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ANIMALES DE SEXOS CAMBIADOS

Escrito en el cuerpo

Por Ileana Lotersztain

Quienes estudian la biología del comportamiento saben muy bien que existen conductas típicamente masculinas y otras que son una marca de femineidad. Lo que no está tan claro es dónde se origina la diferencia entre los sexos. Para Marc Weissburg, un biólogo del Instituto de Tecnología Georgia, en la ciudad de Atlanta, los sellos viril y mujeril no están puestos en el cerebro sino en las distintas partes del cuerpo, al menos en los cangrejos.

Tenazas afeminadas

El investigador norteamericano cuenta en la revista New Scientist que si se transplanta una pinza de un cangrejo hembra al cuerpo de un macho, éste nota el cambio y usa su nueva tenaza en una forma muy femenina. Weissburg trabaja con el cangrejo violinista, Uca pugilator. En estos crustáceos las patas delanteras terminan en pinzas, que se usan principalmente para defensa y alimentación. Estos apéndices son muy diferentes en los machos y las hembras. En las chicas las dos tenazas están equipadas con unos sensores que detectan la presencia de algas, su comida preferida. Los varones, en cambio, tienen sólo una pinza para alimentarse, y su sensibilidad tiene mucho que envidiarle al sofisticado apéndice femenino. La segunda pinza de los machos es mucho más grande y tiene colores llamativos. Los viriles cangrejos la manejan con mucha cancha, agitándola de un lado a otro. Si la exhibición está siendo observada por una linda cangrejita, la idea es conseguir que ésta caiga rendida a sus pies. Ahora bien, si el que está enfrente es otro muchacho, el mensaje es completamente distinto. En ese caso, el despliegue tiene como único objetivo demostrarle al intruso que meter sus narices en territorio ajeno puede costarle muy caro. A diferencia de la pinza pequeña, la tenaza de la guerra y el amor no sirve para detectar comida, pero es en cambio muy sensible al tacto y a la presión. Weissburg se propuso averiguar dónde residía la diferencia entre machos y hembras. Las posibilidades eran dos: que las chicas y los muchachos tuvieran sensores distintos en sus apéndices o que la diferencia estuviera en la porción del cerebro que controla las tenazas.

El hábito hace al monje

Para averiguar cuál de las dos hipótesis era correcta, el investigador arrancó la tenaza mayor de un cangrejo y la reemplazó por una tenaza femenina. Lejos de angustiarse, este varón se adaptó sin problemas a su nueva condición: dejó de dedicarse a pelear y flirtear con su pinza y empezó a usarla para rastrear su comida. Y no le vino mal el cambio, porque su habilidad aumentó hasta ser casi igual a la de las cangrejas. Con este experimento, el biólogo llegó a la conclusión de que cada apéndice "sabe" lo que tiene que hacer, independientemente de dónde se encuentre. El científico planea ahora repetir la experiencia, pero invirtiendo los roles. La idea es transferir una pinza grande a una hembra para ver cómo se comporta. Weissburg está convencido de que sus observaciones también deben ser válidas para otros animales, hombres incluidos. Y hasta se anima a poner un ejemplo. Según él, es cierto que las mujeres poseen un olfato más fino que los hombres, pero no porque sus cerebros procesan mejor las señales olfativas sino porque el tejido de sus narices es más sensible. "Lo que importa es la clase de nariz que uno tenga, no el tipo de cerebro."

Publicado en “Futuro”, Página 12, el sábado 5 de diciembre de 1998.

 

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