Sociedades secretas que, algunos años antes en 1970, Foucault había caracterizado bajo la figura de “sociedades de discurso”, entendiendo por estas a aquellos grupos cerrados encargados de producir discursos a través de reglas estrictas, para hacerlos circular en espacios acotados y estructurados, distribuyéndolos a través de regularidades rígidas y preestablecidas.[2] El ejemplo al que recurre Foucault en este caso es el de los antiguos grupos de rapsodas que poseían el conocimiento de los poemas para recitarlos y eventualmente variarlos o transformarlos. Y si bien puede pensarse que estos grupos son cosa del pasado, basta mirar a nuestro alrededor para reconocer con nitidez sus ecos en las pautas de validación del saber técnico o científico, en las formas de difusión del secreto médico, en las modalidades de apropiación del discurso económico y político.
Es verdad que en las últimas décadas asistimos al renacer de la tendencia crítica, o pensamiento negativo - como lo llama Massimo Cacciari[3]- al que reconoce, a lo largo de la historia, un curioso movimiento pendular, ya que a tiempos de pensamiento negativo sigue indefectiblemente una época de refundación. De todos modos, y más allá de pendularidades o vaivenes, cabe preguntar por la especificidad del pensamiento crítico contemporáneo, por su significado y alcance frente a las resonancias que en distintos sectores de la trama social tiene la nueva versión globalizada de las sociedades de discurso que la academia legitima.
En
este sentido, y en relación a la especificidad de la crítica que vemos emerger
en las últimas décadas, podemos señalar una clara “tendencia al desmenuzamiento
general de los suelos”[4]
que se realiza desde una perspectiva discontinua, particular, local, que
desafía los cánones establecidos al rechazar un régimen común de organización
de sus enunciados, de validación de sus afirmaciones y de esquematización de
sus posibles lecturas e interpretaciones.
Por otra parte, en relación a los alcances de esta modalidad crítica, Foucault nos habla tanto de los “retornos del saber” como de la “insurrección de los saberes sometidos”. La expresión “retornos del saber” hace referencia, en este caso, a la erudición del archivista que ilumina la memoria histórica de las luchas que sostienen la tiranía de los saberes en cada caso hegemónicos. A su vez, y como la otra cara de una misma moneda, la expresión “saberes sometidos” nos remite a aquellas palabras descalificadas, porque se supone no alcanzan el nivel de cientificidad exigido en cada época. Palabras marginales que a veces son excluidas, en tanto otras veces resultan atrapadas por el régimen discursivo vigente, que las sepulta en sistemas de reglas, en marcos integradores y sistemáticos que les son ajenos, enmascarando de este modo su irreductibilidad que es precisamente la fuente de su potencial crítico frente a universalidades y ahistoricismos. Palabras marginales y descalificadas que el ejercicio crítico de modalidad genealógica permite reconocer y escuchar.
Defender
la sociedad: este es el título del libro que reproduce la palabra
pronunciada públicamente por Foucault en el Collège de France entre los años
1975 y 1976, que fue recuperada a partir de grabaciones y notas de los
asistentes. Defender la sociedad no
es entonces un título previsto por Foucault, sino inventado por sus
editores. Considero, sin embargo, que
se trata de un título justo, y aún más que eso, fértil en potencial heurístico
en tanto nos impulsa a explorar el vínculo existente entre la acción que
promueve –la defensa de la sociedad- y la recuperación de los saberes
sometidos: el saber del enfermo, del enfermero, del delincuente, del trabajador
social. El saber del médico en la inmediatez de su cotidianeidad, que se
contrapone en un juego de paralelismos y marginalidades al saber de del
medicina institucionalizada. En otras
palabras: “anticiencia” o “insurrección del saber”.[5]
El propio Foucault se ocupa de
aclarar en sus clases que en modo alguno debe entenderse su propuesta de
“anticiencia” como un modo de promover la ignorancia o de alentar un oscurantismo
anacrónico de cierto tono romántico. Se trata, por el contrario, de cuestionar
los supuestos de la ciencia institucionalizada, apuntando no tanto a sus
conceptos, sus contenidos, sus métodos sino muy especialmente a sus efectos de
poder, que quizás de modo eminente, se manifiestan en lo que se ha dado en
llamar “gestión de la ciencia”. Efectos de poder que están relacionados con el
modo como la ciencia interacciona con otras prácticas en sociedades como la
nuestra; con el modo como las sociedades cerradas imponen su dinámica al
conjunto de la trama social. Porque
contra las esperanzas de Karl Popper[6]
advertimos que el despliegue desmesurado de la ciencia no ha promovido una
sociedad más libre o “abierta”, sino que ha generado sofisticadas formas de
discriminación y exclusión.
Entiendo, entonces, que la fuerza de la crítica que nos propone Foucault, radica en su
posibilidad de convocar otras voces, pero modificando las condiciones de
posibilidad de la escucha par que su irreductible singularidad no se
pierda. Es por esto que trabajar en la
promoción de la insurrección del saber es una forma de trabajar en la
modalización de la violencia institucional e institucionalizada que opaca los
vínculos en el marco de las sociedades contemporáneas. Es esta una violencia
estructural que se ha desarrollado silenciosamente, en el interior de las
instituciones que sostienen la producción y circulación del saber en el ámbito
de la medicina, el derecho, la pedagogía, la economía y también de las llamadas
“ciencias duras” entre otras. Y la
imposición hegemónica del saber es violenta porque enmarca sujetos, tradiciones
y perspectivas en la injusticia de una homogeneidad de superficie que esconde
negación y exclusión. Desactivar esta violencia, o al menos denunciar las estrategias
del poder epistemológico –que crea saber a partir de la manipulación, la
opresión y la discriminación-, es sin duda un ejercicio de defensa de la
sociedad, ejercicio que opera en la resignificación de los vínculos y en el
ensanchamiento de los márgenes para la decisión y la acción.
Sin duda, la provocación que
Foucault lanzó en su clase del 7 de enero del Collège de France nos alcanza en
nuestro presente, nos interpela y nos señala que sus implicancias últimas son
éticas. Porque como afirma Borges en el El
ruiseñor de Keats -luego de haber recorrido algunos momentos célebres de la
tradicional polémica entre universalistas y particularistas- no es incapacidad
especulativa aquello que impide a algunos hombres traficar con universales al
pensar al sujeto, el conocimiento, la verdad y la historia; sino que es más bien respeto, honestidad y
sobre todo “escrúpulo ético”[7].
Borges, J.
L. Obras
Completas, Buenos Aires, Emecé,
1974.
CACCIARI, M. Krisis, ensayo sobre la crisis del pensamiento
negativo de Nietzsche a Wittgenstein, México, Siglo XXI, 1982.
CAMPS, V.
FOUCAAULT, M. El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1982,
Págs. 34 y ss.
FOUCAULT, M. Defender la sociedad. Curso en el Collège de France
(1975-1976), Buenos Aires, FCE, 1978
POPPER, K. La sociedad abierta y sus enemigos, Bs.
As., Paidós, 1997.
* Prof. de Filosofía. Coordinadora académica de la Maestría en Metodología de la Investigación Científica
[1] Cfr. Foucault, M. Defender la sociedad. Curso
en el Collège de France (1975-1976), Buenos Aires, FCE, 1978, págs. 15 y ss.
[2] Cfr. Foucault, M. El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1982, págs. 34 y ss.
[3] Cfr. Cacciari, M. Krisis, ensayo sobre la crisis del pensamiento negativo de Nietzsche a Wittgenstein, México, Siglo XXI, 1982.
[4] Foucault, M Defender la sociedad, pág. 20.
[6] Cfr. Popper, K. La sociedad abierta y sus enemigos, Bs. As., Paidós, 1997.
[7] Borges, J. L. “Otras Inquisiciones”. En: Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, págs. 719.