Giddens, Anthony.

Consecuencias de la modernidad [1]

(Sección III)

(1994)

 

Bajo la condición de modernidad, mucha, muchísima gente vive en circunstancias en las que las instituciones desancladas, que enlazan las prácticas locales con las relaciones sociales globalizadas, organiza importantes aspectos del vivir de cada día. En las secciones que siguen en este estudio deseo observar más de cerca la forma en que ese fenómeno conecta con la manera en que se sustenta la fiabilidad, y, también, abordar los problemas de seguridad, riesgo y peligro en el mundo moderno. Antes he relacionado de manera abstracta, la fiabilidad con el distanciamiento del espacio-tiempo; pero ahora debemos concentrarnos en la esencia de las relaciones de fiabilidad en las condiciones de modernidad. Si en esta primera discusión no quedara inmediatamente aparente la relación con la mundialización, confío en que quedará en el transcurso de la elaboración de la misma discusión.

Para proseguir en esta tarea es necesario sugerir algunas diferenciaciones conceptuales, además de las ya formuladas.

 

Fiabilidad y modernidad

 

Ante todo deseo completar la noción de desanclaje con la de reanclaje. Con esto quiero decir la reapropiación o disposición de las relaciones sociales desvinculadas, para relacionarlas con (aunque sólo sea parcial y transitoriamente) las condiciones locales de tiempo y lugar. Deseo también distinguir entre lo que llamaré «compromisos de presencia» y «compromisos anónimos». Los primeros se refieren a las relaciones de fiabilidad sostenidas por, o expresadas en, las conexiones establecidas dentro de circunstancias de presencia mutua. Los segundos conciernen al desarrollo de la fe en las señales simbólicas o los sistemas expertos a los que denominaré conjuntamente «Sistemas abstractos». En términos generales, la tesis que deseo elaborar aquí, es que todos los mecanismos de desanclaje interactúan en contextos en que la acción ha sido reanclada, lo que a su vez puede servir, bien para sustentarlos, o, en caso contrario, para minarlos; y que los compromisos anónimos están similar y ambiguamente entrelazados con esos otros que requieren de la presencia.

Podemos encontrar un punto de partida para esta discusión en la familiar observación sociológica de que en la vida social moderna mucha gente, interactúa la mayoría de las veces con otros que le son extraños. Como apunta Simmel, el significado de «extraño» cambia con la llegada de la modernidad. [2]   En las culturas premodernas donde las comunidades locales mantienen siempre la base de una más amplia organización social, el «extraño» se refiere a la «persona total», a alguien que viene de fuera y que es potencialmente sospechoso. Existen muchos aspectos por los que una persona que entra desde fuera en una comunidad, fracasa en recibir la fiabilidad de los de dentro incluso después de haber vivido muchos años en esa comunidad. Es el caso contrario al de las sociedades modernas, donde no es típico que interactuemos con el extraño como «persona total», en el mismo sentido. Especialmente en muchos de los contextos urbanos más o menos interactuamos continuamente con otros a los que no conocemos bien, o a los que no hemos visto nunca antes, pero esta interacción toma generalmente la forma de contactos relativamente fugaces.

La variedad de encuentros que conforman la vida cotidiana dentro de los anónimos escenarios de la actividad social moderna, está sustentando, en primer lugar, por lo que Goffman llama la «desatención cortés». [3] El fenómeno exige un complejo manejo y habilidad por parte de quienes lo exhiben, incluso aun cuando parezca que sólo implica pequeños guiños y señales. Dos personas se aproximan y pasan una al lado de la otra en la acera de una ciudad. ¿Qué podría ser más trivial y menos interesante? Una cosa así puede ocurrir millones de veces al día en una determinada área urbana. Sin embargo, algo está sucediendo mientras esto ocurre, algo que enlaza aspectos aparentemente insignificantes de comportamiento corporal con algunos de los más destacados rasgos de la modernidad, puesto que la desatención mostrada no es indiferencia, muy al contrario, es una demostración cuidadosamente dirigida de lo que podríamos denominar distanciamiento cortés. Mientras las dos personas avanzan a su encuentro, cada una de ellas escruta el rostro de la otra, volviendo la cara hacia el otro lado en el momento en que se cruzan, eso que Goffman llama una mutua «bajada de luces». La mirada concede el reconocimiento del otro como agente y como potencial conocimiento. Manteniendo brevemente la mirada en el otro y mirando luego hacia adelante cuando cada uno pasa al lado del otro, iguala esa actitud a la de la tranquilidad que implica la ausencia de intenciones hostiles.

El mismo hecho de mantener la actitud de desatención cortés, parece ser la presunción de la fiabilidad que se supone en los encuentros periódicos con extraños en lugares públicos. La importancia de esa suposición queda de relieve precisamente en las circunstancias en las que esa actitud está ausente o fracturada. Por ejemplo, la «mirada de odio» que como apunta Goffman, fue la que los blancos acostumbraban dirigir a los negros en el sur de los Estados Unidos, al encontrarse en lugares públicos, era un reflejo de rechazo de los derechos de los negros a participar en formas ortodoxas en la interacción cotidiana con los blancos. Un ejemplo, en cierta manera, contrario, una persona que camina por un barrio peligroso, puede andar deprisa con la vista constantemente puesta hacia adelante, o mirando furtivamente; pero en cualquier caso, eludiendo el contacto ocular con otros transeúntes. La carencia de una fiabilidad elemental sobre las posibles intenciones de los otros, lleva a la persona a evitar encontrarse con la mirada de alguno, ya que esto podría precipitar un encuentro potencialmente hostil.

La desatención cortés representa el tipo más básico de los compromisos de presencia que se dan en los encuentros con extraños en las circunstancias de modernidad. No sólo implica la utilización del rostro en sí mismo, sino también el empleo sutil de la postura y posición corporal que emite el mensaje: «Puedes fiarte de mis intenciones puesto que no son hostiles»; mensaje que se va emitiendo por la calle, en los edificios públicos, en los trenes y autobuses, o en reuniones ceremoniales, fiestas, u otras reuniones. La desatención cortés es a la fiabilidad como un «ruido de fondo» que no se escucha como una deslabazada colección de sonidos, sino como ritmos sociales cuidadosamente reprimidos y controlados. Es también característica de lo que Goffman denomina la «interacción focalizada».

Pero los mecanismos de la interacción focalizada o encuentros, son muy diferentes. Los encuentros, ya sean con extraños, conocidos o íntimos, implican también prácticas generalizadas que van unidas a la sustentación de la fiabilidad. La transición que va desde la desatención cortés a la apertura de un encuentro, tal como ha indicado Goffman, está cargada de posibilidades adversas para cada una de las personas implicadas. La fiabilidad básica que presupone cualquier inicio de encuentro, tiende a ser sancionada por la prescripción de una «credibilidad establecida» y/o por el mantenimiento de simples rituales informales, de nuevo, de naturaleza compleja. Los encuentros con extraños o conocidos, con gente a la que una persona ha visto antes, pero no conoce bien, implican el equilibrio entre fiabilidad, tacto y poder. Tacto y rituales de cortesía son mecanismos protectores, cuyo uso conocen extraños y conocidos (especialmente en el plano de la conciencia práctica), como una especie de implícito contacto social. El poder diferencial, especialmente cuando está fuertemente marcado, puede contravenir o tergiversar las normas del tacto y los rituales de cortesía, tanto como puede hacerlo la camaradería o la credibilidad establecida entre amigos e íntimos.

 

Fiabilidad de los sistemas abstractos

 

Habría mucho más que decir respecto al tema de la urdimbre de fiabilidad, tacto y poder en los encuentros con los no-íntimos; pero ahora deseo concentrarme en la noción de credibilidad, particularmente en lo referente a su relación con las señales simbólicas y los sistemas expertos. La credibilidad es de dos tipos. Existe una credibilidad que está establecida entre personas que se conocen bien y quienes sobre la base de una larga amistad, han substanciado las credenciales que les confieren mutua credibilidad. Pero la credibilidad es diferente en lo que respecta a los mecanismos de desanclaje, si bien es cierto que la seguridad sigue siendo importante y las credenciales siguen estando implicadas. En algunas circunstancias, la fiabilidad en los sistemas abstractos en absoluto presupone encuentros con personas o grupos que en alguna manera son «responsables» de los mismos. Pero en la gran mayoría de los casos, tales personas y grupos están implicados -tanto en los compromisos de presencia como en los compromisos anónimos- en los encuentros con otras personas o grupos que desempeñan el papel de actores profanos en lo que denominaré como puntos de acceso a los sistemas abstractos.

Será un aspecto básico de mi tesis que la naturaleza de las instituciones modernas está profundamente ligada con los mecanismos de fiabilidad en los sistemas abstractos, especialmente en lo que respecta a la fiabilidad en los sistemas expertos. En condiciones de modernidad el futuro se presenta siempre abierto, no sólo en términos de las corrientes contingencias de las cosas, sino también en términos de la reflexividad del conocimiento en relación al cual las prácticas sociales están organizadas. Este carácter contrafáctico, orientado-al-futuro, de la modernidad, está estructurado principalmente por la fiabilidad conferida a los sistemas abstractos; fiabilidad, que por su misma naturaleza, está impregnada por la credibilidad en la establecida experiencia. Es sumamente importante tener muy claro lo que esto supone. La credibilidad que depositan los actores profanos en los sistemas expertos, no es solamente cuestión -como normalmente ocurría en el mundo premoderno- de generar una sensación de seguridad en un universo independientemente dado de acontecimientos. Es una cuestión de cálculo de beneficio y riesgo, en aquellas circunstancias en las que el conocimiento experto no sólo proporciona ese cálculo, sino que efectivamente crea (o reproduce) el universo de acontecimientos como resultado de la continua aplicación reflexiva de ese mismo conocimiento.

Una de las cosas que esto significa en una situación en la que muchos aspectos de la modernidad han sido globalizados, es que nadie puede eximirse completamente de los sistemas abstractos implicados en las instituciones modernas. Esto resulta obvio en lo referente a fenómenos tales como el riesgo de guerra nuclear o de catástrofe ecológica. Pero también es verdad, y más acusadamente, en todo lo referente a importantes aspectos del vivir cotidiano, tal como es vivido por la mayoría de la población. En los entornos premodernos, las personas, tanto en teoría como en la práctica, podían hacer oídos sordos a los pronunciamientos de sacerdotes, sabios o hechiceros y continuar con las rutinas de la actividad cotidiana. Pero no puede suceder lo mismo por lo que se refiere al conocimiento experto en el mundo moderno.

Por esta razón los contactos con expertos o con sus representantes o delegados, en la forma de encuentros en los puntos de acceso, son peculiarmente lógicos en las sociedades modernas. Que las cosas funcionan de esta manera es un hecho generalmente reconocido, tanto por las personas profanas como por los operadores o proveedores de los sistemas abstractos. Varias consideraciones características están implicadas aquí. Los encuentros con representantes de los sistemas abstractos, pueden ser regularizados naturalmente y también pueden fácilmente asumir las características de la credibilidad asociada a la amistad o la intimidad. Este sería el caso, por ejemplo, de un médico, un dentista o un agente de viajes con los que tenemos frecuentes y regulares contactos a lo largo de los años. Sin embargo, muchos de los encuentros con los representantes de los sistemas abstractos son menos frecuentes y transitorios. Los encuentros irregulares son probablemente aquellos en los que los criterios evidenciales o de seguridad tienen que establecerse y protegerse muy cuidadosamente, si bien tales criterios también hay que mantenerlos en toda la escala de encuentros profano-profesionales.

            En los puntos de acceso, los compromisos presenciales que unen a actores profanos en relaciones de fiabilidad, normalmente implican el despliegue de una manifiesta credibilidad e integridad a la par que una actitud de «seguir-la-norma» («business-as-usual»), o de impasibilidad. Y aunque es cierto que todos somos conscientes de que el verdadero depósito de fiabilidad se otorga al sistema abstracto, y no a los individuos que en contextos concretos lo «representan», los puntos de acceso conllevan un recordatorio de que son individuos de carne-y-hueso, son individuos potencialmente falibles los que operan con él. Los compromisos de presencia muestran una tendencia a ser fuertemente dependientes de lo que podríamos llamar la «apariencia» de los representantes y operadores del sistema. Las solemnes deliberaciones de un juez, la sobria profesionalidad de un médico, o el tópico buen humor y amabilidad de la tripulación de vuelo, caen dentro de esa categoría. Todas las partes implicadas están de acuerdo en que es necesaria una actitud tranquilizadora, y tranquilizadora en un doble sentido: en la seguridad que inspiran las personas implicadas en la operación, y en el (necesariamente misterioso) conocimiento y cualificaciones que poseen tales personas, a los que el actor profano no tiene acceso. La actitud de aquí-no-pasa-nada, resulta de particular importancia cuando los peligros involucrados en una de- terminada acción se ponen de manifiesto en vez de configurar la base de unos riesgos puramente contrafácticos. En un viaje aéreo, por ejemplo, la estudiada actitud despreocupada y alegre del personal de vuelo, es probablemente tan importante para tranquilizar a los pasajeros, como podría ser cualquier cantidad de anuncios que estadísticamente demuestran la seguridad del viaje por avión.

Suele suceder que en los puntos de acceso se hace una estricta división que, para continuar utilizando los conceptos acuñados por Goffman, dividen las actuaciones entre las de «el escenario» y las de «entre-bastidores». No es necesaria una explicación funcionalista para comprender el porqué de esa división. El control de la línea divisoria entre el escenario y las bambalinas, es parte del profesionalismo. ¿Por qué los expertos esconden tan cautelosamente una buena parte de lo que hacen? Una razón resulta evidente: el ejercicio de sus competencias requiere tanto de ambientes especializados como de la concentración mental que sería difícil lograr de estar cara al público. Pero hay otras razones. Existe una considerable diferencia entre la competencia requerida para una específica tarea y el experto que desempeña esa tarea. Una diferencia que aquellos que trabajan en los puntos de acceso normalmente desean minimizar tanto como sea posible. Los expertos pueden equivocarse al malinterpretar algún dato, o por ignorancia de la competencia que se presume tienen.

La clara distinción entre escenario-bambalinas, refuerza la apariencia como una manera de reducir el impacto de los conocimientos imperfectos y la falibilidad humana. Los pacientes de un hospital no estarían dispuestos a fiarse implícitamente del cuerpo médico si tuvieran pleno conocimiento sobre los errores que se cometen en los departamentos hospitalarios y en los quirófanos. Otra razón más es la concerniente a las áreas de contingencia que siempre permanecen en el funcionamiento de los sistemas abstractos. No existe competencia tan cuidadosamente refinada, ni formas de conocimiento experto tan comprehensivas, en las que los elementos del azar o la suerte no jueguen algún papel. Los expertos normalmente suponen que las personas profanas, se sentirán más tranquilas si no tienen la oportunidad de observar lo frecuentemente que esos elementos de azar y suerte entran en su actuación como expertos.

Los mecanismos de fiabilidad no se relacionan sólo con las conexiones entre personas profanas y expertas; también están vinculados con las actividades de aquellos que están «dentro» de los sistemas abstractos. Los códigos de ética profesional, en algunos casos refrendados por sanciones legales, configuran uno de los medios con los que se maneja internamente la credibilidad entre colegas y asociados. Sin embargo, incluso para aquellos que podrían parecer más intrínsecamente comprometidos con los sistemas abstractos que ellos mismos sustentan, los compromisos presenciales son generalmente importantes como forma de generar la continuidad de la credibilidad. Esto configura un tipo de ejemplo del reanclaje de las relaciones sociales, un medio de anclar la fiabilidad en la credibilidad e integridad de los colegas. Deirdre Boden lo expresa de la siguiente manera:

 

El hombre de negocios que pregunta, «¿cuándo irá usted a Nueva York?»; o los almuerzos de gente del espectáculo en Sunset Boulevard, o los profesores universitarios que atraviesan un continente para leer en quince minutos una densa ponencia en salas cerradas, sin ventanas y con aire acondicionado, no tienen ningún interés por las actividades turísticas, ni por las culinarias, ni por las intelectuales. Necesitan, como los soldados antiguos, ver el blanco de los ojos, tanto de colegas como de enemigos, para reafirmar, y más exactamente, actualizar, la base de su fiabilidad. [4]

 

El reanclaje en tales contextos, como indica el párrafo arriba citado, conecta la confianza en los sistemas abstractos con su movediza naturaleza reflexiva, al tiempo que auspicia los encuentros y rituales sobre los que se sustenta la credibilidad de los colegiados.

Resumiremos esas observaciones de la manera siguiente:

Las relaciones de fiabilidad son esenciales al amplio distanciamiento espacio-tiempo, asociado con la modernidad.

La fiabilidad en los sistemas, toma la forma de compromisos anónimos sobre los que se sostiene la fe en el manejo de un conocimiento del que una persona profana es en gran parte ignorante.

La fiabilidad en las personas implica los compromisos de presencia en los que se busca (dentro de determinados campos de acción) los indicadores de la integridad ajena.

El reanclaje hace referencia al proceso por el cual se sustentan los compromisos anónimos, o son transformados por la presencia.

La desatención cortés representa un aspecto fundamental de las relaciones de fiabilidad en larga escala, esto es, en los impersonales escenarios de la modernidad. Es como si fuera el sonido tranquilizador sobre el telón de fondo de la formación y disolución de los encuentros que involucran sus propios y concretos mecanismos de fiabilidad, es decir, los compromisos de presencia.

Los puntos de acceso son los puntos de conexión entre las personas profanas o los colectivos, y los representantes de los sistemas abstractos. Son los lugares más vulnerables de los sistemas abstractos, pero también son el cruce sobre el que se mantiene o puede ser construida la fiabilidad.

 

Fiabilidad y competencia

 

Todas las observaciones hechas hasta ahora en esta sección del libro, están más relacionadas con cómo se maneja la fiabilidad en relación con los sistemas abstractos, que preocupadas por responder la pregunta: ¿por qué la mayoría de la gente, la mayoría de las veces, se fía de prácticas y mecanismos sociales sobre los que su propio conocimiento técnico es o bien limitado, o simplemente nulo? Ese interrogante puede contestarse de varias maneras. Sabemos lo suficiente sobre lo reacias que fueron las poblaciones en las primeras etapas del desarrollo a adaptarse a nuevas prácticas sociales, como la introducción de las formas profesionalizadas de la medicina, para reconocer la importancia de la socialización en relación a tal fiabilidad. La influencia del «currículum oculto» en los procesos de la educación institucionalizada, es probablemente un factor decisivo. Lo que se transmite al niño en la enseñanza de la ciencia no es solamente el contenido de los descubrimientos técnicos, sino -más importante para las actitudes sociales en general- un aura de respeto por los conocimientos técnicos de cualquier índole. En casi todos los sistemas educativos, la enseñanza de la ciencia comienza siempre por los «primeros principios», el conocimiento considerado, más o menos, incuestionable. Solamente si alguien permanece en el estudio de la ciencia por algún tiempo, es probable que sea introducido en cuestiones más controvertidas, o que llegue a ser plenamente consciente de la falibilidad potencial de todas las pretensiones de validez del conocimiento científico.

De esta manera la ciencia ha mantenido por mucho tiempo la imagen de conocimiento fiable, que revierte en la actitud de respeto por casi todas las formas de especialidad técnica. No obstante, al mismo tiempo, las actitudes profanas respecto a la ciencia y al conocimiento técnico son generalmente ambivalentes y ésa es una ambivalencia subyacente en el núcleo mismo de todas las relaciones de fiabilidad, ya sean de fiabilidad en los sistemas abstractos, o en las personas. Porque sólo se exige fiabilidad allí donde existe ignorancia, bien sea sobre las pretensiones de conocimiento de los expertos, o del pensamiento e intenciones de los seres más íntimos en que confía una persona. Y sin embargo, la ignorancia proporciona siempre el terreno para el escepticismo, o, por lo menos, para la cautela. Las representaciones populares de la ciencia y la experiencia técnica habitualmente encierran tanto respeto, hostilidad y temor como los expresados en los tópicos del «boffin» o el científico loco, es decir, un técnico cansino que no sabe ni entiende nada sobre la gente corriente. Las profesiones en las que se afirma un conocimiento especializado son vistas como cotos cerrados dotados de una terminología interna y críptica, inventada para desconcertar al profano como abogados y sociólogos -que probablemente serán vistos con particular recelo.

El respeto por el conocimiento técnico existe normalmente en conjunción con una actitud pragmática hacia los sistemas abstractos, que se sustenta sobre actitudes de escepticismo y reserva. Mucha gente parece haber hecho un «pacto con la modernidad», en términos de la fiabilidad que invierten en las señales simbólicas y en los sistemas expertos. Pero la naturaleza de dicho pacto está gobernada por mezclas específicas de deferencia y escepticismo, confort y miedo. Aun cuando no podemos escapar al impacto de las instituciones modernas en su conjunto, dentro del ancho margen de actitudes de aceptación pragmática pueden existir muchas orientaciones (o al menos coexisten, en auténtica ambivalencia). Por ejemplo, una persona puede decidir trasladarse a un distrito diferente antes de verse obligada a beber agua tratada con flúor, o puede optar por beber agua embotellada en vez de la que sale del grifo; no obstante, sería una actitud exagerada negarse por completo a utilizar el agua proveniente del servicio público de aguas.

La fiabilidad se diferencia del «conocimiento inductivo débil», pero la fe que implica no siempre presupone un acto consciente de compromiso. En las condiciones de la modernidad, las actitudes de fiabilidad hacia los sistemas abstractos se incorporan rutinariamente en la continuidad de las actividades cotidianas, y en gran medida, son reforzadas por las condiciones inherentes al vivir cotidiano. De tal manera, la fiabilidad es menos un «compromiso ciego» que la aceptación tácita de circunstancias en las que normalmente otras alternativas están excluidas. De todos modos, sería un serio error considerar esta situación únicamente como una especie de dependencia pasiva, renuentemente concedida, punto este que desarrollaré más adelante.

Las actitudes de fiabilidad o falta de fiabilidad hacia concretos sistemas abstractos, pueden ser susceptibles de sufrir fuertes influencias por las experiencias en los puntos de acceso -como también, desde luego, por la actualización del conocimiento que a través de los medios de comunicación de masas u otras fuentes son dados y recibidos, bien por profanos o por técnicos expertos. El hecho de que los puntos de acceso sean puntos de tensión entre el escepticismo lego y la experiencia profesional, los convierte en cauces reconocidos de vulnerabilidad de los sistemas abstractos. En algunos casos, una persona que vive desafortunadas experiencias en un determinado punto de acceso donde las habilidades técnicas en cuestión son relativamente de bajo nivel, puede optar por excluirse de la relación cliente-persona lega. Así, alguien que encuentra que los «expertos» que emplea para el arreglo de las tuberías de la calefacción de su casa fallan consistentemente, puede optar por aprender los principios básicos de tal oficio y hacer el arreglo por sí solo. En otros casos, las malas experiencias en los puntos de acceso pueden conducir a una suerte de resignado cinismo, o, si es posible, a desasirse del sistema en general. [5] Una persona que invierte en ciertas acciones a instancias de un corredor de bolsa y pierde dinero, podría optar por meter su dinero en una cuenta bancaria. Esa misma persona podría incluso decidir en el futuro invertir sus dineros sólo en oro. Pero, de cualquier forma, sería muy difícil desasirse del sistema monetario por completo y esto sólo podría hacerse si la persona quisiera intentar vivir en una pobreza autosuficiente.

Antes de considerar directamente las circunstancias sobre las que se construye o se derrumba la fiabilidad, hemos de completar la precedente discusión con un análisis de la fiabilidad depositada en personas, en vez de en los sistemas abstractos. Esto nos lleva a un plano en el que se introduce la psicología de la fiabilidad (trust).

 

Fiabilidad y seguridad ontológica

 

Existen algunos aspectos de la fiabilidad y de los procesos del desarrollo de la personalidad que parecen ser por igual relevantes para todas las culturas, sean estas premodernas o modernas. No es mi intención presentar una extensa relación de todos ellos, más bien quisiera concentrarme sobre las conexiones que existen entre la fiabilidad/confianza y la seguridad ontológica. La seguridad ontológica es una forma, pero una forma muy importante, del sentimiento de seguridad en un sentido más amplio que el utilizado hasta ahora. [6] La expresión hace referencia a la confianza que la mayoría de los seres humanos depositan en la continuidad de su autoidentidad y en la permanencia de sus entornos, sociales o materiales de acción. Un sentimiento de fiabilidad en personas y cosas, tan crucial a la noción de confianza, es fundamental al sentimiento de seguridad ontológica; por lo que ambas están fuertemente relacionadas psicológicamente.

La seguridad ontológica tiene que ver con el «ser», o, en términos fenomenológicos, con el «ser-en-el-mundo». Pero éste es un fenómeno anímico, no cognitivo, y está enraizado en el inconsciente. Los filósofos nos han enseñado que en un plano cognitivo existen pocos, si es que alguno, aspectos de nuestra experiencia personal sobre los que podemos tener certeza. Esto es quizás parte de la reflexividad de la modernidad, pero ciertamente no limita su aplicación a un solo y concreto período histórico. Algunas preguntas como «¿realmente existo?»; «¿sigo siendo hoy la misma persona que fui ayer?»; «¿realmente existen las otras personas?»; «lo que veo frente a mis ojos, ¿continuará estando ahí si le doy la espalda?»; no pueden responderse de forma indubitable por un argumento racional.

Si bien los filósofos plantean preguntas sobre la naturaleza del ser, suponemos que no se sienten ontológicamente inseguros en sus acciones cotidianas y desde esa perspectiva concuerdan con la gran mayoría de la población. Pero no sucede lo mismo para una minoría de personas que tratan nuestra incapacidad de certidumbre sobre esas cuestiones no sólo como preocupaciones intelectuales, sino como un profundo desasosiego que penetra muchas de las cosas que hacen. Una persona que siente la inseguridad existencial de poseer varios «yoes», o la inseguridad de si esos realmente existen, o si lo que percibe verdaderamente existe, puede verse totalmente incapacitada para cohabitar en el mismo universo social en que están otras personas. Ciertas categorías de personas vistas por otros como enfermos mentales, particularmente esquizofrénicas, piensan y actúan de esta forma. [7]

Independientemente de lo que demuestre la conducta esquizofrénica difícilmente expresa una carencia mental, y lo mismo es verdad respecto a muchos estados de ansiedad, tanto en sus versiones paralizantes como en las más suaves. Supongamos a alguien que vive en un estado profundamente arraigado y de permanente angustia ante la duda de si los demás albergan malas intenciones respecto a él, o supongamos una persona constantemente preocupada por la posibilidad de una guerra nuclear que no logra deshacerse del pensamiento de tal riesgo; mientras que personas «normales» pueden percibir esas ansiedades, cuando son profundas y crónicas, como irracionales, esos sentimientos responden más a una hipersensibilidad emotiva que a un elemento irracional. Porque el riesgo de guerra nuclear está siempre ahí como posibilidad inmanente en el mundo actual; y, como ninguna persona tiene acceso directo a los pensamientos ajenos, nadie puede estar absolutamente seguro, de manera más lógica que emotiva, de que las ideas maliciosas no estén constantemente en la mente de los otros con los que se interactúa.

¿Por qué no está todo el mundo siempre en un estado de aguda inseguridad ontológica considerando la enormidad de tales potenciales problemas existenciales? El origen de la seguridad que siente la mayoría de la gente, la mayoría del tiempo, en relación a esos posibles auto-interrogantes hay que encontrarlos en ciertas experiencias características de la infancia. Las personas «normales», -quiero argumentar aquí- reciben una importante «dosis» de confianza (trust) [8] en sus primeros años lo que determina el alivio o la exacerbación de esas susceptibilidades existenciales. O, alterando un poco la metáfora, reciben la inoculación emotiva que les protege contra las ansiedades ontológicas a las que todos los seres humanos están potencialmente expuestos. El agente de esta inoculación es la primordial figura en el cuidado de la infancia: para la enorme mayoría de la gente, la madre.

El trabajo de Erik Erikson es una fuente importante de intuiciones sobre el significado de la confianza en el contexto del temprano desarrollo del niño. Lo que llama «confianza básica» (basic trust), está en el núcleo de una duradera identidad del yo. Cuando Erikson discute la confianza (trust) en la infancia, hace precisamente hincapié en ese necesario elemento de fe al que ya he aludido anteriormente.

Mientras algunos psicólogos han hablado del desarrollo de «confidence» en la infancia, Erikson prefiere hablar de confianza («trust») porque encierra un significado con mayor carga de ingenuidad. Agrega, además, que la confianza no sólo implica que uno ha aprendido a fiarse de la equidad, igualdad y continuidad de los «agentes externos» sino que uno «puede fiarse de sí mismo». La confianza en los demás implica un proceso que se desarrolla unido a la formación de un íntimo sentimiento de confiabilidad que posteriormente proporciona la base de una identidad estable del yo.

Por tanto, la confianza muy temprana implica una cierta mutualidad de la experiencia. El niño aprende a confiar en (a fiarse de) la consistencia y la atención de quienes le atienden. Pero al mismo tiempo aprende que debe hacer frente a sus instintos en una manera que sea considerada satisfactoria por los demás, y, que sus cuidadores, esperan a su vez que la conducta del niño sea fiable y puedan confiar en ella. Erikson anota que la esquizofrenia infantil ofrece una evidencia gráfica de lo que puede pasar si no se establece la confianza básica (fiabilidad) entre el niño y sus cuidadores. El niño desarrolla un frágil sentido de la «realidad», de las cosas y de los demás porque carece del sistemático goteo de afecto y cuidado. La conducta extraña y el ensimismamiento representan los intentos de afrontar un entorno indeterminado, o activamente hostil, en el que la ausencia de sentimientos de fiabilidad en sí mismo refleja la ausencia de fiabilidad del mundo exterior.

La fe en el amor de la persona encargada del cuidado infantil, es la esencia de ese salto al compromiso que presupone la confianza (fiabilidad) fundamental y todas las subsiguientes formas de la misma.

 

(Los padres)... crean un sentimiento de confianza en sus hijos por una especie de administración que combina en su calidad tanto el esmerado cuidado de las necesidades individuales del niño, como el firme sentimiento de validez de confianza personal, dentro del marco fiable del tipo de vida de su cultura. Esto configura la base sobre la que se sustenta el sentido de identidad del niño que más tarde combinará el sentimiento de ser «bueno», de ser él mismo, y de convertirse en lo que otra gente confía que se convertirá... los padres no sólo deben mostrar ciertas maneras de guiar a través del permiso y la prohibición, también deben ser capaces de representar para el niño una profunda, casi somática, convicción de que lo que hacen tiene sentido. Últimamente, los niños se convierten en neuróticos, no a causa de las frustraciones, sino por la falta, o pérdida, del significado social de esas frustraciones.

Pero, incluso en las más favorables de las circunstancias, esta etapa parece introducir en la vida psíquica (y convertirse en prototipo de) un sentido de división interna y de nostalgia universal por un paraíso perdido. Es en contra de esta poderosa combinación de un sentimiento de haber sido privado, de haber sido dividido, y de haber sido abandonado que esa «basic trust», (fiabilidad fundamental) debe mantenerse en el transcurso de la vida. [9]

 

Esas observaciones, indudablemente, no son exclusivas de Erikson sino que más bien conforman el énfasis generalizado de la escuela de pensamiento psicoanalítico en lo referente a las relaciones-objeto. [10] Algunas ideas muy similares las desarrolló con anterioridad D. W. Winnicott. Según él, no es la satisfacción de las pulsiones orgánicas lo que hace que, según este autor, el niño «comience a ser, a sentir la vida como real, a encontrar la vida valiosa». Tal orientación deriva más bien de la relación entre el niño y su cuidador, y depende de lo que Winnicott llama «el espacio potencial» existente entre los dos. El espacio potencial es la separación que se crea entre el niño y el cuidador -una autonomía de acción y un emergente sentido de identidad y de la «realidad de las cosas»- y deriva de la confianza del niño en la fiabilidad de la figura paternal. El espacio potencial es una denominación un tanto inapropiada porque, como el mismo Winnicott aclara, se refiere a la capacidad del niño para tolerar que su cuidador se aleje de él tanto en tiempo como en espacio. [11]

No obstante, la ausencia es de vital importancia para la intersección de la fiabilidad con las capacidades sociales emergentes del niño. Es ahí, en el núcleo del desarrollo psicológico de la fiabilidad, donde redescubrimos la problemática del distanciamiento espacio-temporal porque un rasgo fundamental de la temprana formación de la fiabilidad es la confianza en el regreso del cuidador. El sentimiento de fiabilidad -aún independiente de la experiencia-, en los otros, crucial para el sentido de continuidad y autoidentidad- se reafirma por el reconocimiento de que la ausencia de la madre no representa la retirada del amor. La confianza (fiabilidad) enlaza así la distancia en tiempo y espacio, y de esa manera descarta la ansiedad existencial que, si se concretara, podría convertirse en fuente de permanente angustia emocional y de conducta a lo largo de la vida.

Erving Goffman expresa esto con su característica mordacidad cuando (en el contexto de una discusión acerca del riesgo) anota que

 

...religiosos y poetas suelen decir que si una persona comparara la inmensa cantidad de tiempo que habrá de yacer muerto, con el relativamente breve período en que se le permite en este mundo irritar o pavonearse, bien podría contemplar toda su vida como un fatídico drama de corta duración, en el que cada segundo habría de sentirse angustiado al comprobar que el tiempo se le agota. Es verdad que nuestro tiempo, más bien breve, se consume, pero sólo parece que contengamos el aliento por unos segundos, por unos minutos... [12]

 

En el adulto, la fiabilidad, la seguridad ontológica y el sentimiento de continuidad de las cosas y las personas permanecen estrechamente ligados. Consecuentemente, la fiabilidad en la credibilidad de los objetos no humanos, es el resultado de una fe primitiva en la fiabilidad y formación de las personas. Confiar en los demás, es una necesidad psicológica persistente y recurrente. Extraer el sentimiento de seguridad de la credibilidad e integridad de los demás es una forma de redeleitamiento emocional que acompaña la experiencia de los entornos familiares y materiales. La seguridad ontológica y la rutina van íntimamente unidas a través de la perseverante influencia de los hábitos. Los primeros cuidadores del niño habitualmente otorgan primordial importancia al seguimiento de las rutinas, algo que produce tanto intensa frustración como recompensa en el niño. La predictibilidad de las (aparentemente) insignificantes rutinas del que-hacer de cada día, está íntimamente unida a un sentimiento de seguridad psicológica. Tanto, que cuando se quebrantan tales rutinas por cualquier razón, la ansiedad se desborda e incluso los aspectos firmemente cimentados de la personalidad, pueden alterarse o hacerse trizas. [13]

El apego a la rutina es siempre ambivalente y es precisamente en esa ambivalencia en la que se encuentra la expresión de los sentimientos de pérdida a que alude Erikson, que a su vez son una inevitable parte de la formación de la confianza básica. Lo rutinario es psicológicamente relajante; no obstante, en un sentido muy importante, también representa algo con lo que no todo el mundo puede sentirse relajado. La continuidad de las rutinas diarias se alcanza sólo a través de la constante vigilancia de las partes involucradas, aunque casi siempre se logre en un plano de consciencia práctica. La demostración de esta continua renovación del «contrato» que la gente mantiene entre sí es justamente lo que Harold Garfinkel llama los «experimentos con la confianza». [14] Esos experimentos ilustran el impacto de la perturbación emocional que queda al descubierto por la omisión de giros aparentemente intrascendentes en la conversación corriente. El resultado es la suspensión de la confianza en el otro como agente fiable y competente, y el desbordamiento de la angustia existencial que toma la forma de sentimientos de dolor, confusión y traición, a la par que de sospecha y hostilidad.

Tanto el trabajo de Garfinkel como el de otros autores preocupados por las minucias del hablar cotidiano y la interacción, sugieren abiertamente que lo que se aprende en la formación de la confianza básica no es solamente la correlación de rutina, integridad y recompensa, sino que lo que también se llega a dominar es una metodología sumamente refinada de consciencia práctica, que se convierte en un artilugio de continua protección (aunque pleno de posibilidades de fractura y disyunción) contra las ansiedades que potencialmente podrían ocasionar hasta los más fortuitos encuentros con otros. Antes hemos anotado cómo la desatención cortés es una forma general en que la confianza es «otorgada» como rasgo de la copresencia fuera de los encuentros enfocados. En los encuentros cara-a-cara, la sustentación de la confianza básica se lleva a cabo a través de una constante observación de miradas, posturas corporales y gestos, así como de las convenciones de la conversación ortodoxa.

El análisis que se desarrolla en esta sección ofrece la oportunidad de trazar, a grandes rasgos, la respuesta a la pregunta que antes había quedado en el aire: ¿qué es lo opuesto a la confianza (trust)? Evidentemente existen circunstancias en que la falta de confianza podría perfectamente caracterizarse como desconfianza, bien sea respecto a sistemas abstractos o a personas. El vocablo «desconfianza» (mistrust) se aplica más fácilmente al referirnos a la relación de un agente con un sistema concreto, con una persona, o con un tipo de persona. Respecto a los sistemas abstractos, desconfianza significa escepticismo, o mantener una actitud abiertamente negativa hacia las pretensiones de validez que incorpora el sistema. En lo que se refiere a personas, «desconfianza» significa la duda o el descreimiento de las pretensiones de integridad que esas personas encarnan o representan con sus acciones. Sin embargo, «desconfianza» es un término demasiado suave para expresar la antítesis de lo que es confianza básica, el elemento cenital en el conjunto general de relaciones con el entorno social y físico, porque la forja de la confianza es la condición primordial para el reconocimiento de la clara identidad tanto de objetos como de personas. Si esa confianza básica no se desarrolla, o si no se logra contener su inherente ambivalencia, el resultado es una persistente angustia existencial. En su más profundo sentido, la antítesis de la confianza es un estado mental que se puede resumir mejor como ansiedad o miedo existencial.

 

1. Guía de lectura.

1) ¿Qué significado tienen los términos desanclaje y reanclaje?

2) ¿Qué son los sistemas expertos? Analice dentro de ellos los sistemas abstractos y las señales simbólicas.

3) ¿Cómo describe Giddens los compromisos de presencia y los compromisos anónimos?

4) Analice la tesis según la cuál se vinculan los conceptos analizados en las preguntas 1 y 3.

5) Analice qué significado tiene la “bajada de luces” (Goffman) en los encuentros propios de la Modernidad.

6) ¿Cómo se manifiesta la credibilidad en la Modernidad?

7) ¿Por qué son importantes los “puntos de acceso” para construir la fiabilidad de los profanos en los sistemas abstractos?

8) ¿Cómo juegan en el escenario y entre bastidores los expertos o delegados de los expertos durante el proceso de construcción de la fiabilidad en los sistemas abstractos?

9) ¿Cómo juegan en el escenario y entre bastidores los expertos o delegados de los expertos durante el proceso de construcción de la fiabilidad en los sistemas abstractos?

10) ¿Cuál es la actitud de los profanos ante la ciencia/técnica?

11) ¿Qué supone el Pacto con la Modernidad?

12) ¿Qué es la seguridad ontológica?

13) Compare los motivos de confianza/riesgo en las sociedades primitivas y en las sociedades modernas.

 

2. Actividades.

1) Analice el trabajo social desde el concepto de sistema experto, destacando el papel de los puntos de acceso, el de los trabajadores sociales (expertos), el de los usuarios (profanos), los compromisos de presencia y los compromisos anónimos.

2) Elija ejemplos donde se ponga de manifiesto el proceso de construcción de la fiabilidad señalando los momentos de mayor vulnerabilidad. Dé al menos cinco ejemplos de la práctica del trabajador social que muestren la implementación de mecanismos de fiabilidad.



[1] GIDDENS, A.: Consecuencias de la modernidad, Madrid, Alianza, 1994, pp. 80-98.

[2] Georg Simmel, « The Stranger» en Sociology (Glencoe 11l. : Free Press, 1969). Véase también Alfred Schutz, « The Stranger: An Essay in Social Psychology., American Journal of Sociology 49 (1944).

[3] Erving Goffman, Behavior in Public Places (Nueva York: Free Press, 1963). Para una aproximación más directa sobre la fiabilidad (trust), en la que Alan Silver habla de la «rutina benevolente» hacia los extraños, véase su «Trust in Social and Political Theory», en Gerald D. Suttles y Mayer N Zald, coord., The Challenge of Social Control (Norwood, H. J.: Ablex, 1985).

[4] Deirdre Boden, «Papers on Trust», mimeo. También me he valido de Deidre Boden and Harvey Molotch, «The Compulsion of Proximity», mimeo. (Departamento de Sociología, University of California, Santa Barbara).

[5] "El gobierno moderno depende de una compleja serie de relaciones de fiabilidad (trust) entre la clase política y el pueblo. Los sistemas electorales podrían verse, más como medios de institucionalización de los puntos de acceso que conectan a la clase política con la masa de población, que como medios que aseguren la representación del pueblo. Los manifiestos electorales y otros medios de propaganda son métodos de demostración de validez, y ello frecuentemente conlleva mucho de reanclaje: sonrisas a niños pequeños, estrechones de mano, etc... La fiabilidad en la habilidad política es un tema en sí mismo, pero como precisamente ésta es el área de la relación de fiabilidad que es más frecuentemente analizada, no la discutiré aquí detalladamente. No obstante, hay que resaltar que el intento de desasirse de los sistemas gubernamentales hoy en día es poco menos que imposible, dada la extensión global de los estados-naciones. Uno puede abandonar un país en el que la política gubernamental es particularmente opresiva u odiosa, pero sólo puede hacerlo entrando en otro estado y sometiéndose a su jurisdicción.

[6] Anthony Giddens, Central Problems in Social Theorv (Londres: Macmillan, 1979).

[7] R. D. Laing, The Divided Self (Londres: Tavistock, 1960).

[8] En el trabajo de Erikson, trust se ha traducido sistemáticamente por confianza. A ello nos atenemos, haciendo constar que Giddens diferencia entre trust y confidence, como se ha visto y se verá más adelante. [N. del T.]

[9] Todas las citas de Erik H. Erikson, Childhood and Society (Harmondsworth: Penguin, 1965), pp. 239-41.

[10] Las ideas de la escuela de relaciones-objeto, son más apropiadas para la argumentación que se desarrolla en este libro que las de la escuela lacaniana de psicoanálisis más influyente hoy en día en algunas áreas de la teoría social. El trabajo de Lacan es importante porque ayuda a captar la fragilidad y fragmentación del yo. Sin embargo, al hacer esto -como todo el pensamiento postestructuralista en general-, se centra principalmente sobre un tipo de proceso, que se complementa por tendencias contrarias dirigidas a la integración y la globalidad. La teoría de relaciones-objeto resulta informativa porque analiza cómo una persona obtiene el sentido de coherencia y cómo esto se conecta con la «reafirmación» de la «realidad» del mundo exterior. En mi opinión, tal enfoque está (o podría estar) en consonancia con la perspectiva wittgensteiniana de un mundo de objetos y acontecimientos «dados» que pueden «experimentarse» sólo si son «vividos» puesto que son intrínsecamente refractarios a ser expresados por palabras.

[11] D. W. Winnicott, Playing and Reality (Harmondsworth: Penguin, 1974), pp. 116-121. Quedo en deuda con Teresa Drennan por haber dirigido mi atención a este trabajo en la teoría de las relaciones-objeto, y más generalmente, a su consejo en varias secciones de este libro.

[12] Erving Goffman, Where the Action Is (Londres: Allen Lane, 1969).

[13] Giddens, Central Problemas.

[14] Harold Garfinkel, «A Conception of and Experimentes with «Trust » as a Condition of Stable Concerted Accions», en O. J. Harvey, coord., Motivation and Social Interacction (Nueva York: Roland Press, 1963).