Bajo
la condición de modernidad, mucha, muchísima gente vive en circunstancias en
las que las instituciones desancladas, que enlazan las prácticas locales con
las relaciones sociales globalizadas, organiza importantes aspectos del vivir
de cada día. En las secciones que siguen en este estudio deseo observar más
de cerca la forma en que ese fenómeno conecta con la manera en que se
sustenta la fiabilidad, y, también, abordar los problemas de seguridad,
riesgo y peligro en el mundo moderno. Antes he relacionado de manera
abstracta, la fiabilidad con el distanciamiento del
espacio-tiempo; pero ahora debemos concentrarnos en la esencia de las
relaciones de fiabilidad en las condiciones de modernidad. Si en esta primera
discusión no quedara inmediatamente aparente la relación con la
mundialización, confío en que quedará en el transcurso de la elaboración
de la misma discusión.
Para
proseguir en esta tarea es necesario sugerir algunas diferenciaciones
conceptuales, además de las ya formuladas.
Ante
todo deseo completar la noción de desanclaje con la de reanclaje. Con
esto quiero decir la reapropiación o disposición de las relaciones sociales
desvinculadas, para relacionarlas con (aunque sólo sea parcial y
transitoriamente) las condiciones locales de tiempo y lugar. Deseo también
distinguir entre lo que llamaré «compromisos de presencia» y «compromisos
anónimos». Los primeros se refieren a las relaciones de fiabilidad
sostenidas por, o expresadas en, las conexiones establecidas dentro de
circunstancias de presencia mutua. Los segundos conciernen al desarrollo de la
fe en las señales simbólicas o los sistemas expertos a los que
denominaré conjuntamente «Sistemas abstractos». En términos
generales, la tesis que deseo elaborar aquí, es que todos los mecanismos de
desanclaje interactúan en contextos en que la acción ha sido reanclada, lo
que a su vez puede servir, bien para sustentarlos, o, en caso contrario, para
minarlos; y que los compromisos anónimos están similar y ambiguamente
entrelazados con esos otros que requieren de la presencia.
Podemos
encontrar un punto de partida para esta discusión en la familiar observación
sociológica de que en la vida social moderna mucha gente, interactúa la
mayoría de las veces con otros que le son extraños. Como apunta Simmel, el
significado de «extraño» cambia con la llegada de la modernidad.
[2]
En las culturas
premodernas donde las comunidades locales mantienen siempre la base de una
más amplia organización social, el «extraño» se refiere a la «persona
total», a alguien que viene de fuera y que es potencialmente sospechoso.
Existen muchos aspectos por los que una persona que entra desde fuera en una
comunidad, fracasa en recibir la fiabilidad de los de dentro incluso después
de haber vivido muchos años en esa comunidad. Es el caso contrario al de las
sociedades modernas, donde no es típico que interactuemos con el extraño
como «persona total», en el mismo sentido. Especialmente en muchos de los
contextos urbanos más o menos interactuamos continuamente con otros a los que
no conocemos bien, o a los que no hemos visto nunca antes, pero esta
interacción toma generalmente la forma de contactos relativamente fugaces.
La
variedad de encuentros que conforman la vida cotidiana dentro de los anónimos
escenarios de la actividad social moderna, está sustentando, en primer lugar,
por lo que Goffman llama la «desatención cortés».
[3]
El fenómeno exige un complejo manejo y habilidad por parte de
quienes lo exhiben, incluso aun cuando parezca que sólo implica pequeños
guiños y señales. Dos personas se aproximan y pasan una al lado de la otra
en la acera de una ciudad. ¿Qué podría ser más trivial y menos
interesante? Una cosa así puede ocurrir millones de veces al día en una
determinada área urbana. Sin embargo, algo está sucediendo mientras
esto ocurre, algo que enlaza aspectos aparentemente insignificantes de
comportamiento corporal con algunos de los más destacados rasgos de la
modernidad, puesto que la desatención mostrada no es indiferencia, muy al
contrario, es una demostración cuidadosamente dirigida de lo que podríamos
denominar distanciamiento cortés. Mientras las dos personas avanzan a su
encuentro, cada una de ellas escruta el rostro de la otra, volviendo la cara
hacia el otro lado en el momento en que se cruzan, eso que Goffman llama una
mutua «bajada de luces». La mirada concede el reconocimiento del otro como
agente y como potencial conocimiento. Manteniendo brevemente la mirada en el
otro y mirando luego hacia adelante cuando cada uno pasa al lado del otro,
iguala esa actitud a la de la tranquilidad que implica la ausencia de
intenciones hostiles.
El
mismo hecho de mantener la actitud de desatención cortés, parece ser la
presunción de la fiabilidad que se supone en los encuentros periódicos con
extraños en lugares públicos. La importancia de esa suposición queda de
relieve precisamente en las circunstancias en las que esa actitud está
ausente o fracturada. Por ejemplo, la «mirada de odio» que como apunta
Goffman, fue la que los blancos acostumbraban dirigir a los negros en el sur
de los Estados Unidos, al encontrarse en lugares públicos, era un reflejo de
rechazo de los derechos de los negros a participar en formas ortodoxas en la
interacción cotidiana con los blancos. Un ejemplo, en cierta manera,
contrario, una persona que camina por un barrio peligroso, puede andar deprisa
con la vista constantemente puesta hacia adelante, o mirando furtivamente;
pero en cualquier caso, eludiendo el contacto ocular con otros transeúntes.
La carencia de una fiabilidad elemental sobre las posibles intenciones de los
otros, lleva a la persona a evitar encontrarse con la mirada de alguno, ya que
esto podría precipitar un encuentro potencialmente hostil.
La
desatención cortés representa el tipo más básico de los compromisos de
presencia que se dan en los encuentros con extraños en las circunstancias de
modernidad. No sólo implica la utilización del rostro en sí mismo, sino
también el empleo sutil de la postura y posición corporal que emite el
mensaje: «Puedes fiarte de mis intenciones puesto que no son hostiles»;
mensaje que se va emitiendo por la calle, en los edificios públicos, en los
trenes y autobuses, o en reuniones ceremoniales, fiestas, u otras reuniones.
La desatención cortés es a la fiabilidad como un «ruido de fondo» que no
se escucha como una deslabazada colección de sonidos, sino como ritmos
sociales cuidadosamente reprimidos y controlados. Es también característica
de lo que Goffman denomina la «interacción focalizada».
Pero
los mecanismos de la interacción focalizada o encuentros, son muy diferentes.
Los encuentros, ya sean con extraños, conocidos o íntimos, implican también
prácticas generalizadas que van unidas a la sustentación de la fiabilidad.
La transición que va desde la desatención cortés a la apertura de un
encuentro, tal como ha indicado Goffman, está cargada de posibilidades
adversas para cada una de las personas implicadas. La fiabilidad básica que
presupone cualquier inicio de encuentro, tiende a ser sancionada por la
prescripción de una «credibilidad establecida» y/o por el mantenimiento de
simples rituales informales, de nuevo, de naturaleza compleja. Los encuentros
con extraños o conocidos, con gente a la que una persona ha visto antes, pero
no conoce bien, implican el equilibrio entre fiabilidad, tacto y poder. Tacto
y rituales de cortesía son mecanismos protectores, cuyo uso conocen extraños
y conocidos (especialmente en el plano de la conciencia práctica), como una
especie de implícito contacto social. El poder diferencial, especialmente
cuando está fuertemente marcado, puede contravenir o tergiversar las normas
del tacto y los rituales de cortesía, tanto como puede hacerlo la
camaradería o la credibilidad establecida entre amigos e íntimos.
Habría
mucho más que decir respecto al tema de la urdimbre de fiabilidad, tacto y
poder en los encuentros con los no-íntimos; pero ahora deseo concentrarme en
la noción de credibilidad, particularmente en lo referente a su
relación con las señales simbólicas y los sistemas expertos. La credibilidad
es de dos tipos. Existe una credibilidad que está establecida entre
personas que se conocen bien y quienes sobre la base de una larga amistad, han
substanciado las credenciales que les confieren mutua credibilidad. Pero la
credibilidad es diferente en lo que respecta a los mecanismos de desanclaje,
si bien es cierto que la seguridad sigue siendo importante y las credenciales
siguen estando implicadas. En algunas circunstancias, la fiabilidad en los
sistemas abstractos en absoluto presupone encuentros con personas o grupos que
en alguna manera son «responsables» de los mismos. Pero en la gran mayoría
de los casos, tales personas y grupos están implicados -tanto en los
compromisos de presencia como en los compromisos anónimos- en los encuentros
con otras personas o grupos que desempeñan el papel de actores profanos en lo
que denominaré como puntos de acceso a los sistemas abstractos.
Será
un aspecto básico de mi tesis que la naturaleza de las instituciones
modernas está profundamente ligada con los mecanismos de fiabilidad en los
sistemas abstractos, especialmente en lo que respecta a la fiabilidad en
los sistemas expertos. En condiciones de modernidad el futuro se presenta
siempre abierto, no sólo en términos de las corrientes contingencias de las
cosas, sino también en términos de la reflexividad del conocimiento en
relación al cual las prácticas sociales están organizadas. Este carácter
contrafáctico, orientado-al-futuro, de la modernidad, está estructurado
principalmente por la fiabilidad conferida a los sistemas abstractos;
fiabilidad, que por su misma naturaleza, está impregnada por la credibilidad
en la establecida experiencia. Es sumamente importante tener muy claro lo que
esto supone. La credibilidad que depositan los actores profanos en los
sistemas expertos, no es solamente cuestión -como normalmente ocurría en el
mundo premoderno- de generar una sensación de seguridad en un universo
independientemente dado de acontecimientos. Es una cuestión de cálculo de
beneficio y riesgo, en aquellas circunstancias en las que el conocimiento
experto no sólo proporciona ese cálculo, sino que efectivamente crea (o
reproduce) el universo de acontecimientos como resultado de la continua
aplicación reflexiva de ese mismo conocimiento.
Una
de las cosas que esto significa en una situación en la que muchos aspectos de
la modernidad han sido globalizados, es que nadie puede eximirse completamente
de los sistemas abstractos implicados en las instituciones modernas. Esto
resulta obvio en lo referente a fenómenos tales como el riesgo de guerra
nuclear o de catástrofe ecológica. Pero también es verdad, y más
acusadamente, en todo lo referente a importantes aspectos del vivir cotidiano,
tal como es vivido por la mayoría de la población. En los entornos
premodernos, las personas, tanto en teoría como en la práctica, podían
hacer oídos sordos a los pronunciamientos de sacerdotes, sabios o hechiceros
y continuar con las rutinas de la actividad cotidiana. Pero no puede suceder
lo mismo por lo que se refiere al conocimiento experto en el mundo moderno.
Por
esta razón los contactos con expertos o con sus representantes o delegados,
en la forma de encuentros en los puntos de acceso, son peculiarmente lógicos
en las sociedades modernas. Que las cosas funcionan de esta manera es un hecho
generalmente reconocido, tanto por las personas profanas como por los
operadores o proveedores de los sistemas abstractos. Varias consideraciones
características están implicadas aquí. Los encuentros con representantes de
los sistemas abstractos, pueden ser regularizados naturalmente y también
pueden fácilmente asumir las características de la credibilidad asociada a
la amistad o la intimidad. Este sería el caso, por ejemplo, de un médico, un
dentista o un agente de viajes con los que tenemos frecuentes y regulares
contactos a lo largo de los años. Sin embargo, muchos de los encuentros con
los representantes de los sistemas abstractos son menos frecuentes y
transitorios. Los encuentros irregulares son probablemente aquellos en los que
los criterios evidenciales o de seguridad tienen que establecerse y protegerse
muy cuidadosamente, si bien tales criterios también hay que mantenerlos en
toda la escala de encuentros profano-profesionales.
En
los puntos de acceso, los compromisos presenciales que unen a actores profanos
en relaciones de fiabilidad, normalmente implican el despliegue de una
manifiesta credibilidad e integridad a la par que una actitud de
«seguir-la-norma» («business-as-usual»), o de impasibilidad. Y
aunque es cierto que todos somos conscientes de que el verdadero depósito de
fiabilidad se otorga al sistema abstracto, y no a los individuos que en
contextos concretos lo «representan», los puntos
de acceso conllevan un recordatorio de que son individuos de carne-y-hueso,
son individuos potencialmente falibles los que operan con él. Los compromisos
de presencia muestran una tendencia a ser fuertemente dependientes de lo que
podríamos llamar la «apariencia» de los representantes y operadores
del sistema. Las solemnes deliberaciones de un juez, la sobria profesionalidad
de un médico, o el tópico buen humor y amabilidad de la tripulación de
vuelo, caen dentro de esa categoría. Todas las partes implicadas están de
acuerdo en que es necesaria una actitud tranquilizadora, y tranquilizadora en
un doble sentido: en la seguridad que inspiran las personas implicadas en la
operación, y en el (necesariamente misterioso) conocimiento y cualificaciones
que poseen tales personas, a los que el actor profano no tiene acceso. La
actitud de aquí-no-pasa-nada, resulta de particular importancia cuando los
peligros involucrados en una de- terminada acción se ponen de manifiesto en
vez de configurar la base de unos riesgos puramente contrafácticos. En un
viaje aéreo, por ejemplo, la estudiada actitud despreocupada y alegre del
personal de vuelo, es probablemente tan importante para tranquilizar a los
pasajeros, como podría ser cualquier cantidad de anuncios que
estadísticamente demuestran la seguridad del viaje por avión.
Suele
suceder que en los puntos de acceso se hace una estricta división que, para
continuar utilizando los conceptos acuñados por Goffman, dividen las
actuaciones entre las de «el escenario» y las de «entre-bastidores». No es
necesaria una explicación funcionalista para comprender el porqué de esa
división. El control de la línea divisoria entre el escenario y las
bambalinas, es parte del profesionalismo. ¿Por qué los expertos esconden tan
cautelosamente una buena parte de lo que hacen? Una razón resulta evidente:
el ejercicio de sus competencias requiere tanto de ambientes especializados
como de la concentración mental que sería difícil lograr de estar cara al
público. Pero hay otras razones. Existe una considerable diferencia entre la
competencia requerida para una específica tarea y el experto que desempeña
esa tarea. Una diferencia que aquellos que trabajan en los puntos de acceso
normalmente desean minimizar tanto como sea posible. Los expertos pueden
equivocarse al malinterpretar algún dato, o por ignorancia de la competencia
que se presume tienen.
La
clara distinción entre escenario-bambalinas, refuerza la apariencia como una
manera de reducir el impacto de los conocimientos imperfectos y la falibilidad
humana. Los pacientes de un hospital no estarían dispuestos a fiarse
implícitamente del cuerpo médico si tuvieran pleno conocimiento sobre los
errores que se cometen en los departamentos hospitalarios y en los
quirófanos. Otra razón más es la concerniente a las áreas de contingencia
que siempre permanecen en el funcionamiento de los sistemas abstractos. No
existe competencia tan cuidadosamente refinada, ni formas de conocimiento
experto tan comprehensivas, en las que los elementos del azar o la suerte no
jueguen algún papel. Los expertos normalmente suponen que las personas
profanas, se sentirán más tranquilas si no tienen la oportunidad de observar
lo frecuentemente que esos elementos de azar y suerte entran en su actuación
como expertos.
Los
mecanismos de fiabilidad no se relacionan sólo con las conexiones entre
personas profanas y expertas; también están vinculados con las actividades
de aquellos que están «dentro» de los sistemas abstractos. Los códigos de
ética profesional, en algunos casos refrendados por sanciones legales,
configuran uno de los medios con los que se maneja internamente la
credibilidad entre colegas y asociados. Sin embargo, incluso para aquellos que
podrían parecer más intrínsecamente comprometidos con los sistemas
abstractos que ellos mismos sustentan, los compromisos presenciales son
generalmente importantes como forma de generar la continuidad de la
credibilidad. Esto configura un tipo de ejemplo del reanclaje de las
relaciones sociales, un medio de anclar la fiabilidad en la credibilidad e
integridad de los colegas. Deirdre Boden lo expresa de la siguiente manera:
El
hombre de negocios que pregunta, «¿cuándo irá usted a Nueva York?»; o los
almuerzos de gente del espectáculo en Sunset Boulevard, o los profesores
universitarios que atraviesan un continente para leer en quince minutos una
densa ponencia en salas cerradas, sin ventanas y con aire acondicionado, no
tienen ningún interés por las actividades turísticas, ni por las
culinarias, ni por las intelectuales. Necesitan, como los soldados antiguos,
ver el blanco de los ojos, tanto de colegas como de enemigos, para reafirmar,
y más exactamente, actualizar, la base de su fiabilidad.
[4]
El
reanclaje en tales contextos, como indica el párrafo arriba citado, conecta
la confianza en los sistemas abstractos con su movediza naturaleza reflexiva,
al tiempo que auspicia los encuentros y rituales sobre los que se sustenta la
credibilidad de los colegiados.
Resumiremos
esas observaciones de la manera siguiente:
Las
relaciones de fiabilidad son esenciales al amplio distanciamiento
espacio-tiempo, asociado con la modernidad.
La
fiabilidad en los sistemas, toma la forma de compromisos
anónimos sobre los que se sostiene la fe en el manejo de un conocimiento
del que una persona profana es en gran parte ignorante.
La
fiabilidad en las personas implica los compromisos de presencia en
los que se busca (dentro de determinados campos de acción) los indicadores de
la integridad ajena.
El
reanclaje hace referencia al proceso por el cual se sustentan los compromisos
anónimos, o son transformados por la presencia.
La
desatención cortés representa un aspecto fundamental de las
relaciones de fiabilidad en larga escala, esto es, en los impersonales
escenarios de la modernidad. Es como si fuera el sonido tranquilizador sobre
el telón de fondo de la formación y disolución de los encuentros que
involucran sus propios y concretos mecanismos de fiabilidad, es decir, los compromisos
de presencia.
Los
puntos de acceso son los puntos de conexión entre las personas
profanas o los colectivos, y los representantes de los sistemas abstractos.
Son los lugares más vulnerables de los sistemas abstractos, pero también son
el cruce sobre el que se mantiene o puede ser construida la fiabilidad.
Todas
las observaciones hechas hasta ahora en esta sección del libro, están más
relacionadas con cómo se maneja la fiabilidad en relación con los sistemas
abstractos, que preocupadas por responder la pregunta: ¿por qué la mayoría
de la gente, la mayoría de las veces, se fía de prácticas y mecanismos
sociales sobre los que su propio conocimiento técnico es o bien limitado, o
simplemente nulo? Ese interrogante puede contestarse de varias maneras.
Sabemos lo suficiente sobre lo reacias que fueron las poblaciones en las
primeras etapas del desarrollo a adaptarse a nuevas prácticas sociales, como
la introducción de las formas profesionalizadas de la medicina, para
reconocer la importancia de la socialización en relación a tal fiabilidad.
La influencia del «currículum oculto» en los procesos de la educación
institucionalizada, es probablemente un factor decisivo. Lo que se transmite
al niño en la enseñanza de la ciencia no es solamente el contenido de los
descubrimientos técnicos, sino -más importante para las actitudes sociales
en general- un aura de respeto por los conocimientos técnicos de cualquier
índole. En casi todos los sistemas educativos, la enseñanza de la ciencia
comienza siempre por los «primeros principios», el conocimiento considerado,
más o menos, incuestionable. Solamente si alguien permanece en el estudio de
la ciencia por algún tiempo, es probable que sea introducido en cuestiones
más controvertidas, o que llegue a ser plenamente consciente de la
falibilidad potencial de todas las pretensiones de validez del conocimiento
científico.
De
esta manera la ciencia ha mantenido por mucho tiempo la imagen de conocimiento
fiable, que revierte en la actitud de respeto por casi todas las formas de
especialidad técnica. No obstante, al mismo tiempo, las actitudes profanas
respecto a la ciencia y al conocimiento técnico son generalmente ambivalentes
y ésa es una ambivalencia subyacente en el núcleo mismo de todas las
relaciones de fiabilidad, ya sean de fiabilidad en los sistemas abstractos, o
en las personas. Porque sólo se exige fiabilidad allí donde existe
ignorancia, bien sea sobre las pretensiones de conocimiento de los expertos, o
del pensamiento e intenciones de los seres más íntimos en que confía una
persona. Y sin embargo, la ignorancia proporciona siempre el terreno para el
escepticismo, o, por lo menos, para la cautela. Las representaciones populares
de la ciencia y la experiencia técnica habitualmente encierran tanto respeto,
hostilidad y temor como los expresados en los tópicos del «boffin» o
el científico loco, es decir, un técnico cansino que no sabe ni entiende
nada sobre la gente corriente. Las profesiones en las que se afirma un
conocimiento especializado son vistas como cotos cerrados dotados de una
terminología interna y críptica, inventada para desconcertar al profano como
abogados y sociólogos -que
probablemente serán vistos con particular recelo.
El
respeto por el conocimiento técnico existe normalmente en conjunción con una
actitud pragmática hacia los sistemas abstractos, que se sustenta sobre
actitudes de escepticismo y reserva.
Mucha gente parece haber hecho un «pacto con la modernidad», en términos de
la fiabilidad que invierten en las señales simbólicas y en los sistemas
expertos. Pero la naturaleza de dicho pacto está gobernada por mezclas
específicas de deferencia y escepticismo, confort y miedo. Aun cuando no
podemos escapar al impacto de las instituciones modernas en su conjunto,
dentro del ancho margen de actitudes de aceptación pragmática pueden existir
muchas orientaciones (o al menos coexisten, en auténtica ambivalencia). Por
ejemplo, una persona puede decidir trasladarse a un distrito diferente antes
de verse obligada a beber agua tratada con flúor, o puede optar por beber
agua embotellada en vez de la que sale del grifo; no obstante, sería una
actitud exagerada negarse por completo a utilizar el agua proveniente del
servicio público de aguas.
La
fiabilidad se diferencia del «conocimiento inductivo débil», pero la fe que
implica no siempre presupone un acto consciente de compromiso. En las
condiciones de la modernidad, las actitudes de fiabilidad hacia los sistemas
abstractos se incorporan rutinariamente en la continuidad de las actividades
cotidianas, y en gran medida, son reforzadas por las condiciones inherentes al
vivir cotidiano. De tal manera, la fiabilidad es menos un «compromiso ciego»
que la aceptación tácita de circunstancias en las que normalmente otras
alternativas están excluidas. De todos modos, sería un serio error
considerar esta situación únicamente como una especie de dependencia pasiva,
renuentemente concedida, punto este que desarrollaré más adelante.
Las
actitudes de fiabilidad o falta de fiabilidad hacia concretos sistemas
abstractos, pueden ser susceptibles de sufrir fuertes influencias por las
experiencias en los puntos de acceso -como también, desde luego, por la
actualización del conocimiento que a través de los medios de comunicación
de masas u otras fuentes son dados y recibidos, bien por profanos o por
técnicos expertos. El hecho de que los puntos de acceso sean puntos de
tensión entre el escepticismo lego y la experiencia profesional, los
convierte en cauces reconocidos de vulnerabilidad de los sistemas abstractos.
En algunos casos, una persona que vive desafortunadas experiencias en un
determinado punto de acceso donde las habilidades técnicas en cuestión son
relativamente de bajo nivel, puede optar por excluirse de la relación
cliente-persona lega. Así, alguien que encuentra que los «expertos» que
emplea para el arreglo de las tuberías de la calefacción de su casa fallan
consistentemente, puede optar por aprender los principios básicos de tal
oficio y hacer el arreglo por sí solo. En otros casos, las malas experiencias
en los puntos de acceso pueden conducir a una suerte de resignado cinismo, o,
si es posible, a desasirse del sistema en general.
[5]
Una persona que invierte en ciertas acciones a instancias de un
corredor de bolsa y pierde dinero, podría optar por meter su dinero en una
cuenta bancaria. Esa misma persona podría incluso decidir en el futuro
invertir sus dineros sólo en oro. Pero, de cualquier forma, sería muy
difícil desasirse del sistema monetario por completo y esto sólo podría
hacerse si la persona quisiera intentar vivir en una pobreza autosuficiente.
Antes
de considerar directamente las circunstancias sobre las que se construye o se
derrumba la fiabilidad, hemos de completar la precedente discusión con un
análisis de la fiabilidad depositada en personas, en vez de en los sistemas
abstractos. Esto nos lleva a un plano en el que se introduce la psicología de
la fiabilidad (trust).
Existen
algunos aspectos de la fiabilidad y de los procesos del desarrollo de la
personalidad que parecen ser por igual relevantes para todas las culturas,
sean estas premodernas o modernas. No es mi intención presentar una extensa
relación de todos ellos, más bien quisiera concentrarme sobre las conexiones
que existen entre la fiabilidad/confianza y la seguridad ontológica. La
seguridad ontológica es una forma, pero una forma muy importante, del
sentimiento de seguridad en un sentido más amplio que el utilizado hasta
ahora.
[6]
La expresión hace referencia a la confianza que la mayoría de
los seres humanos depositan en la continuidad de su autoidentidad y en la
permanencia de sus entornos, sociales o materiales de acción. Un sentimiento
de fiabilidad en personas y cosas, tan crucial a la noción de confianza, es
fundamental al sentimiento de seguridad ontológica; por lo que ambas están
fuertemente relacionadas psicológicamente.
La
seguridad ontológica tiene que ver con el «ser», o, en términos
fenomenológicos, con el «ser-en-el-mundo». Pero éste es un fenómeno
anímico, no cognitivo, y está enraizado en el inconsciente. Los filósofos
nos han enseñado que en un plano cognitivo existen pocos, si es que alguno,
aspectos de nuestra experiencia personal sobre los que podemos tener certeza.
Esto es quizás parte de la reflexividad de la modernidad, pero ciertamente no
limita su aplicación a un solo y concreto período histórico. Algunas
preguntas como «¿realmente existo?»; «¿sigo siendo hoy la misma persona
que fui ayer?»; «¿realmente existen las otras personas?»; «lo que veo
frente a mis ojos, ¿continuará estando ahí si le doy la espalda?»; no
pueden responderse de forma indubitable por un argumento racional.
Si
bien los filósofos plantean preguntas sobre la naturaleza del ser, suponemos
que no se sienten ontológicamente inseguros en sus acciones cotidianas y
desde esa perspectiva concuerdan con la gran mayoría de la población. Pero
no sucede lo mismo para una minoría de personas que tratan nuestra
incapacidad de certidumbre sobre esas cuestiones no sólo como preocupaciones
intelectuales, sino como un profundo desasosiego que penetra muchas de las
cosas que hacen. Una persona que siente la inseguridad existencial de poseer
varios «yoes», o la inseguridad de si esos realmente existen,
o si lo que percibe verdaderamente existe, puede verse totalmente incapacitada
para cohabitar en el mismo universo social en que están otras personas.
Ciertas categorías de personas vistas por otros como enfermos mentales,
particularmente esquizofrénicas, piensan y actúan de esta forma.
[7]
Independientemente
de lo que demuestre la conducta esquizofrénica difícilmente expresa una
carencia mental, y lo mismo es verdad respecto a muchos estados de ansiedad,
tanto en sus versiones paralizantes como en las más suaves. Supongamos a
alguien que vive en un estado profundamente arraigado y de permanente angustia
ante la duda de si los demás albergan malas intenciones respecto a él, o supongamos
una persona constantemente preocupada por la posibilidad de una guerra nuclear
que no logra deshacerse del pensamiento de tal riesgo; mientras que personas
«normales» pueden percibir esas ansiedades, cuando son profundas y
crónicas, como irracionales, esos sentimientos responden más a una
hipersensibilidad emotiva que a un elemento irracional. Porque el riesgo de
guerra nuclear está siempre ahí como posibilidad inmanente en el
mundo actual; y, como ninguna persona tiene acceso directo a los pensamientos
ajenos, nadie puede estar absolutamente seguro, de manera más lógica
que emotiva, de que las ideas maliciosas no estén constantemente en la mente
de los otros con los que se interactúa.
¿Por
qué no está todo el mundo siempre en un estado de aguda inseguridad
ontológica considerando la enormidad de tales potenciales problemas
existenciales? El origen de la seguridad que siente la mayoría de la gente,
la mayoría del tiempo, en relación a esos posibles auto-interrogantes hay
que encontrarlos en ciertas experiencias características de la infancia. Las
personas «normales», -quiero argumentar aquí- reciben una importante
«dosis» de confianza (trust)
[8]
en sus primeros años lo que determina el alivio o la
exacerbación de esas susceptibilidades existenciales. O, alterando un poco la
metáfora, reciben la inoculación emotiva que les protege contra las
ansiedades ontológicas a las que todos los seres humanos están
potencialmente expuestos. El agente de esta inoculación es la primordial
figura en el cuidado de la infancia: para la enorme mayoría de la gente, la
madre.
El
trabajo de Erik Erikson es una fuente importante de intuiciones sobre el
significado de la confianza en el contexto del temprano desarrollo del niño.
Lo que llama «confianza básica» (basic trust), está
en el núcleo de una duradera identidad del yo. Cuando Erikson discute la confianza
(trust) en la infancia, hace precisamente hincapié en ese
necesario elemento de fe al que ya he aludido anteriormente.
Mientras
algunos psicólogos han hablado del desarrollo de «confidence» en la
infancia, Erikson prefiere hablar de confianza («trust») porque
encierra un significado con mayor carga de ingenuidad. Agrega, además, que la
confianza no sólo implica que uno ha aprendido a
fiarse de la equidad, igualdad y continuidad de los «agentes externos» sino
que uno «puede fiarse de sí mismo». La confianza en los demás implica un
proceso que se desarrolla unido a la formación de un íntimo sentimiento de
confiabilidad que posteriormente proporciona la base de una identidad estable
del yo.
Por
tanto, la confianza muy temprana implica una cierta mutualidad de
la experiencia. El niño aprende a confiar en (a fiarse de) la consistencia y
la atención de quienes le atienden. Pero al mismo tiempo aprende que debe
hacer frente a sus instintos en una manera que sea considerada satisfactoria
por los demás, y, que sus cuidadores, esperan a su vez que la conducta del
niño sea fiable y puedan confiar en ella. Erikson anota que la esquizofrenia
infantil ofrece una evidencia gráfica de lo que puede pasar si no se
establece la confianza básica (fiabilidad) entre el niño y sus
cuidadores. El niño desarrolla un frágil sentido de la «realidad», de las
cosas y de los demás porque carece del sistemático goteo de afecto y
cuidado. La conducta extraña y el ensimismamiento representan los intentos de
afrontar un entorno indeterminado, o activamente hostil, en el que la ausencia
de sentimientos de fiabilidad en sí mismo refleja la ausencia de fiabilidad
del mundo exterior.
La
fe en el amor de la persona encargada del cuidado infantil, es la esencia de
ese salto al compromiso que presupone la confianza (fiabilidad) fundamental y
todas las subsiguientes formas de la misma.
(Los padres)... crean un
sentimiento de confianza en sus hijos por una especie de administración que
combina en su calidad tanto el esmerado cuidado de las necesidades
individuales del niño, como el firme sentimiento de validez de confianza
personal, dentro del marco fiable del tipo de vida de su cultura. Esto
configura la base sobre la que se sustenta el sentido de identidad del niño
que más tarde combinará el sentimiento de ser «bueno», de ser él mismo, y
de convertirse en lo que otra gente confía que se convertirá... los padres
no sólo deben mostrar ciertas maneras de guiar a través del permiso y la
prohibición, también deben ser capaces de representar para el niño una
profunda, casi somática, convicción de que lo que hacen tiene sentido.
Últimamente, los niños se convierten en neuróticos, no a causa de las
frustraciones, sino por la falta, o pérdida, del significado social de esas
frustraciones.
Pero,
incluso en las más favorables de las circunstancias, esta etapa parece
introducir en la vida psíquica (y convertirse en prototipo de) un sentido de
división interna y de nostalgia universal por un paraíso perdido. Es en
contra de esta poderosa combinación de un sentimiento de haber sido privado, de
haber sido dividido, y de haber sido abandonado que esa «basic trust»,
(fiabilidad fundamental) debe mantenerse en el transcurso de la vida.
[9]
Esas
observaciones, indudablemente, no son exclusivas de Erikson sino que más bien
conforman el énfasis generalizado de la escuela de pensamiento
psicoanalítico en lo referente a las relaciones-objeto.
[10]
Algunas ideas muy similares las desarrolló con anterioridad D. W.
Winnicott. Según él, no es la satisfacción de las pulsiones orgánicas lo
que hace que, según este autor, el niño «comience a ser, a sentir la vida
como real, a encontrar la vida valiosa». Tal orientación deriva más bien de
la relación entre el niño y su cuidador, y depende de lo que Winnicott llama
«el espacio potencial» existente entre los dos. El espacio potencial es la
separación que se crea entre el niño y el cuidador -una autonomía de
acción y un emergente sentido de identidad y de la «realidad de las cosas»-
y deriva de la confianza del niño en la fiabilidad de la figura paternal. El
espacio potencial es una denominación un tanto inapropiada porque, como el
mismo Winnicott aclara, se refiere a la capacidad del niño para tolerar que
su cuidador se aleje de él tanto en tiempo como en espacio.
[11]
No
obstante, la ausencia es de vital importancia para la intersección de
la fiabilidad con las capacidades sociales emergentes del niño. Es ahí, en
el núcleo del desarrollo psicológico de la fiabilidad, donde redescubrimos
la problemática del distanciamiento espacio-temporal porque un rasgo
fundamental de la temprana formación de la fiabilidad es la confianza en el
regreso del cuidador. El sentimiento de fiabilidad -aún independiente de la
experiencia-, en los otros, crucial para el sentido de continuidad y
autoidentidad- se reafirma por el reconocimiento de que la ausencia de la
madre no representa la retirada del amor. La confianza (fiabilidad) enlaza
así la distancia en tiempo y espacio, y de esa manera descarta la ansiedad
existencial que, si se concretara, podría convertirse en fuente de permanente
angustia emocional y de conducta a lo largo de la vida.
Erving
Goffman expresa esto con su característica mordacidad cuando (en el contexto
de una discusión acerca del riesgo) anota que
...religiosos y poetas suelen
decir que si una persona comparara la inmensa cantidad de tiempo que habrá de
yacer muerto, con el relativamente breve período en que se le permite en este
mundo irritar o pavonearse, bien podría contemplar toda su vida como un
fatídico drama de corta duración, en el que cada segundo habría de sentirse
angustiado al comprobar que el tiempo se le agota. Es verdad que nuestro
tiempo, más bien breve, se consume, pero sólo parece que contengamos
el aliento por unos segundos, por unos minutos...
[12]
En
el adulto, la fiabilidad, la seguridad ontológica y el sentimiento de
continuidad de las cosas y las personas permanecen estrechamente ligados.
Consecuentemente, la fiabilidad en la credibilidad de los objetos no humanos,
es el resultado de una fe primitiva en la fiabilidad y formación de las
personas. Confiar en los demás, es una necesidad psicológica persistente y
recurrente. Extraer el sentimiento de seguridad de la credibilidad e
integridad de los demás es una forma de redeleitamiento emocional que
acompaña la experiencia de los entornos familiares y materiales. La seguridad
ontológica y la rutina van íntimamente unidas a través de la perseverante
influencia de los hábitos. Los primeros cuidadores del niño habitualmente
otorgan primordial importancia al seguimiento de las rutinas, algo que produce
tanto intensa frustración como recompensa en el niño. La predictibilidad de
las (aparentemente) insignificantes rutinas del que-hacer de cada día, está
íntimamente unida a un sentimiento de seguridad psicológica. Tanto, que
cuando se quebrantan tales rutinas por cualquier razón, la ansiedad se
desborda e incluso los aspectos firmemente cimentados de la personalidad,
pueden alterarse o hacerse trizas.
[13]
El apego a la rutina es
siempre ambivalente y es precisamente en esa ambivalencia en la que se
encuentra la expresión de los sentimientos de pérdida a que alude Erikson,
que a su vez son una inevitable parte de la formación de la confianza
básica. Lo rutinario es psicológicamente relajante; no obstante, en un
sentido muy importante, también representa algo con lo que no todo el mundo
puede sentirse relajado. La continuidad de las rutinas diarias se alcanza
sólo a través de la constante vigilancia de las partes involucradas, aunque
casi siempre se logre en un plano de consciencia práctica. La demostración
de esta continua renovación del «contrato» que la gente mantiene entre sí
es justamente lo que Harold Garfinkel llama los «experimentos con la
confianza».
[14]
Esos experimentos ilustran el impacto de la perturbación
emocional que queda al descubierto por la omisión de giros aparentemente
intrascendentes en la conversación corriente. El resultado es la suspensión
de la confianza en el otro como agente fiable y competente, y el
desbordamiento de la angustia existencial que toma la forma de sentimientos de
dolor, confusión y traición, a la par que de sospecha y hostilidad.
Tanto
el trabajo de Garfinkel como el de otros autores preocupados por las minucias
del hablar cotidiano y la interacción, sugieren abiertamente que lo que se
aprende en la formación de la confianza básica no es solamente la
correlación de rutina, integridad y recompensa, sino que lo que también se
llega a dominar es una metodología sumamente refinada de consciencia
práctica, que se convierte en un artilugio de continua protección (aunque
pleno de posibilidades de fractura y disyunción) contra las ansiedades que
potencialmente podrían ocasionar hasta los más fortuitos encuentros con
otros. Antes hemos anotado cómo la desatención cortés es una forma general
en que la confianza es «otorgada» como rasgo de la copresencia fuera de los
encuentros enfocados. En los encuentros cara-a-cara, la sustentación de la
confianza básica se lleva a cabo a través de una constante observación de
miradas, posturas corporales y gestos, así como de las convenciones de la
conversación ortodoxa.
El
análisis que se desarrolla en esta sección ofrece la oportunidad de trazar,
a grandes rasgos, la respuesta a la pregunta que antes había quedado en el
aire: ¿qué es lo opuesto a la confianza (trust)? Evidentemente
existen circunstancias en que la falta de confianza podría perfectamente
caracterizarse como desconfianza, bien sea respecto a sistemas abstractos o a
personas. El vocablo «desconfianza» (mistrust) se aplica más
fácilmente al referirnos a la relación de un agente con un sistema concreto,
con una persona, o con un tipo de persona. Respecto a los sistemas abstractos,
desconfianza significa escepticismo, o mantener una actitud abiertamente
negativa hacia las pretensiones de validez que incorpora el sistema. En lo que
se refiere a personas, «desconfianza» significa la duda o el descreimiento
de las pretensiones de integridad que esas personas encarnan o representan con
sus acciones. Sin embargo, «desconfianza» es un término demasiado suave
para expresar la antítesis de lo que es confianza básica, el elemento
cenital en el conjunto general de relaciones con el entorno social y físico, porque
la forja de la confianza es la condición primordial para el
reconocimiento de la clara identidad tanto de objetos como de personas. Si esa
confianza básica no se desarrolla, o si no se logra contener su inherente
ambivalencia, el resultado es una persistente angustia existencial. En su más
profundo sentido, la antítesis de la confianza es un estado mental que se
puede resumir mejor como ansiedad o miedo existencial.
1.
Guía de lectura.
1)
¿Qué significado tienen los términos desanclaje y reanclaje?
2)
¿Qué son los sistemas expertos? Analice dentro de ellos los sistemas
abstractos y las señales simbólicas.
3)
¿Cómo describe Giddens los compromisos de presencia y los compromisos
anónimos?
4)
Analice la tesis según la cuál se vinculan los conceptos analizados en las
preguntas 1 y 3.
5)
Analice qué significado tiene la “bajada de luces” (Goffman) en los
encuentros propios de la Modernidad.
6)
¿Cómo se manifiesta la credibilidad en la Modernidad?
7)
¿Por qué son importantes los “puntos de acceso” para construir la
fiabilidad de los profanos en los sistemas abstractos?
8)
¿Cómo juegan en el escenario y entre bastidores los expertos o delegados de
los expertos durante el proceso de construcción de la fiabilidad en los
sistemas abstractos?
9)
¿Cómo juegan en el escenario y entre bastidores los expertos o delegados de
los expertos durante el proceso de construcción de la fiabilidad en los
sistemas abstractos?
10)
¿Cuál es la actitud de los profanos ante la ciencia/técnica?
11)
¿Qué supone el Pacto con la Modernidad?
12)
¿Qué es la seguridad ontológica?
13)
Compare los motivos de confianza/riesgo en las sociedades primitivas y en las
sociedades modernas.
2.
Actividades.
1)
Analice
el trabajo social desde el concepto de sistema experto, destacando el papel de
los puntos de acceso, el de los trabajadores sociales (expertos), el de los
usuarios (profanos), los compromisos de presencia y los compromisos anónimos.
2)
Elija
ejemplos donde se ponga de manifiesto el proceso de construcción de la
fiabilidad señalando los momentos de mayor vulnerabilidad. Dé al menos cinco
ejemplos de la práctica del trabajador social que muestren la implementación
de mecanismos de fiabilidad.
[1]
GIDDENS,
A.: Consecuencias de la modernidad, Madrid, Alianza, 1994, pp. 80-98.
[2]
Georg Simmel, « The Stranger» en Sociology (Glencoe 11l. : Free
Press, 1969). Véase también Alfred Schutz, « The Stranger: An Essay in
Social Psychology., American Journal of Sociology 49 (1944).
[3]
Erving Goffman, Behavior in Public Places (Nueva York: Free
Press, 1963). Para
una aproximación más directa sobre la fiabilidad (trust), en la que Alan
Silver habla de la «rutina benevolente» hacia los extraños, véase su «Trust
in Social and Political Theory», en Gerald D. Suttles y Mayer N Zald,
coord., The Challenge of Social Control (Norwood, H. J.: Ablex,
1985).
[4]
Deirdre Boden, «Papers on Trust», mimeo. También me he
valido de Deidre Boden and Harvey Molotch, «The Compulsion of Proximity»,
mimeo. (Departamento de
Sociología, University of California, Santa Barbara).
[5]
"El gobierno
moderno depende de una compleja serie de relaciones de fiabilidad (trust)
entre la clase política y el pueblo. Los sistemas electorales
podrían verse, más como medios de institucionalización de los puntos de
acceso que conectan a la clase política con la masa de población, que como
medios que aseguren la representación del pueblo. Los manifiestos
electorales y otros medios de propaganda son métodos de
demostración de validez, y ello frecuentemente conlleva mucho de
reanclaje: sonrisas a niños pequeños, estrechones de mano, etc... La
fiabilidad en la habilidad política es un tema en sí mismo, pero como
precisamente ésta es el área de la relación de fiabilidad que es más
frecuentemente analizada, no la discutiré aquí detalladamente. No
obstante, hay que resaltar que el intento de desasirse de los sistemas
gubernamentales hoy en día es poco menos que imposible, dada la extensión
global de los estados-naciones. Uno puede abandonar un país en el que la
política gubernamental es particularmente opresiva u odiosa, pero sólo
puede hacerlo entrando en otro estado y sometiéndose a su
jurisdicción.
[6]
Anthony Giddens, Central Problems in Social Theorv (Londres:
Macmillan, 1979).
[7]
R. D. Laing, The Divided Self (Londres: Tavistock, 1960).
[8]
En el trabajo de
Erikson, trust se ha traducido sistemáticamente por confianza. A
ello nos atenemos, haciendo constar que Giddens diferencia entre trust y
confidence, como se ha visto y se verá más adelante. [N. del T.]
[9]
Todas las citas de Erik H. Erikson, Childhood and Society (Harmondsworth:
Penguin, 1965), pp. 239-41.
[10]
Las
ideas de la escuela de relaciones-objeto, son más apropiadas para la
argumentación que se desarrolla en este libro que las de la escuela
lacaniana de psicoanálisis más influyente hoy en día en algunas áreas de
la teoría social. El trabajo de Lacan es importante porque ayuda a captar
la fragilidad y fragmentación del yo. Sin embargo, al hacer esto -como todo
el pensamiento postestructuralista en general-, se centra principalmente
sobre un tipo de proceso, que se complementa por tendencias contrarias
dirigidas a la integración y la globalidad. La teoría de relaciones-objeto
resulta informativa porque analiza cómo una persona obtiene el sentido de
coherencia y cómo esto se conecta con la «reafirmación» de la
«realidad» del mundo exterior. En mi opinión, tal enfoque está (o
podría estar) en consonancia con la perspectiva wittgensteiniana
de un mundo de objetos y acontecimientos «dados» que pueden
«experimentarse» sólo si son «vividos» puesto que son intrínsecamente
refractarios a ser expresados por palabras.
[11]
D. W. Winnicott, Playing and Reality (Harmondsworth: Penguin, 1974),
pp. 116-121. Quedo en deuda
con Teresa Drennan por haber dirigido mi atención a este trabajo en la
teoría de las relaciones-objeto, y más generalmente, a su consejo en
varias secciones de este libro.
[12]
Erving Goffman, Where the Action Is (Londres: Allen Lane, 1969).
[13]
Giddens, Central
Problemas.
[14]
Harold Garfinkel, «A Conception of
and Experimentes with «Trust » as a Condition of Stable Concerted Accions»,
en O. J. Harvey, coord., Motivation and Social Interacction (Nueva
York: Roland Press, 1963).