etc., donde se elaboran y se profesan públicamente
y colectivamente las tomas de posición políticas,
mociones, peticiones, plataformas, manifiestos, programas, etc.,
la crisis conduce a la constitución de una problemática
política común, de un espacio de tomas de posición
constituidas, es decir explicitadamente puestas y notoriamente
relacionadas con agentes y grupos socialmente situados, sindicatos
partidos, movimientos, asociaciones, etc. ; desde entonces, que
se debilite o no, que se sepa o no, ya no se puede evitar más
situarse o ser situado en el espacio de posiciones posibles. Se
ha terminado la ingenuidad y la inocencia política . Concretamente,
a través de todas las ocasiones que obligan a declararse
o a traicionarse públicamente, es decir a "elegir
su campo", de buen grado o de mal grado, y cuyo caso límite
está representado por esos tipos de confesiones públicas,
libres o forzadas, que fueron tantas intervenciones en las asambleas
del '68, resumiendo, a través del develamiento generalizado
de las opiniones políticas que ella favorece, la crisis
política compele a cada agente (empujado también
en ese sentido por todos los efectos ya analizados) a engendrar
el conjunto de esas elecciones a partir de un principio propiamente
político y a aplicar ese mismo principio a la percepción
y a la apreciación de las elecciones de otros agentes .
Ella tiende de paso a introducir las separaciones definitivas
entre gente que concordaba hasta ese momento porque dejaba a un
lado, o al estado implícito, por una suerte de acuerdo
tácito, las diferencias que podían separarlas, particularmente
en materia política. Eso que se llama la "politización"
designa el proceso al termino del cual el principio de visión
y de división política tiende a llevar sobre todos
los otros, que aproxima gente fuertemente alejada según
los antiguos criterios y que aleja gente muy próxima en
los juicios y las elecciones de la existencia anterior: la exaltación
emocional suscitada por la "revuelta de los maestros-asistentes"
a podido así llevar ciertos "universitarios eminentes"
a reunirse, el espacio de una petición y tal vez durablemente,
con los "profesores ordinarios" para con los cuales
no había hasta allí más que desprecio ; entre
tanto los acercamientos, destinados a aparecer en el otro campo
como fraternizaciones contra natura, se establecen así,
mas allá de las diferencias de grado, de estatutos y de
competencia reconocida, entre aquellos que comulgaban en el "espíritu
de Mayo". La lógica del pensamiento clasificatorio
que tiende así a imponerse lleva a cada uno a pensarse
como persona colectiva, que habla con toda la autoridad de un
grupo, al mismo tiempo que a instituir cada uno de los miembros
de la clase opuesta como responsables de los hechos y de los malos
hechos del conjunto del grupo en el cual participa: tal como el
profesor que, en el curso de un seminario tenido durante la semana
de Mayo, discute con sus estudiantes, se piensa -él lo
dirá en sus Memorias - como instaurando una discusión
con los "estudiantes maoístas" o con "el
movimiento izquierdistas" ; y ese grupo de profesores eminentes
que, al mismo momento, trabaja para preparar los principios de
una reforma de la Universidad acoge con la atención debida
a una persona moral las intervenciones de un estudiante en ciencias
sin mandato que viene cada vez mas tomando parte en sus discusiones.
En la existencia ordinaria, el principio propiamente político
de elegir no es en un sentido más que el relevo visible
de factores que, como las disposiciones y los intereses, son ligados
a la posición (en el espacio social, en el campo de poder
y en el campo universitario); pero, en razón de su carácter
explicito y diferencial de partido (o de partido tomado), posición
afirmada y determinada negativamente por el conjunto de las posiciones
diferentes u opuestas, permite la aplicación generalizada
y sistemática de criterios específicamente políticos
al conjunto de los problemas, y particularmente, a aquellos mismos
que tocan solamente intereses secundarios, marginales (este efecto
de generalización y de sistematización siendo evidentemente
tanto más "exitoso" que el capital cultural es
más importante y la inclinación y la aptitud a la
coherencia más grande, lo que ubica a los universitarios
y a los intelectuales, profesionales de la cosa, en una posición
privilegiada). Es así que los maestros-asistentes que son
favorables al cambio sobre un punto fundamental (para ellos y
también para la reproducción del sistema), a saber
la cuestión de las carreras, serán conducidos por
la inquietud de obedecer al principio explicito y objetivado de
sus opiniones políticas constituidas para tomar las posiciones
progresistas sobre los problemas, universitarios (como la selección)
u otros, que no tocan directamente sus intereses . Y puede comprenderse
mismo en esta lógica los casos, paradójicos, cuyo
paradigma es aquel de los aristócratas del Ancien Régime
convertidos a las ideas nuevas, donde las obligaciones formales
de la coherencia llevan sobre el efecto de los intereses focalizados.
Es porque no se pasa de las posiciones sociales a las tomas de
posición sobre cuestiones secundarias mas que por la meditación
de las opiniones políticas constituidas (lo que no quiere
decir necesariamente publicadas, publicas), que esas tomas de
posición nacidas de un principio explicito pueden amenazar
(todo de manera teórica, al menos fuera de los tiempos
de crisis) los intereses inscriptos en la posición. La
crisis del campo universitario como revolución especifica
que pone en cuestión directamente los intereses asociados
a una posición dominante en ese campo tiene por efecto
suspender la distancia en relación con los intereses propiamente
universitarios que podía introducir la autonomía
relativa de la lógica propiamente política: las
reacciones primarias ante la crisis tienen claramente por principio
la posición de los docentes en el campo universitario o,
mas precisamente, el grado en el cual la satisfacción presente
y futura de sus intereses específicos depende de la conservación
o de la subversión de las relaciones de fuerza constitutivas
del campo universitario. Si esas tomas de posición, cuyos
determinantes sociales se encuentran así manifestados a
la luz del día, pueden aparecer como conversiones o renegamientos,
es que, por mucho tiempo el orden universitario no es amenazado,
las tomas de partido especialmente sobre el terreno de la política
general, pero también, aunque en los limites mas restringidos,
sobre el terreno propiamente universitario, pueden tener por principio
no la posición en el campo universitario sino, sobre todo
para los profesores mas próximos al polo "intelectual",
la posición en el campo de poder y el partido político
que es tradicionalmente inscripto, sobre el modo de ser y del
deber ser, en las posiciones dominadas de ese campo. El desvío
de los intereses primarios, inscriptos en el campo de pertenencia
más próximo, obliga a renunciar a los juegos que
permitían las pertenencias de niveles diferentes; y, numerosas
tomas de partidos por o contra el movimiento de Mayo son racionalizaciones
políticas, impuestas por el efecto de politización,
de reacciones que no tiene la política por principio: la
situación de la filología o la lingüística,
o mismo de tal corriente de la lingüística, se deja
percibir en los compromisos de apariencia puramente política
-contra el Partido Comunista y los izquierdistas, o con el Partido
Comunista y contra los izquierdistas, asimilados, en tal caso
particular, al modernismo y, por ello, a Estados Unidos o al chomskysmo-
donde se expresan las pulsiones y los impulsos, a menudo patéticos,
de individuos o de grupos ligados a defender su ser social.
· La ilusión de la espontaneidad.
El efecto de context awareness que resulta de la percepción
global de posiciones manifiestas (y que se ejerce tanto más
fuerte sobre los agentes en cuanto que la competencia política
les es más fuertemente asignada socialmente) tiende sin
duda a reducir la eficacia de los efectos de la allodoxia volviendo
menos ligera, menos revuelta, entonces más legible que
en la existencia ordinaria, la relación que se establece
entre el espacio de las tomas de posición políticas
y el espacio de las posiciones sociales. Pero va de suyo que las
diferentes especies de opiniones objetivadas, manifestaciones,
slogans, peticiones, manifiestos, plataformas y programas, que
surgen en la situación de crisis son también alejados
de la opinión dicha pública obtenida por la agregación
estadística de opiniones aisladas (se sabe que la hostilidad
de los aparatos políticos o sindicales a la de las consultas
anónimas) que la opinión colectiva que nacería
espontáneamente de la dialéctica espontánea
de las opiniones individuales libremente expresadas y confrontadas,
en la fusión y la efusión del entusiasmo revolucionario.
Ni adición mecánica de las opiniones individuales,
ni fusión mística de las conciencias exaltadas por
la efervescencia colectiva, la producción simbólica
de los tiempos de crisis no es diferente en su principio de aquella
que se cumple en los tiempos ordinarios a través del intercambio
-lo más a menudo en sentido único- entre los profesionales
de la construcción y de la imposición de la definición
del mundo social y aquellos que son considerados de expresarse
-si eso no es más que, como lo hemos visto, la acción
política de movilización de los dominados que encuentra
un refuerzo en la crisis y los efectos de "politización"
que ella determina. El mito de la toma de conciencia como fundamento
de la reunión voluntaria de un grupo alrededor de intereses
comunes conscientemente aprehendidos o, si se prefiere, como coincidencia
inmediata de las conciencias individuales del conjunto de los
miembros de la clase teórica con las leyes inmanentes de
la historia que los constituyen como grupo al mismo tiempo que
ellas le asignan los fines a la vez necesarios y libres de su
acción, oculta el trabajo de construcción del grupo
y de la visión colectiva de mundo que se cumple en la construcción
de instituciones comunes y de una burocracia de plenipotenciarios
encargados de representar el grupo potencial de los agentes unidos
por las afinidades de habitus y de intereses, y de hacerlo existir
como fuerza política en y por esa representación.
Ese trabajo no es sin duda jamás tan importante como en
el periodo de crisis, donde el sentido de un mundo social más
que nunca intotalizable vacila; y de hecho, los aparatos políticos
y sobre todo los hombres de aparato, formados en las técnicas
sociales de manipulación de grupos por la frecuentación
de aparatos -se trataría de aquellos que hacen casi toda
la realidad de tantos grupúsculos y de sectas políticas,
más ricas en líderes que en militantes- no están
tal vez jamás tan presentes y activas como en estas circunstancias.
En las vastas reuniones semi-anónimas de los momentos críticos,
los mecanismos de la competencia por la expresión y la
imposición de la opinión legítima que, a
la manera de los mecanismos de mercado, tratan, como dice Engels
en alguna parte, "a pesar de la anarquía, en y por
la anarquía", favorecen a los poseedores de técnicas
de oratoria y de técnicas organizacionales de unanimización
y de monopolización del sentido y de la expresión
del sentido (como el voto a mano alzada o por aclamación
de mociones o de peticiones redactadas por algunos y a menudo
muy poco inspiradas en las interminables discusiones que ellas
habían considerado expresar, etc.) . Paradójicamente,
la aparición de portavoces hasta entonces desconocidos
y el desafío que ellos han lanzado a los heraldos titulados
de las grandes organizaciones políticas y sobre todo sindicales
han disimulado que no hay sin duda situación más
favorable a los profesionales de la toma de palabra pública
de tipo político que las situaciones de crisis en apariencia
totalmente abandonadas a la "espontaneidad de las masas":
y, de hecho, de la misma manera que los profetas del antiguo judaísmo
eran a menudo tránsfugas de la casta de los sacerdotes,
de la misma forma la mayor parte de los líderes surgidos
del "esfuerzo popular" habían tomado en realidad
sus clases políticas en aparatos diversos, el de los sindicatos
estudiantiles o universitarios o el de los partidos, grupúsculos
o sectas "revolucionarias" donde se adquiere una competencia
específica, hecha en lo esencial de un conjunto de instrumentos
lingüísticos y posturales, de una retórica
a la vez verbal y corporal, que permite tomar y tener los lugares
y los instrumentos institucionalizados de la palabra. Haría
falta evocar el estilo típico del discurso de Mayo, teatralización
populista del "discurso popular", en el cual el encadenamiento
sintáctico y articulatorio enmascara una formidable violencia
retórica, violencia blanda, distendida, pero envolvente
y punzante, especialmente visible en las técnicas de interpelación
y de interrupción, de puesta en cuestión y de puesta
en demora que permiten de tomar y tener la palabra, en las frases
en golpe de puño, que cortan en seco todas las sutilezas
analíticas, en la repetición obsesiva, destinada
a desanimar la interrupción y la interrogación,
etc. . Se olvida en efecto que la toma de palabra, de la que tanto
se ha hablado durante y después de Mayo, es siempre una
toma de la palabra de los otros, o más bien de su silencio,
como lo decían tan cruelmente esas reuniones de estudiantes
y "trabajadores" donde los portavoces de los primeros
ponían en escena la palabra y el silencio de los segundos:
en efecto, al presidente de una sociedad de los agregados más
o menos desprovistos de adherentes que habla en nombre de todos
los agregados, al secretario de un sindicato que compromete al
conjunto de sus adherentes sobre las palabras de orden surgidas
de su sólo habitus o del efecto de entrenamiento del modelo
soñado del líder revolucionario, al líder
de un día de una asamblea general que llama a votar una
moción revolucionaria a favor de la abolición de
los diplomas o una reforma del estatus de la Universidad nacido
de su imaginación corporativa; los individuos objetivamente
comprometidos por el efecto de pertenencia categórica no
pueden oponer más que el silencio resignado, las vanas
revueltas de la protesta serial o la fundación sectaria
de grupos disidentes, destinados a desaparecer o a conocer en
sí todos los efectos de la desposesión de la delegación.
Queda que existe un tipo de incompatibilidad entre las situaciones
de crisis y los aparatos, se trataría de aquellos que,
como los partidos de izquierda o los sindicatos obreros, deben
reproducir en tiempo ordinario ciertos efectos que la crisis produce
también, pero de manera esencialmente discontinua y extraordinaria,
como los efectos de "politización" y de movilización.
Así, la acción de representación que hace
la existencia percibida de la clase representada debe apoyarse
sobre instituciones oficiales dotadas de permanencias (locales,
oficinas, secretarías, etc.) y de permanentes que tienen
a cumplir continuamente, o con una periodicidad regulada y regular,
los actos destinados a mantener el estado de movilización
del grupo representado y del grupo de los representantes (producción
de volantes, pegado de afiches, venta de periódicos, distribución
de cartas, relevamiento de cotizaciones, organización de
congresos, de fiestas, de reuniones, de meetings, etc.) y que,
apoyándose sobre los efectos de su acción permanente,
pueden producir las crisis sobre el orden tales como manifestaciones,
huelgas, paros de trabajo, etc. hay ahí al menos la virtualidad
de una contradicción entre las tendencias inmanentes de
la organización permanente, y aquellos que están
ligados en parte con ella y con su reproducción, y los
fines que se supone que sirve: La autonomización de una
organización que deviene ella misma su propio fin lleva
a sacrificar las funciones externas por las funciones internas
de auto-reproducción. Así se explica que de los
aparatos oficialmente mandados para producir o mantener los estados
críticos puedan faltar a esa función cuando la crisis
no es un efecto controlado de su acción y que ella encierra
de esta manera una amenaza para su orden interno, sino su existencia
misma.
Sin duda la situación de crisis puede ser más favorable
que el orden ordinario para una subversión del espacio
de los portavoces, es decir del campo político en cuanto
tal. En efecto, por más pujante que sea el efecto de las
técnicas sociales que tienden a contrarrestar o a encuadrar
la improvisación de los no-profesionales, éstos,
reforzados y sostenidos por el encuentro de disposiciones afines,
pueden aprovechar el levantamiento de la censura para contribuir
al efecto sin duda más importante y más durable
de la crisis: la revolución simbólica como transformación
simbólica como transformación profunda de los modos
de pensar y de vida, y, más precisamente, de toda la dimensión
simbólica de la existencia cotidiana. Funcionando como
una suerte de ritual colectivo de ruptura con las rutinas y los
apegos ordinarios destinado a conducir la metanoia, a la conversión
espiritual, la crisis suscita innumerables conversiones simultáneas,
que se refuerzan y se sostienen mutuamente; ella transforma la
mirada que los agentes llevan de ordinario sobre lo simbólico
de las relaciones sociales, y especialmente de las jerarquías,
haciendo resurgir la dimensión política, altamente
reprimida, las prácticas simbólicas más ordinarias:
formulas de cortesía, gestos de presencia en uso entre
los rangos sociales, las edades o los sexos, hábitos cosméticos
y de la vestimenta, etc. Y sólo las técnicas del
Bildungsroman podrían permitir hacer ver cómo la
crisis colectiva y las crisis personales se sirven mutuamente
de ocasión, cómo la revisión política
se acompaña de una regeneración de la persona, atestiguado
por los cambios de la simbología de la vestimenta y cosmética
que sellan el compromiso total en una visión ético-política
del mundo social, instituido en principio de toda la conducta
de la vida, tanto privada como pública.
Notas:
* Traducido del original en francés por Paula Miguel
para uso interno de la cátedra. (Ver P. Bourdieu, Homo
Academicus, Paris, Minuit, 1984)
1. H. Poincaré, Congrès de physique de 1900,
I, 1900, 22, citado por G. Holton, L'invention scientifique, Themata
et interprétation, trad. P. Scherer, Paris, PUF, 1982,
p. 368.
2. Sobre esta oposición, ver P. Bourdieu, Le marché
des biens symboliques, l'Année sociologique, vol. 22, 1971,
pp. 49-126.
3. El hecho de que el sistema de enseñanza tienda a
devenir el instrumento oficial de la de la redistribución
del derecho a ocupar una parte, sin cesar creciente, de las posiciones
y uno de los principales instrumentos de la conservación
o de la transformación de la estructura de las relaciones
de clase por el mantenimiento o el cambio de la cantidad y de
la calidad (social) de los ocupantes de las posiciones en esta
estructura, el número de agentes individuales o colectivos
(asociaciones de padres de alumnos, administración, jefe
de empresa, etc.) que se interesan en su funcionamiento y pretenden
modificarlo mientras esperan la satisfacción de sus intereses,
tiende a aumentar. Pueden verse índices de este proceso
en la extensión de las asociaciones de padres de alumnos
a las clases medias, la creación de un nuevo tipo de asociaciones
familiares en las que la acción se lleva principalmente
hacia el sistema de enseñanza, la aparición de grupos
de presión específicos -tales como los que organizan
los coloquios de Caen, Amiens u Orléans- reuniendo patrones,
tecnócratas y maestros (y, secundariamente, el lugar reservado
a los problemas de la enseñanza en los diarios, que hoy
en día tienen uno o más "especialistas",
agrupados en asociación, o más aún la parte
de las cuestiones consagradas a estos problemas en los sondeos
de opinión).
4. Estas reflexiones e interrogantes pueden, al parecer, ser
extendidos a toda crisis (o revolución): a falta de aprehender
como tal la lógica de los diferentes campos, ¿no
es llevada, ya sea a darse como saliendo de sí la unidad
de los acontecimientos revolucionarios, ya sea, a la inversa,
a tratar las diferentes crisis sociales como momentos sucesivos
correspondientes a grupos diferentes (revolución aristocrática,
parlamentaria, campesina, etc.), movidos por diferentes móviles,
de un grupo aditivo de crisis separadas, justiciables, en última
instancia, de explicaciones separadas? Si cada revolución
encierra en realidad varias revoluciones ligadas entre sí
y reenvía entonces a varios sistemas de causas, ¿no
es necesario reformular la pregunta sobre las causas y los efectos
de la integración de crisis particulares? Etc.
5. Sobre este punto, particularmente sobre la lógica
propiamente estadística de la reproducción escolar
y sobre los efectos unificadores de la experiencia común
de la devaluación, ver P. Bourdieu, Classement, déclassement
et reclassement, Actes de la recherche en sciences sociales, 24,
noviembre 1978, pp. 2-23 y La distinction, pp. 147-185.
6. Se ve así que todos aquellos (y son numerosos) que
han querido pensar la crisis de Mayo según el esquema del
conflicto de generaciones (en el sentido ordinario) se han dejado
llevar por las apariencias. Se sabe que la devaluación
de los títulos ha tenido efectos completamente diferentes
según el origen social de los agentes concernidos.
7. Entre las razones que limitan la validez de la analogía
de la inflación -a la que he recurrido en una fase antigua
de mi trabajo (Cf. P. Bourdieu, L'inflation des titres escolaires,
Ronéotypé, Montreal, 1973)- está el hecho
de que los agentes pueden oponer a la devaluación estrategias
individuales o colectivas, como aquellas que consisten en producir
nuevos mercados propios para hacer valer los títulos (creación
de nuevas profesiones) o a modificar más o menos completamente
los criterios que definen el derecho a ocupar las posiciones dominantes
y, correlativamente, la estructura de posiciones al interior del
campo de poder.
8. Numerosas interacciones, e incluso de relaciones sociales
más o menos durables, tienen por principio la búsqueda
inconsciente de un reforzamiento objetivo de los sistemas de defensa
que son siempre por una parte (pero en grados muy variables) las
visiones del mundo social.
9. La vuelta a las realidades, verdadera vuelta del retroceso
social (que no tiene nada que ver con lo que se entiende ordinariamente
por "toma de conciencia"), y el hundimiento de las defensas
opuestas por mucho tiempo al descubrimiento de la verdad objetiva
de la posición ocupada pueden tomar la forma de una crisis
cuya violencia es sin duda tanto más grande en cuanto ha
sido diferida por mayor tiempo (Cf. la "crisis de la cuarentena")
y que puede encontrar en la crisis colectiva un desencadenante
y una ocasión de expresarse bajo una forma más o
menos sublimada (como testimonian todos los casos de conversión
ética o política asociados a la crisis de Mayo).
10. Este modelo no permite comprender exactamente las reacciones
individuales a la crisis: aquellas dependen de variables disposicionales,
ligadas al origen social, de variables posicionales, ligadas a
la posición de la disciplina y a la posición dentro
de la disciplina (estatuto universitario y prestigio intelectual)
y de variables coyunturales, particularmente de la intensidad
de la crisis y de la crítica a la institución universitaria
que depende de la disciplina (y de su localización parisina
o provincial) y de las tomas de posición más frecuentes
entre los agentes de un mismo rango o de un mismo estatuto.
11. Los historiadores del porvenir encontrarán tal vez
en los archivos de la policía las informaciones necesarias
para testear el modelo.
12. Para aquellos que verían una excepción en
el rol que cierto número de estudiantes de las escuelas
normales han tenido, antes y durante mayo de 1968, en los movimientos
subversivos bastará recordar que el período 1960-1970
ha estado marcado por una caída de la posición escolar
de la Escuela normal y también, sin duda, las posiciones
sociales objetivamente ofertadas a los estudiantes de las escuelas
normales -a pesar del reclutamiento de estudiantes de las escuelas
normales en las facultades-, que coincide con una elevación
del origen social de los alumnos. Así la parte de hijos
de miembros de las profesiones liberales, ingenieros y cuadros
superiores ha pasado del 38% entre 1958 y 1965, al 42% entre 1966
y 1973, y al 43,3% entre 1974 y 1977 en la ENS de la calle de
Ulm, del 14% entre 1956 y 1965, al 28,6% entre 1966 y 1973, y
al 32,2% entre 1974 y 1979 en la ENS de Saint -Cloud (J. N. Luc
y A. Barbé, Histoire de l'Ecole normale supérieur
de Saint-Cloud, Paris, Presses de la FNSP, 1982, tabla 10, p.
254, y tabla 6, p. 248).
13. Parece que, de manera general, la crisis ha revestido distintas
formas en las pequeñas facultades de provincia, donde el
volumen de las poblaciones reunidas y la "reserva" en
cabecillas políticos eran menos importantes, y donde, como
se ha visto, las relaciones entre los grados eran cualitativamente
muy diferentes.
14. Los dos procesos que se encuentran así puestos en
fase tienen su principio (al menos parcialmente) fuera del campo,
el primero en el conjunto de factores que han determinado el acrecentamiento
general de la escolarización secundaria y superior y la
distribución diferencial de los alumnos de diferentes orígenes
sociales entre las facultades y las disciplinas; el segundo en
las relaciones entre los diferentes sectores del campo universitario
y el mercado de trabajo o, si se prefiere, entre los títulos
y los puestos ofrecidos en el momento en el mercado de empleo,
con los efectos de "devaluación" diferencial
que tocan a los diferentes títulos y, más o menos
fuertemente según su capital social heredado, a los diferentes
poseedores.
15. En la mayor parte de las disciplinas, los investigadores
son de origen social más elevado que los docentes: el 58%
de los investigadores en sociología, el 52% de los investigadores
en psicología, el 56,5% de los investigadores en geografía
son originarios de las clases superiores, contra el 50%, 40%,
40,5% respectivamente de los docentes de la misma disciplina.
Fenómeno comprensible, ya que las chances de acceder hoy
en día a la carrera de investigación dependen fundamentalmente
de la posibilidad de mantenerse en la posición de estudiante
o de aprendiz de investigador (lo que, a pesar de becas y honorarios,
supone disposiciones de medios económicos de hecho reservados
a los más favorecidos) el tiempo suficiente para imponerse
en un grupo de investigación (gracias a las relaciones,
también desigualmente distribuidas) o para ganar el apoyo
de un "patrón" influyente.
* El concepto que el autor propone aquí deriva de la palabra
quiasmo: figura de la retórica que expresa un dilema (o
bien una tautología), jugando con dos términos poniéndolos
en diferente orden. (N. del T.)
16. Cf. G. Canguilhem, Idéologie et rationalité
dans l'histoire des sciences de la vie, Paris, Vrin, 1977, pp.
33-45.
17. Se ve que la intensidad particular que revisten los conflictos
en el campo de la sociología tiende sin duda ante todo
a la dispersión del cuerpo y que en todo caso no puede
verse, como ocurre a menudo, un índice de un mínimo
grado de cientificidad de la disciplina.
18. Se ha mostrado como ciertos asistentes de las facultades
de ciencias son llevados a aproximarse a sus estudiantes y abandonar
el rol magistral para escapar a las dificultades que hace surgir
para ellos la competencia de los maestros y de los "estudiantes
de escuelas normales" cuya "amenaza" es muchas
veces evocada en las conversaciones y que pueden ser asistentes
como ellos (P. Bourdieu, Épreuve scolaire et consécration
sociale, les classes préparatoires aux grandes écoles,
Actes de la recherche en sciences sociales, 39, septiembre de
1981, pp. 3-70).
19. J.-Y. Caro, Formation à la recherche économique
: scénario pour une réforme, Revue économique,
vol. 34, 4 de julio de 1983, pp. 673-690.
20. A falta de poder entregar aquí ya sean las anotaciones
etnográficas relevadas sobre el campo, inevitablemente
parciales y descosidas -por el hecho de la imposibilidad práctica
de la totalización-, ya sea un relato reconstruido a partir
de las observaciones y de los testimonios, no se puede más
que reenviar, por una evocación de atmósfera, a
las páginas que Flaubert consagra a la revolución
de 1848 en La educación sentimental y particularmente,
las que tocan las prácticas que se dan bajo el principio,
en torno a los "clubes" donde se elaboran los "sistemas
de felicidad pública" y donde se cruzan "las
mociones subversivas" ("¡No más academias!
¡No más instituto!" etc.).
* La comunicación fática es aquella donde, considerando
el esquema comunicativo, prima el canal por encima del enunciado,
es más importante el hecho de decir algo que lo que se
dice en sí, vale decir, la comunicación por la comunicación
misma. Esto puede ejemplificarse con las expresiones del tipo
"eh..." o "mmm..." con las que se llenan los
silencios en las charlas telefónicas, justamente para indicar
al interlocutor que el canal no se ha perdido, que la comunicación
se está llevando a cabo.
21. He aquí una de las razones que, contra las teorías
utilitaristas ingenuas tales como la que propone Olson en La logique
de l'action collective (de la que Albert Hirschman remarca, no
sin cierta crueldad, que ella ha debido sin duda su éxito,
luego de 1968, al hecho de que ella tendía a demostrar
la imposibilidad de los movimientos como aquellos de mayo del
'68), el trabajo político, aquel del militante de los tiempos
ordinarios o aquel de los manifestantes de las ocasiones extraordinarias,
pueda ser en sí mismo su propio fin y su propia recompensa:
los esfuerzos mismos de la lucha, sin hablar de las felicidades
de la solidaridad militante o del sentimiento del deber cumplido
o más aún de la experiencia, real o imaginaria,
del poder de transformar el mundo, constituyen por sí otras
tantas satisfacciones indiscutibles (Cf. A. Hirschman, Bonheure
privé, action publique, Fayard, 1984, pp. 135-157).
22. Lanzón, Histoire de la littérature française,
Paris, 1902, 7ª ed., p. 1091, citado por A. Compagnon, La
Troisième Republique des lettres, de Flaubert à
Proust, Paris, Seuil, 1983, p. 71.
23. Simbólicamente dominados en la institución
escolar, esos tipos de intrusos no han más que parcialmente
expresado el cuestionamiento que ellos hacen surgir por su presencia
desplazada y el malestar que ellos experimentan ante un sistema
transformado por el efecto de su presencia y de su malestar (como
se ve bien en el caso límite de los hijos de inmigrantes,
que hacen las preguntas más radicalmente excluidas del
funcionamiento normal de la institución).
* "La oposición cercana al PC voltea la dirección
"izquierdista" del SNESup." (N. del T.)
24. La manifestación del espacio de las opiniones lleva
a su intensidad máxima el efecto que produce la encuesta
de opinión cuando, a través de técnicas tan
inocentes en apariencia como la presentación de una escala
de opiniones o de un conjunto de respuestas preformadas a una
pregunta determinada, ella impone una problemática explícita,
es decir un espacio de tomas de posiciones constituidas.
25. Esa situación es, en permanencia aquella de los
hombres políticos (o, en un grado menor, los intelectuales),
hombres públicos sin cesar condenados a la opinión
publicada, pública, ostentada, requeridos entonces de alinear
todas sus opiniones y sus practicas sobre su posición declarada
en el espacio político y de reprimir en el secreto las
opiniones intimas propias a contradecir las tomas de posición
oficialmente ligados a la posición y al grupo que ellas
expresan -lo que implica un lenguaje fuertemente censurado y eufemizado.
26. Una de las consecuencias de estos análisis es hacer
aparecer la ingenuidad de la cuestión de la opinión
"verdadera": la opinión se define cada vez en
la relación singular entre una disposición expresiva
y una situación de mercado. Y podría darse por proyecto
establecer, para cada agente o clase de agentes, un perfil político
correspondiente a las opiniones que puede profesar (sobre cada
una de las cuestiones políticamente constituidas en el
momento considerado) en función delas leyes especificas
(de censura, especialmente) del mercado considerado (siendo la
situación de encuesta uno de esos mercados, situado al
lado del polo de la oficialidad); y de determinar en función
de cuáles características de la gente varía
la distancia entre opiniones publicas y opiniones íntimas.
27. Bastara para dar a estos análisis toda su generalidad,
con recordar las conversaciones de la duquesa de Guermantes haciendo
notar que, en tal salón "tan encantador en otro tiempo",
uno encuentra "todas las personas que uno se ha pasado la
vida evitando, con el pretexto de que ellas están contra
Dreyfus, y otras, de las que no se tiene idea quién es"
(M. Proust, A la recherche du temps perdu, II, Paris, Gallimard
(La Pléiade), 1954, P. 238).
28. También aquí, como en cada uno de los puntos
del análisis, se puede invocar a Proust: "M. de Norpois
hacía esas preguntas a Bloch con una vehemencia que, intimidando
a mi camarada, lo halagaba también; ya que el embajador
tenía el aire de dirigirse en él a todo un partido,
de interrogar a Bloch como si él hubiera recibido las confidencias
de ese partido y pudiera asumir la responsabilidad de las decisiones
que fueran tomadas. "Si usted no se desarma, continuó
M. de Norpois, sin esperar la respuesta colectiva de Bloch, si,
antes mismo que fuera secada la tinta del decreto que instituyera
el procedimiento de revisión, obedeciendo a yo no sé
qué insidiosa palabra de orden, usted no se desarma, pero
usted confirma en una oposición estéril que parece
para algunos la ultima ratio de la política, si usted retirara
sobre su tienda y quemara sus naves, eso sería para su
gran perjuicio" (M. Proust, op. cit., pp. 245-246).
29. En el periodo que sigue inmediatamente a la crisis, el
grado en que los problemas universitarios se imponen como problemas
políticos, debiendo ser planteados y resueltos a partir
de problemas políticos, en lugar de quedar en el orden
de lo indiscutido varía según las facultades, el
lazo entre las opiniones sobre la Universidad y las opiniones
políticas (lo que se llama la "politización")
que se refuerzan cuando se va de las facultades de medicina o
de derecho a las facultades de ciencias y de letras (Encuesta
del AEERS de 1969).
30. No se ha resaltado que la mayor parte de los "textos
de Mayo" son anónimos o firmados por siglas que no
permiten ubicar a los autores. Las posibilidades de análisis
se encuentran considerablemente limitadas: hace falta creer perdidamente
a la eficacia del análisis interno para esperar comprender
realmente tales escritos, de los cuales no pueden caracterizarse
socialmente ni los autores ni las condiciones sociales de producción
y de recepción (de aprobación). Esto valdría
sin duda para muchos de los escritos producidos en condiciones
similares.
31. El análisis de estos habitus dobles, la ambición
ambigua, y negada, permitiría comprender mejor el éxito
ulterior, en la prensa, la edición, las relaciones públicas,
el marketing, la empresa capitalista, de numerosos líderes
de Mayo.
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*Traducción a cargo de Paula Miguel